LA TERNURA
por ALFREDO ORGAZ
LA INTIMIDAD DE LOS GRANDES HOMBRES
Voy a hablar de la ternura de Sarmiento, de lo que había de niño y de tierno en el fondo de este gigante tronador, especie de ogro bueno de nuestra historia. Nosotros, los argentinos, somos todavía poco dispuestos a penetrar en la intimidad de nuestros grandes hombres, como si temiésemos que, al revelarla, pudieran ellos perder algo de la grandeza que alientan desde la estatua. Cuando el historiador o el biógrafo miran hacia esa intimidad, generalmente lo hacen como disculpándose de algo que parece una indiscreción, con una mirada como de reojo para no ver más allá de lo que les interesa en la apreciación de algún rasgo o suceso del personaje; o bien para excusarlo y aún justificarlo de críticas o de culpas, como si el reconocimiento de ellas pudiera menoscabar la gloria que mereció por sus virtudes. Esta actitud puede tener una explicación razonable, ya que no una justificación, atendiendo a la natural psicología de un pueblo joven Y Orgulloso, como el argentino, que cuenta en su corta vida con pocos próceres, de suerte que a los que tiene ha de preservarlos de toda indagación que acaso los disminuya.
Pero la revelación de imperfecciones y de yerros en nada puede afectar la grandeza de un hombre eminente por sus virtudes, a menos de imaginar que él sea de una sustancia diferente de los demás. Al contrario, un grande hombre es solamente éso: un hombre grande, es decir, un individuo como los otros, aunque de mayor tamaño. Goethe decía: "Los grandes hombres no poseen sino un mayor volumen. Tienen virtudes y vicios, lo mismo que todos, sólo que en mayor cantidad. Pero la Proporción puede ser la misma". De aquí que sea mutilador y falso exhibir a nuestros próceres por sus solas virtudes, ocultando o negando enérgicamente sus fallas o sus debilidades: entonces los hombres se vuelven de madera o de cartón, y pierden su condición entrañable, esa condición conmovedora que es, a la vez, la que hace casi milagrosa la presencia de aquellas virtudes. El grande hombre no es, en definitiva, sino aquel que posee en sí una mayor humanidad.
Es claro, por lo demás, que cuando digo que es legítimo y necesario el conocimiento de la intimidad de nuestros grandes hombres, no estoy justificando, ni de propósito ni de hecho, aquella actitud innoble del que se pone a hurgar en las desdichas o en los extravíos ajenos para exhibir, triunfante, los secretos penosos. Esta mirada maliciosa e inmisericorde en la intimidad de cualquiera es una cosa sucia y mezquina, semejante a la del que espía por el ojo de la cerradura, del que lee furtivamente las cartas y los papeles privados de otro, del que fisgonea en los ocultos recintos en que su dueño guarda algo que sólo a Dios y a él pertenecen. La nobleza de un hombre se define cabalmente por su actitud ante la intimidad de sus semejantes: quien se detiene respetuoso ante ella o cuando debe considerarla, por su función o por sus tareas, lo hace con la comprensión y la simpatía que suscitan siempre las desdichas en un alma digna, ese es verdaderamente un hombre; el otro, el que en la vida de los grandes individuos como en la de los comunes, se deleita con el conocimiento y la revelación de las intimidades dolorosas, por esto solo denuncia la bajeza de su alma, la depravación de su inteligencia.
También es prudente advertir que las virtudes y los defectos no pueden colocarse en el mismo plano, pues de lo contrario el hombre, todo hombre, no sería más que un amasijo de cosas buenas y malas, una mezcla informe de excelencias y de vicios. En los grandes hombres, como en los corrientes, son las virtudes las que iluminan los defectos, las que hacen que éstos sean tolerables o intolerables, simpáticos u odiosos. ¿Ha de ser juzgado el orgullo, por ejemplo, de¡ mismo modo en un individuo de altos méritos que en un mentecato, en un sabio que en un ignorante, en un hombre laborioso que en un sujeto trivial? Sarmiento era indudablemente orgulloso, pero en él el orgullo o era sólo una enérgica afirmación vital frente a la enconada negación de sus contemporáneos o era la salida risueña de un alma ingenua y preocupada, como esa su conocida debilidad por los entorchados y los títulos militares. Este mismo orgullo en un mediocre o en un malvado, adquiriría enseguida otro sentido y otro valor. Son las virtudes las que ennoblecen los defectos, no estos los que oscurecen o desvalorizan aquellas.
SARMIENTO Y ROSAS
Sarmiento, mirado desde fuera, como habitualmente se lo mira, era en su acción y hasta en su apostura física un ser imponente y macizo. Es curioso comprobar cómo el símil que más inmediatamente brota para caracterizarlo, es el de la montaña. Todos o casi todos los que han escrito sobre él tienen de común esa alusión a la montaña para representar gráficamente su personalidad: se siente que Sarmiento es como una montaña, no sólo ni principalmente por su grandeza, sino también por su solidez compacta, por su sobriedad ruda, Por su poderosa voluntad, por la ancha base con que se asienta sobre el suelo de nuestra América.
Su naturaleza física era también vigorosa y cerril, según se sabe: ni alto ni bajo, membrudo de cuerpo, la cabeza irregular y grande los brazos largos y un poco simiescos, que él disimulaba al caminar llevándolos hacia atrás, con las fuertes manos aferradas al bastón; la espalda ancha y con agobio, lo que daba a su figura una "agachada solidez de toro lento", como dijo Lugones; el rostro, pequeño en relación a la cabeza, era indudablemente feo, pero con esa fealdad hermosa que es propia del hombre y del oso, conforme al dicho popular; la frente alta y en forma de bóveda, la nariz recta y carnosa; los ojos, bajo las cejas abundantes, con una habitual mirada enérgica y avizora, pero a veces cansada y húmeda en los frecuentes trances de desaliento o de tristeza; las orejas grandes, la boca fuerte e imperiosa, la mandíbula excesiva como una quijada.
¡Pero qué tiernos suelen ser por dentro los hombres que por fuera aparecen ásperos y duros! Se diría que en ellos la vida, para subsistir, erige espinas y rugosidades que preserven la entraña tierna y frágil, como se ve en el cactus frente al medio ardiente y hostil que lo circunda. Ved, en cambio, su reverso en aquellos otros seres, impasibles por dentro y por fuera, irónicos, implacables: pensad, por ejemplo, en Rosas. Ya se ha observado muchas veces que en casi todos los respectos Sarmiento es el anti-Rosas, ejemplares definidos de dos tipos antagónicos. Los biógrafos de Rosas, aún los que estuvieron más cerca de su intimidad o que lo juzgan de modo más benigno, no recuerdan ninguna anécdota, ningún episodio en que Rosas se mostrase prodigando su ternura, así sea fugazmente, siquiera a la madre, a la esposa o a la hija. Las anécdotas que de él se cuentan sólo destacan su carácter astuto y dominante, como el episodio tan conocido de su treta a fin de obtener de la madre el asentimiento para su boda con Encarnación Ezcurra; ¡boda de dos seres análogos por su insensibilidad para las emociones delicadas: ". . . el estrechísimo vínculo de esas dos almas que se complementaron para la acción y se comprendieron -dice Ibarguren- no palpitó jamás con ternura, ni se recogió con delicadeza, ni sintió la emoción inefable del misterio de la vida interior". Mansilla, sobrino carnal de Rosas y con bastante proximidad como para conocerlo a fondo, lo pinta así en estas pocas pinceladas: "Es un realista desequilibrado; no tiene nociones altruistas; vive demasiado dentro de sí mismo para pensar en los demás. Que piensen ellos en él y lo empujen. El no pensará en ellos sino cuando sean sus instrumentos pasivos".
