DOMINGO FAUSTINO SARMIENTO.
UNA GLORIA REFULGENTE.

Por Lic. Luis José Vincent de Urquiza

            Aunque el momento en que esto escribo, está a pocos días del 123º aniversario del fallecimiento de Domingo Faustino Sarmiento (11-9-1888) no lo haré envuelto en las sombras fúnebres de su paso al Oriente Eterno; sino en la claridad que emana del resplandor de su gloria: ese halo de energía que da lugar al entusiasmo venerador de tanta grandeza.Porque creo con la fuerza que da la convicción, que nunca más que ahora, es oportuno evocar la figura de este coloso americano que fue Presidente de la Nación y Gran Maestre de la Gran Logia de la Argentina de Libres y Aceptados Masones El culto de los héroes como paradigma de una época, en una civilización o en un país –según el pensamiento de Carlyle- es una necesidad en la vida de los pueblos y una constante en el devenir de la historia.Cuando un varón ilustre como Sarmiento, culmina en las alturas de su heroicidad, su nombre escapa a las acechanzas de todas las discusiones y los hombres que le sucedemos, sentimos el deber irrenunciable de ofrecerles nuestra admiración. Hoy cuando el mundo pareciera sucumbir ante una languidez espiritual y ética que abruma; cuando muchos de sus líderes -no solamente los políticos- se conforman con slogans y frases huecas, y sin perder de vista el pasado, trabajar en el presente y proyectarse hacia el futuro; y cuando pareciera que ya nada podemos hacer para salvarlo; me place dedicar estas palabras, en especial a los más jóvenes: raudos navegadores de Internet en este siglo XXI y en el comienzo de un tercer milenio preñado de incertidumbres. Si la inteligencia, la pureza de miras; la honradez y el querer hacer el bien y realizarlo, pueden en estos tiempos en que vivimos, recibir la influencia de algún estímulo, ninguno más fuerte que el de nuestro Gran Sanjuanino: Domingo Faustino Sarmiento.
        Nuestro hombre, al decir de Leopoldo Lugones- fue esa aleación humana compuesta fantásticamente de piedra, abismo, bosque y agua –y fue también como la síntesis de la Patria: anárquico, pujante y contradictorio como ella. De aquí, entonces, el recio individualismo y la poderosa personalidad del autor de Facundo, quien renegó airadamente de las costumbres de su tiempo, del goce y del bienestar material, instaurados como expresiones de una conquista insuperable. Sarmiento fue una criatura excepcional, porque estuvo colmado con los dones de la inteligencia, y también, por su profética "intuición inspirada" como la definió José Enrique Rodó -pero que no es más que una fina capacidad receptiva del entendimiento- que le permitió ver con ojo desnudo y juzgar con juicio esclarecido el problema social argentino y emprender heroicamente su resolución práctica, sea con la espada o con la pluma, en el periódico o en la escuela, medios todos a través de los que luchó siempre por el triunfo de la excelencia sobre la mediocridad, y por la ululante victoria de la civilización sobre la barbarie. La civilización es una conquista de la libertad y es su medio vital; de la misma manera que la barbarie origina el despotismo y éste genera mayor barbarie. El hombre que vive en estado primitivo o de barbarie no es libre: está sujeto a la necesidad del orden natural y a la influencia y dominio del más fuerte en el plano socio-político. Carece de autonomía mental, y por lo tanto, de auto determinación. El gaucho, que carecía de autocrítica racional, y era proclive al exitismo y a la fanatización, era un elemento fácilmente utilizable por los demagogos. Esa era la situación de hombres de nuestra campaña pastora, que el caudillismo y las luchas civiles, habían ubicado en el primer plano de la historia argentina contribuyendo a retrasar o entorpecer su progreso.
