Este año se conmemora el sesquicentenario de la muerte de Mariano Moreno y del nacimiento de Domingo Faustino Sarmiento, con muy escasos días de diferencia: aquél muere el 4 de marzo de 1811, cuando este otro, nacido el 15 de febrero, cuenta sólo diez y ocho días de vida.
La coincidencia no es trivial sino, al contrario, misteriosa y profunda. Hay un extraño parentesco entre ambos próceres, como si en el sanjuanino hubiera prendido una chispa del fuego de Moreno, próximo a extinguirse, para que la llama de la Patria continuara encendida en el futuro.
MORENO Y SARMIENTO
Los dos próceres alientan poderosamente el mismo espíritu civilizador y republicano; los dos luchan contra el mismo enemigo, el espíritu antiliberal y retrógrado; Moreno frente al pasado colonial inmediato, Sarmiento frente a Rosas, que significa la reencarnación terible de ese pasado; los dos creen por encima de todo en el valor de la educación popular, como fuente primerísima de la dignidad de las naciones y de los individuos: el porteño advierte con angustia que "si los pueblos no se ilustran, si no,-,e vulgarizan sus derechos, si cada hombre no conoce lo que vale, lo que puede y lo que se le debe, nuevas ilusiones sucederán a las antiguas y después de vacilar algún tiempo entre mil incertidumbres, será tal vez nuestra suerte mu- dar de tiranos, sin destruir la tiranía; el sanjuanino, décadas más tarde, defenderá incansablemente estas mismas ideas en libros y artículos de diarios numerosos, traerá sabios y técnicos extranjeros para levantar el nivel de la cultura y las industrias, llamará por primera vez en Sudamérica a la mujer para que forme armoniosamente el alma de los niños, arrojará escuelas, con sus manos de titán, como semillas vivientes en el desolado desierto de la patria y, junto con su famosa fórmula, "Educar al soberano", actualizará aquella advertencia de Moreno: "Un pueblo ignorante elegirá siempre Rosas".
La actuación de Moreno, ya se sabe, duró muy pocos meses. Pero en ellos echó los cimientos y fijó el rumbo definitivo de la nueva comunidad. En ese breve tiempo quemó literalmente su vida y agotó su cuerpo, de por sí frágil y enfermizo, con una labor que, mirada a la distancia, asombra y conmueve; cambió la duración por la intensidad, que es un cambio heroico y generoso cuando se hace, como él, voluntariamente y al servicio de altos ideales. Murió así muy joven, a los 33 años de edad, pero antes de alejarse entristecido del gobierno y del país, dejó al niño Sarmiento, al lado de su mísera cuna, los nobles designios, la ardiente pasión por la libertad y por la Patria, la maza terrible y la pluma luminosa para que continuara su acción civilizadora, su lucha contra la ignorancia, la miseria y la opresión.
RIVADAVIA
Entre ambos próceres se levanta, a igual altura, la cumbre majestuosa de Rivadavia, sucesor inmediato de Moreno y antecesor de Sarmiento, que muere el dos de setiembre de 1845. Ellos tres representan, sin mengua para el resto de nuestros pronombres, las expresiones más altas de la vida civil argentina, la continuidad sin escisión y sin pausa del pensamiento y de la acción de Mayo. Yo estoy seguro de que sus manes se conmoverán con esta vinculación póstuma que aquí los une.
Moreno es el iniciador, el numen de la Revolución de Mayo, como la posteridad lo ha caracterizado con justicia, pues con él comienza esa limpia corriente humana que forma el substrato de la argentinidad: la corriente de Mayo, republicana, liberal y democrática, de la que brota lo mejor de la vida argentina, lo que da al hombre argentino - cuando realmente lo es- su fisonomía y su carácter.
Rivadavia, -a quien la enemistad o la incomprensión tacharon de ideólogo y utopista, es, sin embargo, el admirable realizador práctico de las ideas de Moreno, las cuales toman en sus manos "formas gubernamentales" al decir de uno de sus biógrafos más autorizados; es el verdadero constructor de nuestras instituciones libres, el propulsor de la cultura, el organizador de las formas jurídicas que hacen digna la vida de los ciudadanos, el administrador vigilante y renovador de las fuerzas económicas del país. La posteridad se lo ha reconocido y ha limpiado su tumba de las malezas que hizo crecer la pasión del sectarismo y el odio de los caudillos autoritarios. Sarmiento dirá en el "Facundo": "todas sus creaciones subsisten, salvo las que la barbarie de Rosas hallo incómodas para sus atentados". Y el reposado Mitre le llamará "el más grande hombre civil de los argentinos".
