Civilización y barbarie: una dialéctica inmóvil
por el Profesor Don CARLOS R.GIORDANO
En 1845, el argentino Domingo Faustino Sarmiento, desterrado en Chile, escribió y publicó Facundo uno de los textos más ambiguos y singulares que hayan sido jamás escritos en Latinoamérica.
Trataré de formular aquí una comparación entre este libro de mediados del siglo pasado y una aparecida en 1953: Los pasos perdidos, del cubano Alejo Carpentier.
Esta elección, que a primera vista podría parecer arbitraria, puede, por el contrario, resultar significativa en el intento de una interpretación posible del proceso de la literatura hispanoamericana contemporánea.
En segundo lugar, esa elección permitiría subrayar el carácter, a menudo artificial y equívoco, de la difusión de esta literatura en otros espacios culturales. Con ello no me refiero solamente al fenómeno del boom de estos últimos años entre los lectores europeos, sino, y sobre todo, a la crítica literaria e histórica que lo ha acompañado.
El "descubrimiento" italiano de la literatura norteamericana del siglo XX, por ejemplo, despertó casi inmediatamente un enorme interés por el siglo precedente.
No me parece que algo semejante haya sucedido en el caso de la literatura hispanoamericana; al menos, no todavía o no en la medida en que sería deseable. Es obvio que se deben reconocer numerosas y brillantes excepciones.
Civilización y barbarie / Vida de Juan Facundo Quiroga y aspecto físico, costumbres y hábitos de la República Argentina, se lee en el frontispicio de la primera edición del libro de Sarmiento; Facundo / o civilización y barbarie en las pampas argentinas es el título de la cuarta edición de 18741.
Los frontispicios de la traducción francesa de 1853 y de la inglesa de 1868, aún cuando modifican sensiblemente el titulo de la obra, mantienen de todos modos las palabras civilización y barbarie2. Obra de título cambiante, incluso en vida del propio autor (Sarmiento muere en 1888), la historia literaria terminará por llamarla simplemente Facundo, privilegiando así su contenido menos importante, es decir la biografía de un oscuro caudillo provincial en las épocas de las guerras civiles.
Nos encontramos, pues, ante un primer problema cuya solución, en un sentido o en otro, condicionará necesariamente la diferencia de su posible uso crítico. Se trata del problema de su clasificación en un determinado género textual o, cuanto menos, en un preciso connubio de géneros diversos.
La primera respuesta que se nos impone es que esta obra no es literaria, y aquí podemos dejar aparte la discusión acerca de si la biografía pertenece o no a la literatura, visto que en este caso la vida de Juan Facundo Quiroga no es sino una excusa para el análisis de una determinada situación social e histórica.
En consecuencia, nos encontraríamos frente a un texto de historia, o más exactamente de antropología social, desde el momento que el discurso es, por una parte, causal, mientras por la otra intenta la formulación de una tipología.
Razones históricas y físico-geográficas explicarían las guerras civiles y el general atraso en que se debatía aún la joven república a casi 40 años de su independencia.
Ahora bien, todo este análisis se fundamenta en una única y radical oposición dialéctica: la oposición entre los conceptos de civilización y barbarie.
En un primer momento, el uso de los conceptos de civilización y barbarie aparece como intencionalmente denotativo. Sarmiento considera bárbara a la España intolerante y reaccionaria cuya herencia, en este sentido, pesa todavía sobre los nuevos países que antes habían constituido sus colonias. En segundo lugar, la barbarie se torna más grave en América a causa de las particulares condiciones geográficas y de la escasa densidad demográfica del continente.
Por el contrario, el mundo liberal-capitalista representa, con su progreso técnico y material y con sus instituciones democráticas y parlamentarias, la civilización.
La barbarie es el caos improductivo mientras la civilización representa el orden productivo; y sólo este último es capaz de garantizar a los individuos la libertad y el bienestar que exige el pleno desarrollo de la condición humana.
La oposición campo-ciudad, que predomina en la estructuración del análisis de Sarmiento, no seria otra cosa, a mi juicio, que la consecuencia de la oposición básica civilización-barbarie.
Los conceptos de ciudad y de campo constituirían únicamente una suerte de reducción operativa; al igual que toda una serie de oposiciones secundarias que el texto propone y que no serían sino simples variantes.
Llegados a este punto, parecería legítimo interrogarse sobre la "verdad" de la interpretación histórica y sociológica que comporta el Facundo; digo verdad, en el sentido de aquella famosa conformitas intellectus cognoscentis cum recognita.
Sin embargo, creo que incurriríamos en un grave error, puesto que no haríamos sino abrir un espacio polémico alejado del tema que ahora nos interesa.