        En un estado de civilización desarrollado, el hombre se libera de esa necesidad e impone el orden de su voluntad y de su conciencia. Conquista el orden libre del espíritu. Sarmiento pensaba, que si las fuerzas de las campañas pastoras son bárbaras porque están sometidas a la necesidad del orden natural y a la sujeción de los caudillos que las usan, la empresa civilizadora consistía en liberarlas de esa necesidad telúrica, étnica y mecánica; mediante la educación y el cambio de hábitos que las condujeran al autodominio y a la integración activa y consciente en el orden social culto. Por lo tanto, para Sarmiento, rescatar al hombre y al país de la barbarie, significaba rescatarlos del despotismo y de la ignorancia. Para terminar con esta situación, bastaba el imperio de la autoridad nacional en toda la República, pero además, era necesario contar con el aporte de la civilización europea, que Sarmiento sintetizó tan bien en este trozo que transcribirá de su "Facundo": (...) "En el año 1820 empieza a organizarse la sociedad, según las nuevas ideas de que está impregnada, y el movimiento continúa hasta que Rivadavia y Las Heras han estado echando los cimientos de los gobiernos libres. Ley del olvido, seguridad individual, respeto a la propiedad, responsabilidad de la autoridad, equilibrio de los poderes, educación pública, todo, en fin, se cimenta y constituye pacíficamente. Educado así, Buenos Aires se entregó a la obra de constituirse a sí mismo y a la América, con decisión, sin términos medios, sin contemporizar con los obstáculos. Rivadavia era la encarnación viva de ese espíritu poético, grandioso, que dominaba a la sociedad entera. Rivadavia continuaba la obra de Las Heras en el ancho molde en que debía vaciarse un gran estado americano, una república. Traía sabios europeos para la prensa y a las cátedras, colonias para los desiertos, naves para los ríos, intereses y libertad para todas las creencias, crédito y banco nacional para impulsar industrias: todas las grandes teorías sociales de la época, para modelar su gobierno. La Europa, en fin, trasvasada de un golpe a América, y a realizar en diez años, la obra que antes necesitó el transcurso de siglos. ¿Era quimérico este proyecto? Protesto que no. todas sus creaciones administrativas subsisten, salvo las que la barbarie halló incómodas para sus atentados. La libertad de cultos que el alto clero de Buenos Aires apoyó, no ha sido restringida, la población europea se disemina por las estancias y toma las armas motu propio, para romper el único obstáculo que la priva de las bendiciones que le ofrecía aquel pueblo; los ríos están pidiendo a gritos que se rompan las cataratas oficiales que le estorban ser navegados, y el Banco Nacional es una institución tan hondamente arraigada, que ha salvado a la sociedad entera de la miseria a que había sido condenada." (...) Terminan aquí estos párrafos de Sarmiento. Su Facundo entonces, no es solamente la contribución biográfica de Quiroga o de Rosas, que fueron su tremenda obsesión, y no es tampoco una cronología histórica, sino como se ve, es el ensayo filosófico sobre las causas y el carácter de la evolución social y de las revoluciones argentinas.
        Esta búsqueda que preocupaba a Sarmiento se detuvo en algún momento, en nuestro país, y debemos reconocer –aunque nos duela en el alma- que se ha perdido hace bastante tiempo el culto por la excelencia, aspiración que debemos recuperar, porque, sin duda, es el único camino que nos queda si queremos tener una Argentina mejor. Tarea difícil por cierto, porque veo a la mediocridad como a un ejército que, a paso de invasión, avanza destruyéndolo todo. Mucho se ha escrito sobre Sarmiento, precisamente por haber tenido quizás una de las personalidades más complejas que haya producido nuestra Patria, y todos los que se han acercado por curiosidad investigadora al medio centenar de libros que forma la colección de sus obras, seguramente, han sentido como yo la tentación de aprovechar el inmenso caudal de conocimientos que contienen. Yo no podré escribir acá algo que el lector acaso ya no sepa. Tampoco podré evitar las reiteraciones de los episodios que integran la activa y dilatada existencia de Sarmiento, que por otra parte, los ha narrado él mismo con extraordinario vigor. Por ello, me he limitado a escoger entre las páginas de los escritos sarmientinos -algunos episodios que pude recrear para ofrecer a quienes han tenido la deferencia de ingresar en esta página del Web- para ofrecérselos a través de este vagaroso decir mía lleno de ideas incompletas y hasta deshilvanadas, pero que marcarán los prolegómenos indispensables de lo que después sobrevino y nos permitirá apreciar en ellos, las tentativas previas del prócer, cuando por diversos caminos buscaba la misma luz que buscamos nosotros en la realidad presente, y además, nos servirá para recordar, que hubo un tiempo no tan lejano todavía, que nuestro país era cuna de grandes hombres que por su accionar, son ejemplo para las generaciones presentes.