¿Cómo ha de verse en Rosas un grande hombre, uno de esos ejemplares en que se da con mayor plenitud la sustancia de lo humano, si estaba monstruosamente mutilado en su capacidad de amar, si era ciego para la ternura, sordo para las emociones más puras y generosas? Su papel en nuestra historia es, sin duda, de notable significación, pero como podría serio un acontecimiento terrible de la naturaleza, una conmoción sísmica que, sin conciencia y sin finalidad, derriba lo que estaba caduco o inseguro y hace posible después la reconstrucción. Rosas fue grande como instrumento del destino en nuestra historia, pero pequeño como hombre, inferior y mezquino como ejemplar de lo humano. Ensalzar a Rosas tiene tanto sentido como ensalzar a un terremoto o a un huracán...
Es siempre muy importante para apreciar a los hombres, a los conspicuos como a los humildes, conocer sus emociones, indagar sus sentimientos frente a las cosas y a los hechos cotidianos. No me refiero solamente a los arranques y a las explosiones de la sensibilidad, que en horas excepcionales suelen desatar el llanto aún a los hombres de mejor temple. Sarmiento tenía las lágrimas muy fáciles y más de una vez las derramó con abundancia por motivos diferentes: en la muerte de la madre y de Dominguito; cuando se despidió de éste en San Juan; en el asesinato de su gran amigo Aberastain; cuando escribía su oración fúnebre a Rosarito Vélez, hija del codificador, o cuando recibía algún homenaje popular; y hasta por motivos puramente religiosos, como en el episodio que él recuerda en el capítulo 19 del "Facundo", cuando el dueño de la estancia en que él se hospedaba, en la sierra de San Luis, hizo un fervoroso ruego a Dios, en voz alta, pidiendo lluvias para los campos, fecundidad para los ganados, paz para la república, seguridad para los caminantes: "Yo soy muy propenso a llorar --dice y aquella vez lloré hasta sollozar por- que el sentimiento religioso sé había despertado en mi alma con exaltación. . . "'. No hablo sola- mente de las lágrimas, pues también suelen llorar con facilidad y con deleite los hipócritas y los histriones y aún los simples sensibleros, sin decoro interior y sin hondura. Me refiero sobre todo a esas expresiones generalmente tácitas y apenas visibles desde fuera, que son como las confesiones a media voz de un alma sensible y pudorosa: escenas de la vida cotidiana, actos y palabras de la intimidad y a espaldas del público, páginas escritas con motivos hogareños o para desahogo personal, cartas y papeles privados... En suma, todo ese vasto mundo recatado en que transcurre la verdadera existencia de los hombres, cuando se despojan de los lucidos ornamentos de la vida mundanal y pública.
Hay muchos de estos testimonios para llegar hasta la intimidad del gigante sanjuanino, tantos que sería vano intentar referirse a todos ellos en esta sola disertación. En sus varios libros y en sus numerosísimos escritos sueltos, se hallan con frecuencia pasajes en que transparece, de pronto, su ternura cristalina, su dolor ante el recuerdo de los muertos queridos, sus desfallecimientos y sus amarguras de desterrado, su noble y casi alegre conformidad con su pobreza. Sarmiento era, sobre todo, un sentimental, un ser de emociones y de pasiones generosas, y esta condición profunda se refleja constantemente en sus actos, en sus libros, en sus cartas, en todas las ricas manifestaciones de su personalidad multiforme y avasalladora.
LOS AMORES
Sarmiento tuvo grandes amores, de diverso carácter, pero de análoga intensidad. Amó a su madre y a Dominguito con ese amor humano que, cuando se da cabalmente como en él, se eleva a la condición de símbolo y de tipo; amé a varias mujeres, pero sobre toda a una, Aurelia Vélez, que supo apaciguar y dirigir su corazón turbulento; amó a sus amigos, algunos prominentes como el chileno Montt, Vélez Sársfield, María Mann, Mitre, otros irás modestos pero no menos queridos, como Aberastain, José Posse, Juan Godoy, Hilarion Moreno, jacinto y Demetrio Peña, Marcos Gómez, Do- mingo Soriano Sarmiento, a quienes recuerda a menudo en los momentos felices y, sobre todo, en los de tristeza; amó a la Patria con ese amor que se transforma en voluntario y dichoso dolor, fiel en el sacrificio y en la amargura antes que fútil y liviano en las seducciones de la traición y del desvío: Así pudo decir en su vejez a unos niños de Tucumán: "...he amado mucho, he amado a mi madre y he amado a mi patria, y muchos de mis pecados me serán perdonados"; amó su pobreza, que fué para él como una segunda madre, porque la tuvo también desde la cuna y porque, lo nutrió de valor y de idealismo para sus empresas de Quijote: "Toméle desde luego ojeriza al camino que sólo conduce a la fortuna", diría en su madurez. ¡Cómo es de revelador en todo hombre su comportamiento ante la pobreza y ante los goces de la for- cuna! Sarmiento fué siempre muy pobre, y para satisfacer sus necesidades primarias tuvo a veces que desempeñar oficios conmovedores y mezquinos, como peón y capataz de minas, pulpero de aldehuela en los Andes... En Santiago de Chile debió vender a Lastarria alguno de sus pocos libros, verosimilmente para pagar el alquiler de su buhardilla; "cuando terminó la Presidencia --,dice Ponce -, Sarmiento no tenía con qué vivir". Pero la pobreza no lo asustó ni le impidió desarrollar todas sus potencias, sino que, al contrario, lo alentó y lo levantó hasta la plenitud, como la resistencia del aire no impide volar a la paloma, sino que es condición de su vuelo, según la famosa reflexión de Kant; como las dificultades del metro y de la rima no malogran al verdadero poeta, antes bien lo excitan para alcanzar la más alta expresión. El grande hombre es siempre el predestinado, el que debe realizarse necesariamente a pesar de todos los obstáculos, y a tal punto que, en rigor, esos obstáculos no son casi siempre más que las indispensables resistencias del mundo para que aquél pueda ejercitar y desarrollar sus fuerzas poderosas.
Quien juzgue a Sarmiento por su lado público y externo, verá en él al luchado¡ y combatiente de tantos combates ardorosos, la voz tonante, la mirada fiera, descargando golpes terribles con las mazas de sus puños sobre sus enemigos de siempre: la tiranía, el caudillismo, la ignorancia, la superstición, la injuria. Pero mirado más de cerca, sin dejarse engañar por esas apariencias espantables, contemplado desde los numerosos testimonios de su intimidad, desde "Recuerdos de Provincia" y "Vida de Dominguito", desde sus cartas y anécdotas privadas, entonces no puede dejarse de ver que fué un hombre tierno y sentimental; un niño grande, un poco voluntarioso y caprichoso, como son todos los niños con personalidad; un ser emotivo y apasionado, que tuvo que hacer el papel de ogro en un medio bárbaro y hostil.
