ORACION A SARMIENTO

 

Vengan hasta nosotros, en esta hora de los homenajes, las voces más auténticas de la patria para ayudarnos a decir la gloria de Sarmiento. Acudan los murmullos de los ríos indios, cuyas corrientes lo trajeron un día muerto al seno de la República. Encuéntrese con el silbo de los vendavales tajantes, afilados en las pétreas moles de la Cordillera que lo vió nacer. Comparezcan las humanas ovaciones pretéritas, esas de las multitudes que lo aplaudieron y también, por qué no, las burlas con que lo denostaron. Oiganse de nuevo aquellas risas de los senadores ante la esperanza manifestada por el genial sanjuanino de ver construidos en el país ferrocarriles por valor de ochocientos millones de pesos.

Y junto a toda esa bronca melopea, estén la dulce voz de Doña Paula; los sones de la campanita de San Francisco del Monte de Oro, llenos de remembranzas; las endechas de una tejedora del Paraguay, donde el titán esperó la última aurora y el canto de algún arriero criollo hermano de Calíbar. Todas las voces estén en esta hora: las de la tierra y las de los hombres. Porque Sarmiento es la auténtica expresión de lo argentino y de lo americano; porque simboliza, en sus gestos y en las acciones cumplidas, la imagen humana de la naturaleza y, si se mira bien, representa lo de roca, lo del pedernal engendrador de fuego, lo de bosque fecundo, umbrío y oxigenador a un tiempo, lo de río, lo de viento, lo de lluvia que hay en estos gigantes aparecidos de siglo en siglo para bien del mundo.

Viejo león rugidor siempre rampante, siempre alerta, que hermosea su cara fea, que suaviza su gesto de varón voluntarioso cuando se acercan a él los chiquilines de las escuelas.

Visionario en medio de las tinieblas, anticipado luminoso, pasado, presente y futuro de la argentinidad, sombra que gana batallas a lo Cid Campeador, más victorioso cuanto más negado, preparando siempre argamasas cual olímpico constructor, evangélico en la borrasca y borrascoso en los piélagos apacibles, Sarmiento nuestro, muy nuestro, tan nuestro como las escuelas comunes, como las páginas maestras que salieron de su pluma, como la bandera que cantó en oración magnífica, como la pampa y la montaña que fueron escenario de su acción, como esas voces que vinieron hasta nosotros y hoy prolongan los himnos infinitos.

Sarmiento: tú que no duermes; tú que siempre estás a nuestro lado; tú que, como Gabriel, custodias a tus hijos argentinos, dános tu fuerza de Hércules y tu espada de luz. Ayúdanos, Sarmiento, cuando el corazón decae; ayúdanos en las horas felices y en las horas amargas. Ayúdanos, padre; identifícate cada vez más con lo nuestro de tal manera que mientras ande un argentino sobre la tierra esté Sarmiento y mientras Sarmiento presida, la Argentina sea refugio de paz, de justicia y de libertad.

 

Elio C. Leyes