Sarmiento, más que un estadista, más que un educador, más que un escritor, fue un símbolo durante toda su vida. Comenzó a tomar forma a partir de aquel muchachito sin recursos que se forjó a sí mismo en un medio adverso. (...) "Yo he nacido en 1811, el noveno mes después del 25 de mayo" (...), ha escrito Sarmiento al sentirse hijo espiritual de la Revolución de Mayo. Fue una vida muy dura la del Sarmiento niño: (...) "No supe nunca, dijo, hacer bailar un trompo, rebotar la pelota, encumbrar la cometa, ni uno solo de los juegos infantiles a que no tomé afición en mi niñez" (...) Él se divertía a su manera, en la serena soledad de los libros, en un retraimiento de predestinado que anticipaba al hombre símbolo del futuro.
        En "Mi defensa", que escribió porque deseaba salvar su reputación, Sarmiento dice: (...) "Por este tiempo, cayó en mis manos, la vida de Cicerón por Middleton y esto me sugirió la idea de estudiar la historia romana de memoria; y la de Grecia, por los catecismos de Ackerman; cosa que realicé solo y en corto tiempo. Mis lecturas continuaban y como unos libros me hacían conocer la existencia de otros, yo buscaba en San Juan todos los que llegaba a conocer por sus nombres y necesitaba para mis lecturas." (...). Cuando Sarmiento entró como empleado en una tienda, no solo debe haber estado muy triste por estar allí, cuando él pensaba en la gloria y con la libertad. Al igual que otro grande: Franklin, cuando deseaba (...)"Robar al cielo los rayos y a los tiranos el cetro" (...) Ese fue un instante decisivo en la formación de su carácter. A los quince años, la realidad lo despierta y Sarmiento debe entrar plenamente en una nueva etapa de su vida, entregándose a la vorágine de la guerra civil, y hace algunos progresos militares como ayudante del general Alvarado, en Mendoza. A los dieciséis años, fue lo que fue siempre: un maestro de escuela; y al cumplir veinte años, lo habían ascendido a Mayor del ejército ocasión en la que tuvo que cubrir la retirada de sus coetáneos que se fueron a Chile.
Sarmiento, sintió en carne propia el dolor del proceso de la anarquía, el período de la crisis nacional, desde 1810 a 1830, y desde el comienzo de la tiranía del sanguinario Rosas fue arrojado al destierro...Es cierto, estaba ausente materialmente de la vida argentina, pero llevaba en su corazón el recuerdo de la Patria lejana. La anarquía se extendió durante los años de su infancia y adolescencia; y la dictadura de Rosas cubrió otros veinte años de su juventud. Y esa historia nuestra, fue la escuela social y moral de Domingo Faustino Sarmiento , que no cursó humanidades en universidad alguna, pero su obra literaria vivirá en América, mientras se hable en ella la lengua española. Participa en Jáchal, Niquivil, en el desastroso combate de Tafí y asiste a la derrota del Pilar. Emigra a Chile –cosa que hará en varias oportunidades- esta vez junto con su familia, tal como lo hicieran otros centenares de unitarios ante el triunfo de Facundo Quiroga en Chacón. La vida transcurre vertiginosamente y nuestro hombre tiene ahora veinticinco años... En un lustro ha padecido persecuciones políticas, la miseria, la expatriación... Ha sufrido la vida dura del exiliado, y está enfermo de tifoidea, complicada con un ataque cerebral de cuidado, razón por la que retorna a San Juan para curarse. No pierde el tiempo en su provincia y hacia el año 1838, funda la "Sociedad Literaria", filial de la "Sociedad de Mayo", creada por Echeverría en Buenos Aires. Lo acompañaban Aberastain, Dionisio Rodríguez y Quiroga Rosas. Se reúnen en la selecta biblioteca de este último. Durante dos años –vale destacarlo- Sarmiento aprovecha al máximo esta oportunidad que se le presenta, y cobra familiaridad espiritual con Víctor Hugo, Alejandro Dumas, Lamartine, Thiers, Guizot y Chateaubriand.(...) "Otros cien nombres hasta entonces ignorados por mí –confiesa- alimentaron por largo tiempo mi sed de conocimientos, y empecé a sentir que mi pensamiento, espejo reflector hasta entonces de las ideas ajenas, empezaba a moverse y a querer marchar" (...)