Sarmiento, más tarde, cual si los juntara a ambos en el ancho cauce de su alma, es como Moreno, y a diferencia de Rivadavia, el luchador enérgico que no rehuye los ásperos combates sobra el terreno, dispuesto siempre a triunfar sobre las fuerzas regresivas o llegado el caso a no desfallecer después de una derrota o infortunio; como Rivadavia, en cambio y mejor que Moreno -- demasiado fugaz este último y apremiado por las circunstancias materiales-- es el agitador de ideas y de iniciativas de progreso dentro del bárbaro mundo que lo circunda, el sembrador de instituciones que sólo después de su muerte han de dar los frutos anhelados.
EL HOMBRE REPRESENTATIVO
Por esto, yo diría que el sanjuanino es, de los tres, el más "representativo" en la historia de los argentinos. Adviértase que no digo que sea el más "grande", pues este adjetivo, sólo cabal en el reino de los objetos materiales, se vuelve convencional y arbitrario aplicado a los objetos espirituales o morales. Las palabras de Mitre sobre Rivadavia contienen, en muchos respectos, un juicio irreprochable y justísimo, pero no creo que éste sea pertinente en su generalidad, pues las personalidades humanas no pueden medirse por centímetros o milímetros: no hay unidad de medida que pueda establecer comparaciones cuantitativas entre ellas. Es posible, sin duda, emplear aquel adjetivo con una tolerable inexactitud cuando se trata de apreciar un rasgo o una cualidad aislada de los hombres, así se dice con frecuencia, razonablemente, que un escritor es más grande que otro u otros; que un político, un educador o un artista posee mayor dimensión que los demás. No es lo mismo, sin embargo, aplicar este juicio a la entera personalidad de un hombre en relación con la de otros, pues la personalidad es en todos los individuos un complejo variadísimo de elementos, no sólo individuales sino también y en gran medida sociales, una unidad inescindible en que entran en diversa pro- porción virtudes y defectos.
Pero la idea de "representatividad" no es susceptible de esos reparos: ella no contiene alusiones cuantitativas, sino cualitativas. Es un juicio de valor que no atiende solamente a la consideración aislada del individuo, sino también a su atraigo y a su influencia dentro del medio social a que pertenece. Decir que un hombre es más "representativo" que otro es afirmar, no necesariamente que posea mayor volumen, pero sí que es más original y auténtico, un ejemplar en que se encarnan del modo más cabal las cualidades esenciales y también las imperfecciones de su mundo y de su tierra. Don Quijote, por ejemplo, es la figura más representativa de lo español porque en él se resume, prodigiosamente, la vida secular de su pueblo así como las promesas y los peligros del futuro.
Al hombre "representativo" se le conoce sobre todo porque, mucho después de haber muerto corporalmente, continúa viviendo y cada día con vida incesantemente renovada. Es el hombre intemporal, el que no es desgastado por el tiempo, que destruye las cosas inertes sino, al contrario, enriquecido y ensanchado. Este es el efecto natural de la vida en los seres y en las cosas que ella secretamente impulsa y anima.
VIVENCIA DE SARMIENTO
Ahora bien, Sarmiento es indudablemente, de nuestros próceres, el que está más vivo entre nosotros y el que más se agiganta en el correr de las generaciones: "Díríase que su personalidad es como la corteza del árbol, que se adapta a todas las eda- des y crece y se vigoriza en el tiempo", como expresó bellamente Joaquín Y. González: "Sarmiento es el perpetuo contemporáneo en nuestra evolución nacional".
No se trata solo de un juicio de intelectuales, una apreciación que surja de círculos eruditos y estrechos. Es una evidencia también en las capas populares, dentro de los sectores más diversos de la vida nacional: el anciano, el adulto y el niño, el hombre de letras y el ciudadano ignorante, el industrial y el obrero más modesto, tienen del sanjuanino una "vivencia", que no poseen en igual grado ni de Moreno ni de Rivadavia ni de los otros próceres, tan dignos como él de la gratitud y del amor de sus conciudadanos.