Este iracundo genial que escribía como quien pelea, que usaba la pluma como un ariete para combatir la tiranía o para demoler prejuicios y fanatismos, este apóstol insomne que en el desierto de aquellos años era un vociferador de palabras bíblicas, cuando hablaba y escribía de la madre o del hijo, de las mujeres que entretejieron su destino, de los amigos, de los niños, de sus esperanzas y de sus desfallecimientos, tenía la voz remansada y estremecida como si brotara de un silencio muy hondo y humedecido por las lágrimas. Este es el verdadero Sarmiento, porque es el que estaba vivo debajo de la corteza áspera y dura, el niño de llanto fácil que de puro miedo y amor hacía de valentón y de furioso.
LA MADRE Y EL PADRE
El primer capítulo de un estudio sobre la ternura de Sarmiento, tiene que ser necesariamente ocupado por su madre, dolía Paula Albarracín. Ella es la que secretamente conforma la vida de su hijo, con esa influencia tanto más profunda cuanto menos visible y aparente es. No sé si hay muchas excepciones, incluso no sé si hay alguna excepción, pero yo estoy persuadido de que no hay verdaderamente un grande hombre que no haya tenido detrás una gran madre. Madre grande de diversos modos, desde luego: a veces por el relieve de su carácter, otras veces por las calidades excelsas de la inteligencia, por la bondad acogedora o por el sacrificio y el trabajo; en suma, por cualquiera de esas virtudes que pueden hacer de una mujer una gran madre. Doña Paula Albarracín lo fue en toda su plenitud y ningún testimonio más veraz que aquellos dos capítulos de "Recuerdos de Provincia", donde el hijo evoca su vida, sus virtudes y sus trabajos incesantes. Sarmiento recibió de ella los rasgos más profundos y sustanciales: la voluntad de trabajo, sólida e inconmovible, con que la madre, a la edad de 23 años, merced a la industria de sus manos y la lanzadera, levantó la casa en que después nace- ría la prolífica familia, aquella casa evocada por Sarmiento en las páginas famosas que comienzan: "La casa de mi madre, la obra de su industria, cuyos adobes y tapias pudieran computarse en varas de lienzo tejidas por sus manos para pagar su construcción". De ella procede asimismo "la energía moral de su carácter", esa irrenunciable fidelidad al deber, que en la madre como en el hijo no es una norma que les viene de fuera, algo que les impone la sociedad o las leyes, sino una cualidad esencial que, por lo mismo, se halla tácita y viva en las raíces del ser. Es de ella también esa noble y altiva conformidad con la pobreza, que en la madre le hace redoblar los esfuerzos Y ocultar a los demás sus necesidades, y en su hijo renunciar a los sensualismos de la vida fácil para abrazar los peligros y las estrecheces de la vida heroica y generosa. De la madre es igualmente su amor a la ver- dad, su santo horror por la mentira; Sarmiento ha recordado varias veces que él no pudo mentir jamás, y aunque esta afirmación suele hallarse también en boca de grandes mentirosos, en la de él es sólo una verdad más: la madre cuidó de no dejar entrar en la casa la polilla de la mentira -recuerda el hijo-, y el amor a la verdad llegó a formar desde niño el fondo de su carácter.
Del padre, don José Clemente Sarmiento, adquiere, en cambio cualidades de ardimiento y de brillo. El mismo ha pintado a su padre en "Recuerdos de Provincia", con esa inevitable indiscreción que acompaña de ordinario a la perfecta veracidad: joven apuesto y sin bienes, con una irresistible pasión por los placeres de la juventud; inconstante y fantaseador; patriota ardoroso y con un odio invencible por el trabajo material. Pero no se juzgue desdeñable o perjudicial la contribución de tal padre en la formación del hijo, pues es lo cierto que cuando en un hogar, sobre todo provinciano es decir, más íntimo y formativo que los de las grandes ciudades surge una personalidad poderosa como la de Sarmiento, es forzoso que en su constitución y desarrollo hayan influido conjuntamente el padre y la madre, cada uno corrigiendo o completando la contribución del otro. Don José Clemente enmienda armoniosamente en el hijo la pesantez del fuerte realismo de la madre, dotándolo de las alas de la imaginación y del entusiasmo. Además, es él quien le hace gustar las delicadezas de la educación intelectual, los goces de la lectura y del estudio. De aquí vendría más tarde, en gran medida, su vocación profunda de educador: "Mi pobre padre --dice el hijo veraz y equitativo -, ignorante, pero solícito de que sus hijos no lo fuesen, aguijoneaba en casa esta sed naciente de educación, me tomaba diariamente la lección de la escuela y me hacía leer, sin piedad por mis cortos años, la "Historia crítica de España", por don Juan Masdeu, en cuatro volúmenes; el "Desiderio y Electo", y otros librotes abominables que no he vuelto a ver y que me han dejado en el espíritu ideas confusas de historia, alegorías, fábulas, países y nombres propios. Debo, pues, a mi padre la afición a la lectura, que ha hecho la ocupación constante de una buena par. te de mi vida, y si no pudo después darme educación por su pobreza, dióme en cambio por aquella solicitud paterna el instrumento poderoso con que yo, por mi propio esfuerzo, suplí a todo, llenando el más constante y el más ferviente de sus votos". Y en una carta de 1845 dirigida a don Ignacio Fermín Rodríguez, fundador en San Juan, con su hermano José Genaro, de la Escuela de la Patria, donde aprendió Sarmiento las primeras nociones, el hijo cariñoso junta a la madre y al padre en la gratitud y en el recuerdo: "Cuando vuelvo los ojos hacia atrás - le dice- en busca de las influencias morales y civilizadoras que han debido obrar sobre mi alma cuando joven, Ud., señor, y el clérigo Oro se alzan, únicos en mis reminiscencias, apoyados, en verdad, por el profundo sentimiento de moral de mi madre y por los estímulos de mi padre para hacerme sentir la necesidad del saber".
Pero de los dos, es la madre "la tierra viviente" a que adhiere su corazón, como las raíces al suelo, según las bellas palabras del hijo. Ella es la mujer permanente de su vida, la que está siempre detrás sosteniéndole y empujándole con su amor y con su ejemplo; las otras, las que vinieron después, o lo armaron fugazmente, o le dieron a beber, junto con el amor, los jugos amargos de los celos, o, en fin, le llegaron ya al caer de la tarde... Para ella son, la primera, las angustias del hijo ausente, el recuerdo en los momentos felices, la invocación en las empresas que se avecinan.
Una vez, en Nápoles, después de un día de emociones ante el espectáculo alucinante del Vesubio, tiene en la noche terribles pesadillas, de las que le queda, al despertar, una sola idea persistente: ¡su madre había muerto!. Y cuenta en "Re- cuerdos de Provincia": "Escribí esa noche a mi familia, compré, quince días después, una misa de requiem en Roma, para que la cantasen en su honor las pensionistas de Santa Rosa, mis discípulas; e hice el voto y perseveré en él mientras estuve bajo la influencia de aquellas tristes ideas, de presentarme a mi patria y decirle a Benavídez, a Rosas, a codos mis verdugos. vosotros también habéis tenido madre; vengo a honrar la memoria de la mía; haced, pues, un paréntesis a las brutalidades de vuestra política; no manchéis un acto de piedad filial. Dejadme decir a todos ¡quién era esta pobre mujer que ya no existe! ¡Y vive Dios, que lo hubiera cumplido, como he cumplido tantos otros buenos propósitos, y he de cumplir aún muchos más que me tengo hechos!"