Por tercera vez Sarmiento se dirige a Chile y esta vez su estada será más larga y fructífera. Pasa por los baños del Zonda con el espíritu endurecido por los dolorosos sucesos que le tocaba vivir y escribe con carbón la conocida frase que él atribuye a Fortoul y que según Paul Groussac es de Volney: "On ne tue point les idees" y que él tradujera al castellano: Bárbaros, las ideas no se degüellan". Sarmiento, dejaba en estas palabras, el solemne juramento de dedicar su vida a combatir la tiranía. Para Sarmiento, el caudillismo anárquico, burdo e irresponsable, era una mancha para la civilización, y su representante más genuino, Juan Manuel de Rosas: el enemigo mayor de su patria, al que era preciso combatir sin cuartel. Aquella inscripción haría época resonando a través del tiempo. Y entonces, las ideas acuchilladas arraigaron y resurgieron en la conciencia pública y se levantaron gigantes, invencibles, regadas con la sangre de los mártires y vindicando a los caídos.
        Como se sabe, Sarmiento viaja a Europa encargado por el gobierno de Chile, para estudiar la educación pública. Este viaje, era la materialización de un gran anhelo, de una necesidad sentida desde su adolescencia. La cultura del Viejo Mundo, que aprendió a admirar a través de sus lecturas, significaba para su espíritu como un puerto de promisión. Desembarca en El Havre, pasa por Ruan y de allí a París, ciudad a la que Sarmiento consideraba como la cabeza del mundo, y de lo que la grandiosidad de París le sugiere, surge esta frase suya que resume todo su sentir: "! Ah, si tuviera cuarenta mil pesos, nada más, qué año me daba en París! ¡Qué página luminosa pondría en mis recuerdos para la vejez! Después de cinco meses continúa viaje a España, en un periplo que toca Madrid, Córdoba, Sevilla, Cádiz y Barcelona. Parte luego hacia Argelia, y después a Italia, visitando Florencia y Milán. Posteriormente visita Alemania, Suiza, Londres y Liverpool, en donde conoció d. Norberto de la Riestra, quien años después sería su consocio en el Club del Progreso de Buenos Aires. Finalmente se embarca hacia los Estados Unidos, país que deja una poderosa impronta en nuestro héroe y jalona en su vida un cambio fundamental. La visión del gran estado norteamericano, su fiebre de trabajo, el respeto por el derecho individual, la autoridad, la disciplina y el orden, habrían de ejercer una gran influencia en su vida; que desde ese momento empieza a dar la espalda a la cultura francesa que hasta entonces fuera su maestra y su modelo. En carta a Valentín Alsina le expresa: "Consuélenos empero, la idea de que estos demócratas son hoy en la Tierra, los que más en camino van de hallar la incógnita que dará solución política que buscan a oscuras los pueblos cristianos, tropezando con la monarquía como en Europa, o atajadas por el despotismo brutal como en nuestra pobre Patria. No es fácil mostrar cómo obra la libertad para producir los prodigios de prosperidad que los Estados Unidos ostentan" (...)