Esto se muestra, aún más objetivamente, en épocas de crisis: cada vez que en la República la intolerancia y el despotismo levantan o se esfuerzan por levantar su "horrible cabeza" son las estatuas y los bustos de Sarmiento los que reciben e homenaje de la gloriosa injuria, no los de Moreno, Rivadavia, Urquiza, Mitre y demás héroes que se hallan en su misma línea. Sarmiento es el perpetuo contemporáneo también para las fuerzas de fanatismo y la barbarie, que periódicamente dan sus brotes en el fértil suelo de nuestra América desdichada. Y si ahora como ayer y también como mañana, los enemigos del prócer gritan "¡Muera Sarmiento!" es porque saben que está vivo, según señaló agudamente Ricardo Rojas. Nadie hace morir desde luego, a lo que ya está muerto.
Cuando vivió físicamente, fue combatido con el mismo ardor que él ponía en todas sus batalla, fue negado y a veces hasta escarnecido por mucho de sus contemporáneos, más de uno eminente por su patriotismo o sus virtudes. Pero a medida que transcurren los años, crece un sentimiento de adhesión y de gratitud hacia él aún en círculos que le fueron hostiles por causas accidentales o permanentes. El tiempo ha ido apagando la visión de sus indudables asperezas y dando mayor realce a su figura majestuosa, como ocurre con las montañas que, miradas de cerca, muestran sinuosas hendiduras e hirsutos matorrales, pero que a lo lejos se llenan de serenidad y de grandeza.
Porque Sarmiento es realmente como una montaña. Este es el símil que más inmediatamente surge al evocarlo, según lo he dicho otra vez y se revela en casi todos sus biógrafos: la naturaleza "dióle la unidad de la montaña que consiste en irse hacia arriba, de punta", como dijo magníficamente Lugones: "hizo de su estructura una aglomeración pintorescamente compuesta de piedra, abismo, bosque y agua". Era, como las montañas, una unidad de virtudes supremas y de conmovedoras debilidades. Sus enemigos de entonces - y también los de ahora, a veces muy eruditos y, en apariencia, imparciales- se han acercado a él para anotar con deleite sus grietas y sus asperezas, para exhibir las fallas de su humanidad doliente. ¿Pero quién que no sea un insensato o un miope se acerca excesiva- mente a una montaña para contemplarla? A Sarmiento hay que apreciarlo en bloque y a la distancia, como a las montañas; quien prefiera mirarlos con lupa sólo conseguirá probar su incorregible necedad.
FACETAS DE SU PERSONALIDAD
Más de una vez me he preguntado por qué Sarmiento es la figura más representativa y perenne de la argentinidad, y he terminado siempre por responderme que ello no depende únicamente de elementos racionales, sino, también y en buena medida, de cosas misteriosas, tan misteriosas como la vida misma y los destinos humanos.
Si uno quisiera detenerse en el análisis de los factores racionales, encontraría, desde luego, bastantes fundamentos para responder a aquella pregunta. Podría decir, por ejemplo: la representatividad de Sarmiento consiste en que no es propia- mente un hombre, sino una constelación de hombres, como se ha señalado muchas veces. Cada una de las facetas de su personalidad poliédrica, considerada en sí misma y con prescindencia de las demás, bastaría para salvar un nombre del olvido de sus conciudadanos, sería suficiente para que él quedara incorporado a los valores más altos de la nación: si solamente hubiera escrito el "Facundo" y "Recuerdos de Provincia"- para no recordar sino dos de sus libros capitales -, la profundidad de su pensamiento y el vigor y riqueza de su prosa habrían inmortalizado su nombre en la literatura americana y aún española; si únicamente hubiera sido el educador que fue y hubiera gastado su vida en levantar escuelas y renovar métodos rutinarios, su acción sería imperecedera en el corazón de los maestros y de los niños americanos; de ser sólo gobernante, en la presidencia de la República, en los Ministerios, en la gobernación de San Juan y en los cuerpos legislativos, su actividad febril, progresista y enérgica, lo habrían singularizado como un estadista y civilizador; si todo hubiera consistido en su prédica de apóstol de la libertad, en su lucha sacrificada y sin treguas contra la tiranía y el caudillismo barbarizante, su figura tendría la noble grandeza de los héroes que entregaron su reposo y su aliento para la elevación moral y material de sus conciudadanos.
PERENNIDAD
Todo esto fue y lo hizo juntamente y mucho más. Pero no creo que ello baste por sí solo para explicar lo que he llamado su "representatividad". El héroe que alcanza este valor simbólico en la vida de un pueblo, además de admirado ha de ser amado, tiene que asentarse más en el corazón que en el cerebro de los otros hombres. Y esto única- mente puede brotar de los elementos de la vida personal del héroe, de su humanidad caliente v desnuda, de su sola calidad de hombre, más allá y más al hondo de los papeles que desempeño, de sus proezas exteriores y concretas. El grande hombre es, ante todo, un ejemplar humano en la integridad de sus valores esenciales, no un muñeco que se ha vestido con trajes suntuosos y brillantes, no un mediocre o un malvado al que los caprichos de la suerte han dado un relieve circunstancial, así sea extraordinario.