Otra vez, de regreso de los Estados Unidos, al conocer en el puerto brasileño de Pará su elección como presidente de la Republica, escribe en el Diario íntimo que dedica a Aurelia Vélez una página conmovida en que recuerda a sus muertos queridos: "Seré, pues, presidente exclama -. Hubiera deseado que mi pobre madre viviese para que se gozase de la exaltación de su Domingo. Pero me sucede lo que a los viajeros que han ido dejando como luces extinguidas sus afecciones en el largo camino. Como los generales, después de gloriosos combates en que perecieron sus bravos compañeros; como el marino que salva del común naufragio, yo tengo un mundo fúnebre que quisiera evocar de la temprana tumba. El doctor Aberastain, que desde los primeros pasos de mi vida creyó en mí como en su ser privilegiado. Belín, el impresor marido de mi hija, habría encontrado la recompensa de su laboriosa vida, a mi lado. Juan Godoy, Hilarión Moreno, jacinto y Demetrio Peña, eran mis cándidos admiradores. Perdí a Dominguito, cuando necesitaba de su aprobación, de su pluma, de su entusiasmo. El pobre Marcos Gomez, que tanto prometía; el pundonoroso Soriano, que se mata por temor de que yo lo juzgue mal. Todos míos, sin egoísmos; míos por el corazón. De esta estirpe de amigos se ha hecho en torno mío un desierto". Esta es la voz tierna y cristalina del Sarmiento esencial, cuando sus muchos enemigos, - que son, a la vez, los de la patria y de la civilización- le permiten callar aquella otra voz de trueno que tiene que utilizar en las batallas... En el mismo Diario, al enumerar las mujeres que desde la cuna entretejieron su destino, señala la primera: "¡Mi madre! Su nombre está hoy aquí presente. Mrs. Mann la ha evocado para que me propicie el sentimiento religioso de los Estados Unidos."'
DOMINGUITO
Dominguito es su otro gran amor, ya no el reposado amor que deba acompañarlo cincuenta años, como el de la madre, sino el amor ardiente que ilumina un instante el ciclo y se apaga dejando tras de sí la soledad terrible y la amargura. Domingo Fidel Sarmiento era su hijo adoptivo -según él le llamaba- o bien su hijo también de la carne, como algunos biografos lo conjeturan. Pero fuese lo uno o lo otro, la verdad es que nadie fue más Padre de un hijo que este Domingo de su Dominguito.
El niño era hijo único de doña Benita Martinez Pastoriza, sanjuanina de origen y casada en Chile con don Domingo Castro y Calvo; cuando éste murió, su viuda contrajo segundas nupcias con Sarmiento, recién regresado de su viaje a Europa, quien adoptó al hijo y le dio su apellido.
Dominguito creció en la casa materna de Yungay, en Chile, en la atmósfera tierna que regularmente circunda a un hijo único. Era un niño avispado, alegre e impetuoso; ante él y ante sus infantiles ocurrencias, el padre parecía más bien el abuelo: su dura corteza se resquebrajaba y se abría en sonrisas y aún en jubilosas carcajadas; el educador y el maestro se inclinaban ante esa alma naciente para ayudarla a crecer; el hombre profundamente religioso se arrodillaba conmovido ante
el inefable misterio que es siempre un niño. Esos años de Yungay, llenos del hijo adorable, fueron acaso los más dichosos de este desterrado de la patria y de las dulzuras de la vida.
Crecido en compañía de sus padres maduros, en un ambiente de personas grandes y lejos del regular contacto con otros niños, Dominguito fue haciéndose de espíritu despejado y sagaz, valiente para salvar sus dificultades, enérgico y voluntarioso como el padre. Cuando nuestro país entró en guerra con el Paraguay, ya en Buenos Aires con la madre, se alistó de los primeros para marchar al frente. Inútiles fueron los ruegos de la madre des- consolada y las incitaciones de los amigos para que se quedase a continuar sus estudios universitarios. A Avellaneda le respondió: "Mi suerte está echada. Me ha educado mi padre con sus ejemplos y sus lecciones para la vida pública. No tengo otra carrera; pero para ser hombre de estado en nuestro país es necesario haber manejado la espada; y yo soy muy nervioso, como Enrique II y necesito endurecerme al frente del enemigo". Este aprendiz de héroe tiene apenas 20 años, y en su decisión tan firme, acaso más que aquellas razones intelectuales, influyó el romanticismo del mozo ávido por los encantos de la gloria. El general Mitre, presidente de la República, había lanzado una proclama embriagadora: "en un día en los cuarteles, en quince en la Asunción, en tres meses de regreso en sus hogares. . . ", y esta proclama - diría después Sarmiento - "era calculada para mover heroísmos juveniles que en las alas de la fantasía van y vencen, adondequiera que dirijan su yate, ¡engalanada de guirnaldas de flores la proa, tendida de bicolores cenefas la borda y flotando al aire en gallardetes juguetones sus esperanzas".
Cinco años de lucha cruenta duró la guerra que se prometía breve y fácil. Un año después del rompimiento de las hostilidades, el 22 de septiembre de 1866, Dominguito caía muerto de un ba- lazo en el pecho durante el asalto a la fortaleza de Curupaiti. Murió con la entereza y con la poesía de un héroe de una tragedia romántica. El día antes de la batalla, en un librito de memorias escribía a su madre: "Querida vieja. Setiembre 21 de 1866 (víspera de la batalla). la guerra es un juego de azar. Puede la fortuna sonreír, como abandonar al que se expone al plomo enemigo".
"Si las visiones que nadie llama y que ellas solas vienen a adormecer las duras fatigas, dan la seguridad de la vida en el porvenir que ellas pintan; si halagadores presentimientos que atraen para más adelante, si la ambición de un destino brillante que yo me forjo, son bastantes para dar tranquilidad al ánimo, serenado por la santa misión de defender a su patria, yo tengo fe en mí, fe firme y perfecta en mi camino. ¿Qué es la fe? No puedo explicármelo; pero me basta.
"Mas si lo que tengo por presentimiento son ilusiones destinadas a desvanecerse ante la metralla de Curupaití o de Humaitá, no sientas mi pérdida hasta el punto de sucumbir bajo la pesadumbre del dolor. Morir por mi patria es vivir, es dar a nuestro nombre un brillo que nadie borrará; nunca jamás fue más digna la mujer que cuando con estoica resignación envía a las batallas al hijo de sus entrañas"'.
"Las madres argentinas transmitirán a las generaciones el legado de la abnegación y del sacrificio"'.
"Pero dejemos aquí estas líneas que un exceso de cariño me hace suponer ser letras póstumas que te dirijo".
El joven oficial tiene la clara premonición de su muerte y, valeroso y romántico, habla de ella con la poesía con que habitualmente adornan a la guerra los adolescentes que han nacido y crecido en la seguridad prosaica de los tiempos de paz. Así también marchaban los soldados al comienzo de la guerra de 1914, como se lee en "Clerambault", de Romain Rolland, y los que morían llevaban en los labios palabras casi idénticas a las de Dominguito. Charles Péguy, que murió de un balazo en la frente en los primeros días de la guerra del 14, había cantado poco antes:
"Dicbosos los que han muerto, pues fueron reintegrados a la primera arcilla y a la primera tierra. Dichosos los que han muerto en una justa guerra. Dichosas las espigas Y los trigos segados!"