Sarmiento había partido de Chile, admirador de la cultura francesa, de los derechos del hombre por encima de todo, de la vida siempre convulsionada por su lucha en aras de reivindicaciones de toda índole y a su regreso se gestaba en él una profunda rectificación en cuanto a su ideología y al modo de juzgar la vida política de los pueblos. Sentimiento que no habría de cambiar jamás. En el tramo final de su viaje, partiendo de La Habana, visitó casi todas las naciones americanas de la costa del Pacífico, afianzando más y más su desilusión por la indolencia de sus pueblos, que abandonaban los dones ofrecidos por una geografía de privilegio. Pero también se afianzaba en él, el firme propósito de ponerle fin a este estancamiento que amenazaba a su país. Apresuraré los hechos, para ocuparme especialmente del perfil moral de Sarmiento, y de su actuación pública, a través del caudal inagotable de su pensamiento. Pero antes que nada, como una necesidad que surge de lo más profundo de mi ser, como un presupuesto indispensable para poder continuar, deseo dar un absoluto mentís a quienes hoy como ayer, han utilizado y lo siguen haciendo, en la cuestión Magallanes para denigrar al "Gran Sanjuanino" y tildándolo de "Traidor a la Patria". Para ubicarnos mejor en la cuestión planteada, es necesario tener en cuenta que en los mapas difundidos en Europa, figuraba la Patagonia como "tierra de nadie". Por el Derecho Romano, la "cosa de nadie" puede ser apropiada por simple aprehensión y tenencia. ¿Corría peligro el Estrecho de Magallanes, de querer ser apropiado por alguna nación europea, además de Chile? Esto es evidente. Por otra parte, era posible entonces la presencia europea en el Estrecho y por ende, la extensión de la misma a tierras adyacentes. Los hechos confirmaron esta hipótesis, pues el mismo año de la ocupación chilena, llegaba al Estrecho de Magallanes la corbeta de guerra francesa "Phaeton", con la intención de su capitán M. Massin, de ocupar este pasaje y lograr la comunicación con las islas Marquesas. El marino desistió de la empresa por haberse encontrado con la presencia chilena. No desistir hubiera provocado –sin dudas- una guerra, para lo cual no estaba autorizado. Vayamos al fondo del problema. Antes del primer artículo de Sarmiento sobre este asunto, publicado en El Progreso el 11 de septiembre de 1842, quien era en ese momento presidente de Chile, D. Manuel Bulnes, había encomendado a una comisión el estudio de la colonización del Estrecho de Magallanes, la que se concretó en mayo del año 1843 con la fundación de una colonia en el margen septentrional del Estrecho, más cercana al Océano Pacífico que al Atlántico. Sarmiento desde la prensa, había bregado (...)" Por hacer segura la navegación del estrecho y establecer allí poblaciones chilenas" Son sus palabras.
Solo seis años después, es decir, a principios de 1849, Juan Manuel de Rosas presentó una reclamación –por intermedio de su embajador- al gobierno chileno, por considerar que las tierras en las que se asentaba Punta Arenas, eran argentinas. Solo seis años después... Sarmiento que estaba radicado en Chile, desde sus crónicas en la prensa, le negaba a Rosas –su gran enemigo- el derecho a formular alguna reclamación. Sin duda, fue la actitud de Sarmiento muy arriesgada pero lo hacía a sabiendas del arma que le estaba entregando a sus enemigos. ¿Qué sucedió con Sarmiento? ¿Enloqueció, acaso, y cayó en extravío antiargentino?Veamos los motivos que lo hicieron participar en la controversia y su argumentación. (...) "Estoy acusado –escribía Sarmiento- por el gobernador de Buenos Aires, en documentos oficiales en la Gaceta Mercantil, su órgano oficial y en la Ilustración Argentina; que tiene a la vista los documentos del archivo de cuentas de Buenos Aires, de traidor a Chile y a mi Patria, a la vez; por aquella máxima política que constituye a don Juan Manuel de Rosas, en la República Argentina y aun en América; y a sus caprichos y pretensiones en intereses de la República Argentina y de la independencia americana, de la que se ha constituido en procurador de oficio" "Contrariamente pues, en algunas de sus miras, revelar la injusticia y desacierto, es declararse traidor a la Patria, a Chile y a la América. No era oficioso de mi parte, ocuparme con interés de los derechos de Chile al estrecho de Magallanes, era simplemente el deseo de salvarme de un cargo que podía pesar algún día sobre mí. Defender la colonia a cuya fundación yo había contribuido con mis escritos; ahorrar a los argentinos un nuevo enredo, del cual no saldrían ni en diez años, sino por una guerra ruinosa, y romperle en las manos al tirano el instrumento con que esclavizaba a mi patria, yo un argentino y no del gobierno de Chile, a fin de que el amor propio nacional no estuviese interesado; he aquí los móviles que me han llevado a ventilar esta cuestión de la propiedad territorial del Estrecho de Magallanes" .
Hasta aquí las palabras de Sarmiento que nos permiten darnos cuenta que ha sido ésta una cuestión personal, cuestión que se explica a través de la pasión que ponía para combatir a Rosas, quien, como dije y deseo reiterar, recién seis años después de producida la ocupación chilena le preocupó y curiosamente con ocasión del entredicho que tuviera con Sarmiento.