La perennidad de Sarmiento en el alma argentina, como la de Lincoln en la del pueblo norteamericano, con quien el sanjuanino tiene notables semejanzas, presupone factores emocionales, circunstancias que promuevan en los demás los mejores sentimientos, que despierten no sólo la admiración sino también el cariño. El verdadero héroe no es un ser feliz y satisfecho, sino sufriente y abnegado, que ha de forzar un camino de triunfos y de derrotas.
LINCOLN Y SARMIENTO
En la biografía que del "leñador de Kentucky" escribió Sarmiento, se encuentran estas palabras que sirven para explicar la grandeza de ambos: "Oscuros de nacimiento; con escasas posibilidades para adquirir educación en la escuela; probados por todo linaje de dificultades; y sin embargo, independientes, confiando en su propio esfuerzo, hasta que por sus propios puños, diremos así, se han abierto paso a aquellas posiciones para las cuales el talento y las peculiaridades individuales los traían preparados".
A semejanza de Lincoln, Sarmiento parece una anomalía o extravagancia de la naturaleza, que de pronto, como deja brotar una fuente cristalina de un arena¡ o un árbol verde de la llaga de la montaña rocosa, hace surgir de un medio social primitivo un hombre extraordinario, dotado de los más altos valores espirituales. Y son, por eso, dos frutos autóctonos de su tierra, dos ejemplares sin mezclas exteriores, sin influencias llegadas desde fuera; y por eso, pueden ser y son, en efecto, los representantes de todo un pueblo, a lo largo de su historia
El hombre Sarmiento es, inicialmente, un niño desvalido que nace en una aldehuela al pie de los Andes, cerrada a la civilización por desiertos y prejuicios que la tienen inmóvil en el tiempo, sin comunicaciones, sin luces ni comercio; es después un muchachito que crece de la mano de Dios en un hogar casi miserable, con una madre que pare- ce sacada de la Biblia, con un padre pobre y fantaseador, poco inclinado al trabajo y a sus ganancias materiales, como la mayoría de los hidalgos de su raza y como el propio don Alonso Quijana, inmortalizado por Cervantes; más tarde, es el mozo que emprende con muy escasos auxilios, una empeñosa e ininterrumpida tarea para su propia educación -- de cuyos frutos hace partícipe a los niños y hombres menesterosos que le están cerca-- y que, en el transcurso de los años, al madurar, lo lleva hasta la cumbre del pensamiento y de la acción civilizadora de su país y de América; es, siempre, el patriota fervoroso que lucha hasta el sacrificio contra la ignorancia, los fanatismos y las tiranías, que se exilia voluntariamente para no ceder en sus ideales y para no manchar su alma con concupiscencias y debilidades, de esas que a hombres mejor nacidos y criados seducen a menudo durante los regímenes de oprobio. Nace pobre, vive pobre, muere pobre, porque ha aprendido desde muy joven que la fortuna es "bagaje pesado para la incesante pugna", incomoda carga para su lucha ardiente y generosa.
EVOCACION
Por todo esto y por aquello otro, está vivo Sarmiento y su vida perdura y se renueva sin cesar: uno creería, a veces, después de una lectura emocionada de sus hechos o de algunos de sus libros, encontrarlo a la vuelta de una esquina, con su cabeza fuerte y gacha, los brazos poderosos echados hacia atrás y los puños aferrados al bastón; o que podría aparecer, de pronto, al frente de una manifestación ruidosa, seguido por jóvenes y viejos, para reclamar rectitud y honor en los asuntos de la Patria y en la conducta de los gobernantes; se creería reconocer su estilo polémico en uno que otro editorial de un diario o periódico; o que va a volver a ocupar su banca del Senado, para esclarecer un problema y señalar con índice seguro el rumbo a seguir en las dificultades; o a presidir alguna concentración de niños escolares con sus guardapolvos blancos, y hablarles con una voz que, para ellos, dejará de ser trueno para convertirse en la simple y tierna palabra de un padre o de un abuelo... Todo esto parece ahora una ilusión, pero quizás no lo sea. En todo caso, la dejo aquí, fervorosamente, vibrando en el espacio.
ALFREDO ORGAZ