Los que sobrevivimos, en cambio, a estos cuarenta años últimos de matanzas horrendas, sin que nadie sepa claramente por qué y para qué, ya no podemos ver en la guerra ninguna poesía, sino solamente estupidez y brutalidad. Pero Dominguito tenia el alma embriagada y marchaba ¡hacia la muerte coronado de rosas. El día mismo de la batalla escribía con firme pulso la postrera anotación de su librito: "Setiembre 22 de 1866. Son las diez. Las balas de grueso calibre estallan sobre el batallón. ¡Salud, mi madre!".
Sarmiento hacía dos años que estaba en los Estados Unidos como Ministro argentino, y casi tres ausente del país. Cuando conoció la terrible noticia, que le dieron en pequeñas dosis los oficiales de la Legación y que después confirmó una carta de Juana Manso, el fuerte luchador tambaleó como el monte en cuyo seno se ha encendido un volcán; y el niño maduro y de lágrimas fáciles las derramó con profusión acompañado de sus jóvenes colaboradores y, entre ellos, de su secretario, Bartolito Mitre, hijo del general.
¡Noches de insomnio, de evocación y de llanto incesantes! " En el silencio de la noche -recordará más tarde el padre inconsolable--, en las largas horas de insomnio, a veces creía oír la inextinguible risa del joven travieso, como desde el bufete la oía todos los días, en la pieza donde las niñas se reunían antes de comer y les contaba las anécdotas del baile, las bromas y los dichos que amenazaban los salones o las reuniones públicas". En un retrato de esa época, en que aparece con Domingo Sarratea, Sarmiento muestra el rostro y la apostura de un hombre excesivamente cansado y vencido.
Cuando puede escribir un poco, el dolor le dicta palabras hermosísimas, sin aliño y sin literatura: "¡Qué cadena de desencantos" - le dice a Mitre, desde Washington - Habría vivido en él (en Dominguito), mientras que ahora no sé adónde arrojar este pedazo de vida que me queda, pues ni aquí ni allá sé qué hacer con ella"'. Este lamento no callará nunca en su alma: "Tengo que conformarme - le escribe a María Mann en diciembre de ese año,-- y ya estoy más resignado, aunque el recuerdo de sus gracias infantiles, sus juegos con- migo, me haga llorar más que la idea de su trágica y sangrienta muerte. No puedo recordarlo sino alegre y riendo, y esto me hace sufrir más". Poco después le dice a la señora de Aberastain: "Aberastain dejó un vacío en mi alma que va nada llenará; ¿qué le diré del que acaba de hacerse con la temprana pérdida de aquel objeto mimado de tanto amor? Ud. sabe que para mí era el motivo de vanidad: Es el padre, que así se sentía satisfecho. Era el maestro, el patriota, el ciudadano". Y a su íntimo amigo José Posse, a quien le envía un retrato del hijo muerto, le escribe en marzo de 1867: "Antes que mis palabras habrá hablado por tus ojos la imagen del niño que tanto amaste, que dejaron morir a impulso de su entusiasmo y que lloraron cuantos le conocieron. Te lo mando para que lo enseñes a tus hijos y lo llore tu esposa. Era una segunda edición de tu amigo, corregida y embellecida por los encantos de su juventud y las seducciones irresistibles que te dominaban a ti mismo, a tu pesar, y te ponían chocho, cuando le oías contar sus aventuras de muchacho travieso. Había nacido para acaudillar al pueblo y yo lo habla preparado para hacerlo digna y noblemente. ¡Todo se acabó! Consérvale tu cariño, y esto es todo el elogio que do él quiero hacer".
Como ocurre casi siempre en estos casos de dolor profundo, el padre trastornado imagina a ratos que él, de algún modo, lo dirigió hacia la muerte. Veinte años después de la tragedia, dirá en la evocación de la vida del hijo: "Veíase venir en el cadete improvisado en San Juan el voluntario a la primera llamada a las armas en nombre de una idea o en defensa de la patria; y Dios me lo perdone, si hay que pedir perdón de que el hijo muera en un campo de batalla, pro patria, pero yo lo vine dirigiendo hacia su temprano fin".
Había, además, otra circunstancia que secretamente agregaba al suceso una amargura más.
Sarmiento y doña Benita se habían separado en 1861, después de un periodo de disgustos y de reproches mutuos. Al año siguiente, siendo Sarmiento gobernador de San Juan, se le presentó inesperadamente Dominguito, que venía de Buenos Aires, desertor de sus estudios en la Universidad: "se presentó a su airado padre - cuenta el propio Sarmiento- con uniforme militar elegantísimo y completo que se había mandado hacer con el sastre de moda, para el lance, y la lectora que haya sido madre se imagina si puede haber padre tan duro que le dé de coscorrones en lugar de un abrazo al apuesto militarcito". El hijo pasó algunos días con el padre feliz, disputado por las familias y por los jóvenes sanjuaninos, luciendo airosamente su desparpajo y su vistoso uniforme militar. Cuan- do se despidió del padre para regresar a Buenos Aires, parece que, en nombre de doña Benita, le propuso el olvido de las desinteligencias y la reanudación de la vida del hogar; Sarmiento se habría negado agregando que para él la separación era definitiva, y entonces el hijo, como era justo, le habría dicho que él seguiría viviendo con su madre. Después de esta conversación Sarmiento quedó deshecho y, como era de imaginar, derramó copiosas lágrimas. Y los papeles súbitamente se invirtieron: Dominguito, el niño de 16 o 17 años pero con cinpaque de hombre grande, le puso la mano en el hombro al niño maduro y llorón que era Sarmiento, y le dijo cariñosamente: ¡No llore! Un vicio como usted. . . ", con el mismo tono y con idénticas palabras con que los mayores solemos decir al niño que llora para incitarle a callar: "No llore! Ud. ya es un hombre grande... El padre no olvidó jamás aquella escena tan emotiva, y después de la muerte del hijo la recordada con cruel lucidez: "Cuando recibí la noticia de su muerte --dice "vida de Dominguito"-, su imagen se me presentó obstinadamente con la simpática y alegre fisonomía de San Juan; Y su risa, su eterno reír que oía desde mi escritorio parecia repetirme lo que una vez me dijo en San Juan poniéndome la mano en el hombro: ¡No llore! Un viejo como usted - ".
Después de algunos meses, como para distraerlo de sus tristes evocaciones y para despertarlo a la acción, comienza a agitarse su nombre para la presidencia de la República; elegido para el carga, vuelve a Buenos Aires dispuesto, si lo dejan, a hacerle "a la historia americana un hijo". Llega y su primer cuidado es visitar la tumba de Dominguito, donde puede "abrazar en silencio - son sus palabras - el depósito de sus restos, hospedado en el sepulcro de los Varela, al lado del mártir de los mártires, don Florencio". Los trabajos y las inquietudes de su gobierno laborioso y difícil, le ocupan casi por entero la mente; pero la vieja herida sigue arrancándole, de vez en cuando, su queja. En carta a su amigo Posse, le dice en 1870. "¡En materia de amigos he sido desgraciado! Ambos Peña, Aberastain, Dominguito, Belín, Piñero, todos los que me querían me han faltado en la hora que más necesitaba". No es solamente en materia de amigos que es desdichado, sino también en la de su paz hogareña, definitivamente perdida; dos años después, le escribía otra vez a Posse: " una calaverada de muchacho y después la muchachada de tener corazón y escucharlo por medio de un hijo, me han dejado cojo para toda la vida. No sé qué hacer con mi vejez que se hace sentir, ni a qué hogar arrimarme".