        El historiador debe señalar los acontecimientos tal cual se produjeron. Yo por mi parte deseo afirmar que, sean cuáles hubieran sido los motivos de Sarmiento, en este caso se equivocó. Esto no implica, sin embargo, que Sarmiento haya sido uno de los hombres más prominentes de nuestro país, y que yo le rinda en este momento el más vivo de mis homenajes.Pero la verdad en su punto: Rosas después de la cuestión Magallanes, se desinteresó para siempre, con lo que puso en evidencia una vez más, que su actitud en la hoy tan cacareada defensa de la soberanía argentina, era una excusa para agraviar a Sarmiento y tratar de silenciarlo, pues lo afectaba la prédica demoledora que Sarmiento hacía de su despótico gobierno.Más tarde, siendo presidente de la Nación y Gran Maestre de la Masonería Argentina, Sarmiento se rectificó con la energía que le era característica, en una carta que le escribe a D. Félix Frías -embajador Argentino en Santiago- y cuyo párrafo final es la síntesis de este sentimiento: (...) "Sin despecho del buen sentido, del decoro, del deber que impone a esas gentes (los chilenos) no traer a colación artículos de diarios para argüir con ellos derechos, éste pusiese en conflicto mi persona con mi posición, en cuanto pueda dañar en lo mínimo a la República, estoy resuelto a quebrar el indigno instrumento, con descender del puesto que ocupo, a fin de que pueda yo mismo consagrarme a defender como individuo los derechos de mi país".La actitud enérgica y prudente de Sarmiento salvó la situación y las relaciones con Chile siguieron en el "statu-quo" que, posteriormente, tuvo solución definitiva cuando dos prestigiosos gobernantes, por un lado el Gral. Roca y por el otro el presidente de Chile D. Federico Errázuriz; no permitió que el ambiente belicoso que lo rodeaba influyera en las decisiones del Jefe de Estado, produciéndose el encuentro de ambos mandatarios en aguas del Estrecho de Magallanes. Una vez más, el olor a pólvora que flotaba en el ambiente, y el alboroto popular, no pudieron alterar la serenidad previsora y patriótica de estas mentes privilegiadas. Fue un hecho memorable, cuyos efectos y consecuencias se agrandan a través del tiempo, con características particularmente gratas para todos aquellos que soñamos con la paz duradera; ya que empalma en nuestros días con el tratado que surge como consecuencia de la propuesta del Papa que puso fin a un litigio que llevaba más de cien años de duración. Hoy como ayer, debemos reconocer que tanto la propuesta papal, como el arreglo al que entonces se arribó, no contemplaron nuestras máximas aspiraciones, pero en todo caso, Aseguró la paz con Chile –esta es mi opinión aunque haya muchos que digan lo contrario- y satisfizo de un modo incruento los objetivos substanciales que nuestro país tiene en la zona.
        Han quedado atrás, el exilio, los ecos de las dianas de Caseros, la polémica de Alberdi, y hacía poco tiempo que Sarmiento había publicado "Derechos de Ciudadanía y Educación común" en Buenos Aires. Doblaba Sarmiento el codo de los cuarenta y cinco años, esa edad en la que empezamos a mirar el llano desde la posición alta o baja a la que alcanzamos llegar, y el recién empezaba, teniendo por delante un páramo inmenso de incultura y de incomprensión, que era preciso salvar para pensar en subir. Se había iniciado masón, dos años antes, en la Logia Unión Fraternal de Valparaíso exactamente el 27 de junio de 1854. De regreso a la Patria, en diciembre de 1855, es uno de los fundadores y primer Orador de la Logia Unión del Plata N º 1. En esta, su carrera masónica, el 18 de abril de 1882 se afiliará a la Logia Obediencia a la Ley Nº 13.y el 12 de mayo de 1882 asumirá el cargo de Gran Maestre de la Masonería Argentina1 Y sin medir la enormidad de la distancia a recorrer, empezó a jalonar briosamente la ruta que hace tan grande su recuerdo, por lo gigantesca de la obra realizada. Desde El Nacional, cuya redacción ocupa en lugar de Mitre –que había sido designado Ministro de Guerra- inicia la prédica, a veces apasionada, pero siempre constructiva- que a través de su pensamiento vigoroso mantendría vigencia hasta el día de hoy.