En todo caso, seria más oportuno recordar que el Facundo fue concebido como un pamphlet político, limitado a objetivos inmediatos y prácticos:
primero, atacar a Rosas, el tirano que gobernaba Argentina;
segundo, ofrecer una especie de programa ideológico unificador a los antirosistas en el exilio (los cuales, como sucede con harta frecuencia en estos casos, estaban divididos en grupos inconciliables);
tercero, dar fuerza a la posición del mismo Sarmiento en Chile que se veía amenazada por el arribo inminente de una misión diplomática del gobierno argentino.
La obvia circunstancia de ser un pamphlet apasionado, junto a la no menos obvia de constituir al mismo tiempo un ensayo de rigurosa interpretación sociológica, coloca al Facundo, con los riesgos del caso, más allá -o más acá- de las exigencias de la verdad objetiva. Y crea de esa forma lo que podríamos llamar su primera ambigüedad eficiente.
Desde otra perspectiva, el constante cambio de un nivel sociológico a uno psicológico y viceversa -procedimiento de homologación a través del cual Sarmiento elabora su propuesta tipológica-, conduce a una notable ampliación de los valores connotativos del discurso.
La relación entre el concepto de barbarie y su tipo humano, el gaucho, se torna metafórica: si, por una parte, una rígida causalidad histórico-social explica su psicología (eximiéndolo, por así decir, de cualquier responsabilidad), por otra, se celebran sus virtudes con un tono que le reconoce una alta voluntad moral. Todo esto, en el marco de una prédica programática, cuya condición previa y necesaria es la inexorable extirpación de la barbarie, para permitir el acceso del país al deseable ámbito de la civilización occidental.
Es preciso, por fin, subrayar que esta interpretación de la realidad argentina del siglo XIX tiene la pretensión de abarcar la totalidad de la situación hispanoamericana, prescindiendo de cualquier diferencia histórica o cultural entre las diversas regiones del continente. Consecuentemente, el programa político propuesto hubiera debido asumir una idéntica validez espacial.
Con estas esquemáticas consideraciones he tratado de poner en evidencia la circunstancia que, en el texto de Sarmiento, un complejo sistema de intereses inmediatos, de pasión política, de diatriba moralizadora y de simplificaciones didácticas, interfiere constantemente con el discurso analítico, condicionando la aparente objetividad de las conclusiones. Ello provoca un evidente deslizamiento (shift) del sentido de la totalidad de la obra: su sentido literal se transforma en signo mediado por un inevitable sentido figurado3.
Si aceptamos esta hipótesis, deberemos aceptar igualmente su consecuencia más importante, esto es que la oposición dialéctica entre los conceptos de civilización y barbarie es, también, de carácter metafórico. Circunstancia que explicaría, por lo demás, la sorprendente vitalidad del Facundo en el proceso de la literatura hispanoamericana. Fenómeno, por otra parte, de fácil constatación en la narrativa, con ejemplos que van desde Eugenio Cambaceres a José Eustasio Rivera y Rómulo Gallegos, de Roberto Payró a la novela indigenista de la zona andina.
Tal como había anticipado, deberé limitarme a un único ejemplo. En Los pasos perdidos, Carpentier reproduce -cien años después- la exacta oposición dialéctica de Sarmiento4.
Nos encontramos ahora ante una novela, pero se trata de una novela organizada alrededor de una sólida, si bien a veces demasiado visible, estructura teórica.
En esta obra es el mundo occidental, con su total alienación y su esencial falta de autenticidad, lo que constituye la barbarie improductiva, mientras el viaje por una América meridional, recóndita e incontaminada, representa el contacto con una forma de civilización auténticamente humana, que se considera incluso como redentora.
El hecho que la civilización de Sarmiento sea para Carpentier refinada barbarie, y la barbarie un ambicionado retorno a la cultura genuina, no modifica en absoluto la reiteración de la idéntica oposición dialéctica entre ambos conceptos.
Por otra parte, visto que Los pasos perdidos es una obra literaria, la cualidad metafórica de ese viaje (que en su realización no tiene otro objetivo que el de revelar el carácter definitivamente opuesto de los dos mundos comparados) resulta perfectamente legítima.
Podríamos intentar una primera y modesta conclusión: las nociones de civilización y barbarie -tanto en el caso de Sarmiento como en el de Carpentier- constituyen, prevalentemente, metáforas axiológicas.