Al fin en 1886, veinte años después de la tragedia de Curupaití, consigue realizar lo que des- de entonces se había propuesto: Escribir una historia del hijo. La escribe, dice, para "que no muera su memoria del todo ni tan pronto; también, desde luego, para trasudar ese dolor que no le deja reposo, pues el sufrimiento que no aflora a la superficie multiplica por debajo sus raíces pujantes, y acaba por ahogar al que lo padece. "¿Y no será disculpable su anciano padre -- exclama -- ensordecido por el fragor de instituciones que se derrumban, perdida la voz a fuerza de predicar en desierto sesenta años sin tregua, si quiere recoger todavía, al borde de su propia tumba, los fragmentos del rico vaso a que pensó trasegar su pensamiento, para que continuase la obra otros tantos, y que cayendo de las manos del sacerdote que lo presentaba al pueblo ante el altar de la patria, se rompió?".
Como prenda de total devoción, Sarmiento pide a doña Benita la ayuda de sus recuerdos y de sus observaciones acerca del hijo, y así en "Vida de Dominguito" la madre y el padre, aunque a la distancia, juntan de nuevo un instante sus manos trémulas. Este libro y "Recuerdos de Provincia, escritos sin pretensiones y con motivos íntimos y circunstanciales, son de un Sarmiento ignorado por el común de los argentinos, un Sarmiento con voz dulce y reposada que sabe sonreír entre las lágrimas y que sabe pintar, como en sus "Viajes", paisajes deliciosos con follaje, sol y cielo
LAS MUJERES
Muerto el hijo entrañable, destruido el hogar conyugal, abandonado para siempre por casi todos sus amigos más fieles ¿qué le queda a este Sísifo cincuenton, condenado a empujar sin descanso hasta la cima la pesada roca de su ideal?' Le quedan unos pocos amigos; las hermanas; su hija Faustina, solicita y cariñosa, que con sus hijos lo cuidará hasta el día de su muerte; y le queda un nuevo amor silencioso, con el rostro semivelado para los extraños, que de cerca o de lejos lo Protege y lo encamina, y con sus bellas manos le alisa piadosamente el ceño adusto.
Sarmiento ha amado ya a otras mujeres, pero no han sido amores durables o felices. De un idilio juvenil con una distinguida niña chilena, nació en 1832 su hija Faustina, a quien él reconoció públicamente y le dió su apellido: "Cuando en 1884 - dice Palcos- Sarmiento hizo su postrer viaje al país hermano, fué a dejar un gran ramo de flores en la tumba recientemente abierta de esta mujer, gracias a la cual su familia se perpetúa a través del tiempo"'.
Después, cuando tenía 29 años, se enamoró de una joven, Elena Rodriguez, y en una carta humilde y comedida le pidió a la madre la mano de su hija. El comienzo parece el de un antiguo romance castellano: "Mi mala estrella, señora, y un sentimiento que se ha hecho irresistible en mi corazón me fuerzan a aventurar hoy un paso, que cree tener fuerzas suficientes para haberlo diferido por largo tiempo, al menos hasta cuando un mal éxito no pudiese traer nada desagradable". Ud. pide la mano de Elena y añade: "Para justificar esta pretensión que Ud. tachará de osada, no tengo ni fortuna que ofrecerla ni nada de lo que puede halagar las solícitas aspiraciones de una madre; pero si el deseo de hacer la felicidad de este caro objeto de su tierno interés y el mío; unido a una comportacion sin mancha y las esperanzas de un joven, pueden de algún modo suplir a los dones que la naturaleza y la fortuna me han negado; nadie podrá sobrepujarme a este respecto,,, etc. Pero el pedido no llegó a buen destino, y la niña contrajo más tarde matrimonio con un Primo de ella y de sarmiento.
En Chile se casó con doña Benita, y un tiempo fueron dichosos en compañía de Dominguito. Mas las diferencias de temperamento entre ambos y los celos excesivos de ella, aunque verosímilmente no siempre infundados, determinaron de parte de Sarmiento una ruptura definitiva.
Hubo otros amores efímeros, desde luego; Y no amores, pero sí cariños generosos y desinteresa- dos de otras mujeres, que mimaron al niño turbulento y sentimental. 'El mismo las ha recordado en una hermosa página del Diario de viaje, que escribió para Aurelia Vélez: "Hay las mujeres de la Biblia -- dice --, hay las de Shakespeare o de Goete. Por qué no he de tener para mí las Mujeres de Sarmiento? No porque yo las haya creado al grado de mi fantasía, sino porque todas ellas me cobijaron bajo el ala de madres o me ayudaron a vivir en largos años de prueba".
"Mi destino hanlo, desde la cuna, entretejido mujeres, casi sólo mujeres, y puedo nombrarlas una a una, en la serie que, como una cadena de amor, van pasándose el objeto de su predilección".
Recuerda después a su madre; a su madrina, doña Paula de Oro, a doña Angela Salcedo que lo empleó en su casa de comercio, para ayudarlo; a Juana Manso, que fue la única que comprendió en Chile y Argentina su obra de educación. Luego, refiriéndose a Aurelia Vélez, dice: "Hay otra que ha dirigido mis actos en política; montado guardia contra la calumnia y el olvido; abierto blandamente puertas para que pase en mi carrera, jefe de Estado Mayor, ministro acaso, y en el momento supremo de la ambición, hecho la señal convenida para que me presente en la escena en el debido tiempo".
Menciona seguidamente a doña Benita, sin nombrarla, cuyo amor, dice, "era un veneno corrosivo que devoraba el vaso que lo contiene y los objetos sobre los cuales se derrama", aludiendo de este modo a sus celos terribles. Y luego agrega esta reflexión: "¡Extraño y fenómeno! Desfavorecido por la naturaleza y la fortuna, absorto desde joven en un ideal que me ha hecho vivir dentro de mí mismo, descuidando no sólo los goces, sino hasta las formas convencionales de la vida civilizada, desde mis primeros pasos en la vida sentí casi siempre a mi lado una mujer, atraída por no sé qué misterio, que me decía, acariciándome: adelante, llegarás".
"Debe haber en mis miradas algo de profundamente dolorido que excita la maternal solicitud femenil. Bajo la ruda corteza de formas desapacibles, la exquisita naturaleza de la mujer descubre acaso los lineamientos generales de la, belleza moral, allí donde la física no se muestra". Y en otra página del Diario, en aquélla que escribe al conocer su elección Como Presidente de la República, recuerda también a las mujeres de su vida y a los muertos queridos. A Aurelia Vélez alude en estas palabras: "Al frente de la falange, aquella que me decía: "si no sigue mi consejo, no siga el de nadie". Nunca el corazón habló más alto". La página, iniciada con la triste evocación de la madre, de Dominguito y de los amigos que murieron, termina, como una sinfonía de Beethoven, con este canto de esperanza: "¡Y vive Dios! Si siento a mi espalda el apoyo del pueblo, si esta brisa favorable no cambia de rumbo, he de justificar a mi país, a mis amigos y a los que me aman. Haré que tengan razón y que no muera, sin que otra falange de amigos, de entusiastas, me acompañe al sepulcro... Oh, Magdalena! te levantarás la primera a preparar el cadáver querido para el reposo eterno. Si hay detrás la inmortalidad de la gloria, las lágrimas están de más".