Pues bien, la teoría de la dialéctica histórica busca explicar el movimiento de la historia; de ese modo, la oposición entre una tesis y una antítesis es dialéctica en la medida en que es posible concebir su resolución en una síntesis que, a su vez, se convertirá en la tesis de una sucesiva oposición. La relación entre estos dos textos tan distantes entre sí nos descubriría, en cambio, una suerte de concepción metafísica de la historia, en la cual dos principios inmóviles se oponen y continuarán oponiéndose hasta el final de los tiempos.
Sarmiento propugna la decidida eliminación de uno de los contrarios -la barbarie-, lo cual implica no sólo una imposibilidad teleológica, sino también y sobre todo la tácita aceptación de la insolubilidad lógica del problema.
Carpentier afrontará la cuestión en el plano de la expresión de lo real.
En el momento en que el protagonista de su novela logrará adentrarse en la cultura de aquella América edénica a través de las vicisitudes de un viaje (entre las cuales la más importante será una nueva relación amorosa), sentirá de inmediato el deseo irresistible de comunicar su experiencia. Esse est nominari. Considerando que se trata de un músico, imaginará una vasta composición destinada a expresar su descubrimiento, el estado de gracia alcanzado. Pero hete aquí que las técnicas y los medios expresivos a los que deberá encomendarse no son otra cosa que los elaborados productos de aquella barbarie renegada; así como aquella barbarie es el único destinatario posible del mensaje.
De esa forma, la comunicación no sólo se transforma en una especie de traición hacia esa particular cultura sino, lo que es más importante, terminará por implicar su pérdida ineluctable. Y, de hecho, el protagonista al regresar a la ciudad en busca del papel donde transcribir su partitura perderá la mujer amada y, al mismo tiempo, todo aquel mundo nuevo que ella representaba. Ni siquiera existe la seguridad de que le sea concedido reencontrar, una segunda vez, el recóndito sendero que conducía a aquellos parajes.
Nos encontramos nuevamente de frente a una situación insoluble. Y aun cuando Carpentier no imagine la eliminación de ninguno de los contrarios, es obvio que el más precioso de ellos puede ser preservado solamente en un silencio y en un secreto imposibles. Algo similar nos propone el apólogo de Borges, titulado "El etnógrafo"5: un investigador alcanza la comprensión del secreto de una cultura indígena, al cabo de una larga permanencia en las praderas; una vez alcanzado, renuncia a cualquier publicación y se limita a vivir esa auténtica forma de conocimiento.
Confío en que cuanto he dicho antes pueda haber servido para justificar la hipótesis de la cual hemos partido: una dialéctica inmóvil.
Pero sólo en el plano teórico porque, aun cuando tanto el Facundo como Los pasos perdidos deban su cualidad a la tensión trágica creada por una síntesis imposible de los conceptos contrapuestos, es también evidente que ambas obras representan, en cuanto praxis, justamente esa síntesis entre civilización y barbarie.-
(1) Facundo apareció primero como folletín, en mayo y junio de 1845, en el diario El progreso de Santiago de Chile. Cf: Alberto Palcos, El Facundo, Edit. Elevación, Bs. As., 1945; p. 89. La primera edición en volumen es del mes de julio de 1845, Imprenta del Progreso, Santiago de Chile. La segunda edición es de 1851, también en Santiago de Chile, Imprenta Belín. Esta segunda edición conserva el mismo titulo de la primera, pero suprime la "Introducción" y los dos últimos capítulos. La tercera edición es de 1868, Appleton, New York. Reproduce el texto mutilado de la segunda, pero cambia el título de la obra: Facundo o civilización y barbarie en las pampas argentinas. La cuarta edición aparece en 1874, en París, Librería Hachette. Conserva el título de la tercera edición, pero restablece la "Introducción" y los dos últimos capítulos que en la segunda se habían suprimido. El tomo VII de las Obras de Sarmiento, donde se incluye Facundo, aparecerá en 1889, un año después de la muerte de su autor.
(2) La primera traducción francesa, Arthus Bertrand Editeur, París, lleva como título: Civilisation et barbarie. Moeurs, coutumes, caractéres des peuples argentins. Facundo Quiroga et Aldao. La primera traducción inglesa, Hurd and Houghton, New York, lleva como título: Life in the Argentine Republic in the Days of the Tyrants; or Civilization and Barbarism.
(3) Cír.: Paul Ricoeur, La métaphore vive, París, 1975. En particular, el sexto ensayo donde se analizan las teorías de Paul Henle sobre el carácter icónico de la metáfora.
(4) Los pasos perdidos, novela del cubano Alejo Carpentier (1904-1980), fue publicada en México, en 1953.
(5) Jorge Luis Borges, Elogio de la sombra, Buenos Aires, 1969, PP. 59-61.