Esta Magdalena es Aurelia Vélez, para quien escribe el Diario, en cuya página inicial el viajero le dice: "En este viaje que me propongo describir, el viajero sólo es el protagonista; y dedicado a Ud. sola su lectura, dale la seguridad que para llevar a cabo la idea, a toda hora del día ha de estar presente Ud. en mi memoria. Viviré, pues, anticipada- mente en su presencia, y cada escena que describa, tendrá a Ud. como espectador, complacido acaso de recibir este diario tributo".
Este lenguaje es del amor, sin duda. Sarmiento, ya huérfano de sus otros amores, y Aurelia, separada para siempre de su marido a los pocos meses de casarse, han ido insensiblemente tejiendo es- te romance en las diarias tertulias del "viejo Vélez", a que concurría aquél con puntualidad. Sarmiento tenía entonces poco menos de 50 años y Aurelia unos 23 o 24. El no era, por temperamento, hombre de amores sólo platónicos, y debió de sufrir un período inicial de fuego y lava hirviente. Pero Aurelia es mujer de talento y, además, de positivo carácter: es la primera en serenarse y comprender los peligros que, sobre todo para ella, comporta la situación; y entonces le escribe señalándole la imposibilidad de ese amor y ofreciéndole, en cambio, su amistad, una amistad asimismo eterna y viva. El niño voluntarioso se resiste, pero acaba por someterse. Todo esto se colige de una carta que él escribe a su amada, sin nombrarla, carta admirable que muestra de qué profundas delicadezas era capaz este hombrón cuando hablaba a una mujer: "He debido meditar mucho antes de responder a su sentida carta de usted, como he necesitado tenerme el corazón a dos manos para no ceder a sus impulsos. No obedecerlo, era decir adiós para siempre a los afectos tiernos y cerrar la última página de un libro que sólo contiene dos historias interesantes. La que a usted se liga era la más fresca y es la última de mi vida. Desde hoy soy viejo".
"Acepto de todo corazón su amistad, que será más feliz que no pudo serlo nunca un amor contra el cual han pugnado las más inexplicables contrariedades. Hoy se añaden peligros para usted sola; y aquella "afirmativa" con que la amenazaron, la darían los que no la comprenden, y esto por mi causa, y por agentes que pueden salir de mi lado. Los que tanto la aman no me perdonarían haberla expuesto a males que no me es dado reparar. Ante esta responsabilidad, todo sentimiento egoísta debe enmudecer de mi parte, y con orgullo puedo decírselo, han enmudecido".
"Cuando esté su corazón de usted tranquilo en el puerto, contemplaremos, como se lo dije el otro día' la mar serena, y hablaremos sin temor de los escollos con que hubimos de estrellarnos".
"Me acojo a la amistad que me ofrece, y que la creo tan sincera como fue puro su amor. En pos de pasiones que nos han agitado, hasta desconocernos el uno al otro, es una felicidad que el Cielo nos depara, salvar del naufragio, y en lugar de aborrecernos cuando ya no nos amaremos, poder estimarnos siempre. Sólo así gozaremos de la felicidad que hemos buscado en vano. No conservo resentimiento alguno por los últimos incidentes que han turbado nuestras relaciones. No tenía usted el poder de herirme; y cuando me entregaba el papel que contenía la explosión de desahogos no motivados, leí en sus ojos que nada había quedado en su pecho".
"Me siento aliviado de un gran peso, y creo que quedará usted lo mismo al leer ésta; y así como cuento con ser creído en los motivos y los fines, cuento con que la generosidad de sus sentimientos le hará alejar toda sugestión de amor propio, que en manera alguna está interesado".
"Me ha presentado usted dos caminos para llegar de nuevo a su corazón, y he tomado el que menos dificultades para usted trataría, pues que no son las espinas las que me arredran de tomar el otro. Cuando pueda le daré el beso en la frente, que para este caso le tenla ofrecido su Sarmiento". Esta era la voz del ogro cuando amaba.
Salvados del naufragio inminente, merced a la serenidad de ella, en adelante y por casi treinta años podrán contemplar el mar tranquilo y hablar de los escollos en que hubieron de estrellarse. Al amor exclusivo y exigente lo sustituyen por una amistad amorosa, combinación feliz que toma del amor su gota de miel y su poesía, y de la amistad la recíproca confianza, la fidelidad sin nubes y esa dichosa inmunidad contra los desengaños y las traiciones. Ya no es el amor ciego, sino el amor que ha abierto los ojos y ha comprendido; el amor de un hombre y de una mujer de talento, que recíprocamente se admiran y se necesitan. Aurelia será la madre joven de un hijo más viejo que ella, al que hay que proteger y mimar. Probablemente pensando en ella, Sarmiento escribe en el Diario, en la página donde habla de las mujeres de su vida: "Una mujer es madre o amante, nunca amiga, aunque ella lo crea; si puede amar, se abandona como un don o un holocausto. Si no puede, física o moralmente, protege, vigila, cría, alienta y guía". Y dado que Aurelia no puede moralmente amarlo, será su protección, su aliento y su guía.
Es bien conocida la influencia que esta magnifica mujer ejerce en la vida del noble luchador. Ella prepara y dirige la candidatura de Sarmiento a la presidencia de la República; lo aconseja secretamente en las más diversas cuestiones, lo estimula a trabajar y escribir, le cuenta sus propias inquietudes y sus goces. El conserva por ella hasta los últimos días de su vida, una admiración, luna confianza y un cariño sin límites. Entre otras cosas, le admira el estilo literario: "No sabe Ud. los tesoros de estilo y composición que Ud. posee", le dice; cuando ella viaja por Europa, le escribe cartas frecuentes y él publica en "El Censor" algunos párrafos de esas cartas. Cuando están lejos, se echan de menos y anhelan volver a verse. Sarmiento, desde Nueva York, la invita a ir, pero ella no puede; desde Brasil, Aurelia le escribe en 1883: "¡Cuánto le extrañé y deseé que hubiese compartido emociones que ponen lágrimas en los ojos!". En julio de 1888, dos meses antes de morir, Sarmiento, desde Asunción, suspira así en una carta a Adolfo Saldías: "¡Qué diera por estar un rato con nuestra amiga en Europa, viajando y gozando tranquilamente de¡ espectáculo d-, las grandes cosas! Déla Ud. mis recuerdos". Y poco después, acaso en la última carta que llega a escribirla, la llama de nuevo con una quejumbre regalona: "Díjome Ud. que vendría de buena gana al Paraguay; creílo con placer cuando no fuese más que como las pro- mesas de la madre, o de los que cuidan enfermos, es decir que sí, cuando alguna vislumbre de alegría pasa por aquellas cabezas. ¿Por qué no estimar aquellas piadosas y socorridas mentiras que hacen surgir un mundo de ilusiones y alientan al que harto sabe que nada hay de real en los sonidos, si no es la armonía, unas veces, o bien lo suave de la lisonja, que consiste en hacer creer que somos dignos de tanta molestia? Bien me dijo de venir. Venga, pues, al Paraguay. ¿Qué falta le hacen treinta días para consagrarle, seis a un dolor reumático, cinco a la jaqueca, algunos a algún negocio útil y muchos a contemplar que la vida puede ser mejor? Venga, juntemos nuestros desencantos para ver sonriendo pasar la vida, con su látigo cuando castiga, con sus laureles cuando premia". Y Aurelia va, con su hermano Constantino y su sobrina Manuela Vélez Sársfield.
LOS NIÑOS
¿Qué amor noble y grande fué ajeno a este gruñón afectuoso? Es conocida su ternura por los niños, como que, en rigor, su vocación de enseñar, que se le despertó cuando tenía solo quince años y puso la escuelita de San Francisco del Monte, no fué otra cosa que un acto de amor hacia los niños y hacia los pobres: por esto, cuando vuelve a San Juan, en 1884, después de haber desempeñado la presidencia de la República y de haber merecido otros grandes honores en el país y en el extranjero, llora copiosamente cuando los escolares de su humilde ciudad natal desfilan ante él y depositan a sus pies ofrendas florales, según lo ha referido el Dr. Henoch D. Aguiar, actor en la escena emocionante; por esto, cuando en 1888, haciendo su viaje final al Paraguay, en Bella Vista, sobre la ribera correntina, sienta en sus rodillas al más pequeño de los niños que han ido a saludarle, se queda como ensimismado acariciándole los cabellos, y de pronto, para ocultar su emoción, se retira a su camarote --dice Rojas- "estrangulado por los sollozos". Sólo que aquí, además, andaba cerca la sombra de Dominguito... Amó los animales, los árboles y plantas; en medio de la incomprensión general y aún de la burla de sus contemporáneos, fundó la Sociedad Protectora de Animales; en si¡ isla de Carapachay y en su quinta de Asunción, cultivó con entusiasmo y con deleite sus plantas y sus árboles
DE NUEVO SARMIENTO Y ROSAS
¡Cuánta ternura en este furioso cordial, cuánta pulpa blanda Y jugosa debajo de la corteza áspera, cuánta linfa clara y fresca debajo del granito de la superficie! Mírese de nuevo al otro lado, mírese otra vez a Rosas y búsquese debajo de su exterior impasible algo de esos tesoros de la vida interior de Sarmiento ¿Es que a propósito de Rosas puede hablarse de vida interior que no se agote en pura astucia, implacable rigor, torvo egoísmo? ¿Amó Rosas alguna vez a una mujer con el abandono y la dulzura con que amó Sarmiento? ¿La puso Rosas a su madre en un altar como Sarmiento a doña Paula? ¿Tuvo alguna vez el feroz Restaurador por alguno de sus hijos algo que se parezca, así sea lejanamente, al cariño emocionado de Sarmiento por Dominguito y por los niños? Debajo del Sarmiento público estaba lo mejor de él, un hombre cabal en la plenitud de sus valores; debajo del Rosas imponente no había nada o había sólo la sordidez de una tierra dura y seca, sin vegetación, sin agua refrescante y sin paisaje. Sarmiento y Rosas son, en verdad, el anverso y el reverso, en esto como en todo: cada uno puede ser definido bien por sí mismo y también por su contrario. Ellos son, seguramente las dos individualidades más señala- das de nuestra historia, en lo político como en lo moral; de aquí que sean ellos asimismo los que mejor definen a sus admiradores y detractores. Se concibe sin esfuerzo que con respecto a Moreno, Rivadavia, Echeverría, Mitre, etc., pueda haber entusiasmos y resistencias en hombres que, en lo demás, se hallan en un mismo sector o corriente de opinión. Esto no ocurre con Sarmiento y con Rosas: sus admiradores y sus detractores están separados de modo tajante en campos herméticos y sin posibilidad de comunicación entre ellos. Ser admirador de Sarmiento importa ya, de por si, toda una definición en los más diversos sentidos; ser admirador de Rosas es, por antonomasia, ser enemigo total de Sarmiento y de los valores que él representa: un devoto de cesarismos y de tiranías; un abominador de la libertad en política, en educación, en la prensa, en el foro, un menospreciador de la cultura y de la función directriz de la inteligencia; un negador, en fin, de todo lo que hay de más noble y de más hondo en la naturaleza radical del hombre, que no es otra cosa, en resumen que su libertad.
Por esto fué Sarmiento tan combatido en su vida como sigue siéndolo después de su tránsito mundanal. Este argentino eterno está vivo ahora como hace cien años, como ha de estarlo dentro de cien más. El es de los que nunca lucren, porque mucho más que un individuo, es un representante. Mientras vivió coralmente y tuvo fuerzas para el combate, las mordeduras de la rabiosa jauría que arrastraba detrás de sí sólo tenían la virtud de excitarlo para el trabajo y para los grandes sacrificios; cuando estuvo viejo y cansado, todavía podía ahuyentarla y enmudecería con el tronar de su voz y con el ejemplo de su vida. Entonces hablaba con aquella serenidad majestuosa y a la vez con ese estremecimiento de su alma dolorida, con que habló en el Senado de la Nación en 1875, después de sufrir " vejámenes de una barra inculta y dirigida: "He querido, señor presidente, que la barra me oiga una vez, que vea toda la libertad de que soy capaz. Y es una pérdida para el país que ustedes encadenen y humillen y vejen este espíritu que ha vivido sesenta años, duro contra todas las dificultades de la vida; que ha sufrido la tiranía, que ha sufrido la pobreza, que ustedes no conocen, y las aflicciones que puede pasar un hombre que no sabía en la escuela sino leer y que desde entonces viene abriéndose camino con el trabajo, la honradez y el coraje de desafiar las dificultades". ¿Cuál de sus detractores podía decir otro tanto? ¿ Cuál puede decirlo ahora?
ÉL ULTIMO AÑO
Cansado Y maltrecho, contempla con serenidad la idea de su próximo fin: Como era de suponer, su mal consiste en que tiene demasiado grande el corazón. Parte otra vez al Paraguay, a comienzos de 1888, Pero ahora corno el león moribundo que va a echarse en una abra vecina para mirar a la distancia la selva maravillosa donde transcurrió su vida. A David Peña le escribe con entereza y lucidez estoicas. "Yo siento que me flaquean las fuerzas, que el cuerpo es débil y que debo emprender otro viajecito luego, Pero estoy preparado precisamente. Porque se necesita poco equipaje; con lo encapillado sobra; pero llevo el último pasaporte admisible porque está escrito en todas las lenguas: servir a la humanidad"'.
En el cálido y tonificante clima paraguayo, mientras llega la esperada, se pone con gozo a armar su casita de hierro, a cercar el terreno, a perforar un pozo, a preparar almácigos y plantíos, levantándose de madrugada -- dice -- "por hallar corto el día para tanto hacer". "Conoce, al fin, una humilde felicidad que no había podido gustar en su larga vida azarosa. A Sáldías le escribe poco antes de morir: ". - Pudiera decir que soy feliz, con una felicidad compuesta de pequeños goces, improvisar una casa, reunir arbolillos y flores y hacer ejercicios".
Todos conocen la escena final. Enfermo ya de muerte, en la madrugada del 11 de septiembre pidió que lo llevaran a su sillón, junto a la ventana, para ver amanecer; alli, en la tranquila y húmeda noche asunceña, frente al cielo estrellado, sintió que la muerte le caía blandamente sobre los párpados como un rocío impalpable; acaso miró hacia atrás para contemplar por última vez el rico turbión de su existencia caudalosa, recordó a la madre, al hijo, a las mujeres y a los amigos de su vida, sus triunfos y sus derrotas; y el niño anciano y de llanto fácil sintió que de nuevo le corrían las lágrimas por sus mejillas palidecidas. Y yo imagino que, al cerrar los ojos para siempre, debió ver que se le acercaba sonriendo Dominguito, que le ponia la mano sobre el hombro y le decia otra vez, cariñosamente aquellas inolvidables palabras que le dijo en San Juan: "!No llore! Un viejo como usted.
ALFREDO ORGAZ