(...) " El error -escribía Sarmiento apenas se hizo cargo de la Redacción- está en creer que se puede en política prescindir de las reglas de la justicia y que los principios constitutivos del Gobierno son inaplicables a nuestras sociedades que se suponen, gratuitamente, más dispuestas que las europeas a tolerar la injusticia, el despotismo y la inmoralidad"(...) Por entonces quedaba en pie una gran misión y un gran desafío: estructurar un Estado liberal y democrático, que expresara una realidad dinámica con voluntad de futuro, y no la prepotencia de los restauradores de vocación colonialista.(...) "Cuando decimos pueblo en materia de partidos –expresaba Sarmiento- lo decimos sin engañosa acepción. El pueblo de la ciudad de Buenos Aires, fue siempre liberal, por tradición, por instinto feliz- Lo era en 1810 e hizo la Revolución y llevó la independencia a toda América del Sud; lo era con más razón en 1825 en que se veía la cabeza de América por sus instituciones y comercio, y éralo en 1852, cuando ganó las elecciones de representantes." (...). Pero ese Estado ambicionado por Sarmiento, que significaba la consolidación de la nacionalidad, debía edificarse sobre los sólidos cimientos de la inmigración, la colonización y la educación. Fue Sarmiento el primero, que en el caos habló de orden; que en la barbarie dijo lo que era civilización; que en la ignorancia demostró cuáles eran los beneficios de la educación; que en el desierto explicó lo que era la sociedad, y al decir de Ezequiel Martínez Estrada, (...) " Hizo guerra a la guerra, oponiendo el libro a la tacuara, la imprenta a la montonera, el frac al chiripá; a los ímpetus del instinto y de la inspiración del baquiano y del payador, y a los vicios endémicos del campo abierto: la perseverancia, la paciencia y el cálculo" (...) El planteo político "Puerto-Pampa" se identificó con la civilización, y la unidad "Continente-Cordillera", con la barbarie. La política liberal eligió un proyecto nacional que se anudaba en la unidad "Puerto-Pampa", y esta unidad, fue el único motor que movilizó el proceso de recuperación nacional. Era necesaria una política de colonización que ofreciera tierras para la instalación y expansión de ferrocarriles y para la adecuación del Puerto de Buenos Aires, y, fundamentalmente, una política educativa que brindara la posibilidad de integrar a los nuestros con las masas que llegaran allende los mares.
        Apoyando la concreción de estas políticas, Sarmiento propuso desde las columnas de El Nacional, el proyecto de ley sobre las tierras de Chivilcoy, donde centenares de agricultores carecían de título que les diera derecho a la posesión de la propiedad que venían cultivando desde hacía varios lustros.Cuajó la feliz iniciativa y en ocho años, quedó formado uno de los distritos más florecientes de la provincia.Con ocasión de presidir Sarmiento la terminación de una Iglesia-Escuela en Chivilcoy, allá por el año 1857, dijo: (...) "La erección el primer templo elevado a Dios por un grupo de hombres, en lo que ayer fuera un desierto, es como la toma de posesión que la civilización hace de la tierra, y la seguridad de que no serás abandonada de nuevo a la naturaleza..." (...) Pero Chivilcoy es todavía una manifestación más alta de la época de desarrollo en que hemos entrado. Cuando entraba en las calles, apenas trazadas de la población, me venían a la imaginación recuerdos de otros pueblos y de otros países que he recorrido en mis largos viajes, y sin fuera posible olvidarme un momento del lugar en que estamos, habría creído ir entrando a Búfalo en los Estados Unidos, O algunas de las numerosas villas que surgen de la tierra como por encanto. El mismo aspecto de la población, la misma frescura de los edificios, el mismo hacinamiento de máquinas, ladrillos y utensilios por las calles. Es preciso transportarse a los Estados Unidos para ver planteles de ciudades con calles de 30 varas, con habitantes de todas las lenguas y fisonomías, con 500 casa de ladrillos construidas en un año. Pero es preciso ir a Chivilcoy, para ver lo que no se ve en los Estados Unidos; y es el cerco de quintas cultivadas con esmero, plantadas todas en una misma estación, con alamedas a perderse de vista que aun no sombrean las calles, pero que ya diseñan alrededores deliciosos, que hacen presentir paisajes y bellezas que dejarán azorado luego, al estanciero negligente, que de los primores de la vegetación, no conoce sino el ombú. Chivilcoy, realiza una teoría que es nueva en el mundo y que no entra todavía en la mente del vulgo, y es que los pueblos son la más alta expresión de progreso de la humanidad. Principia ya este movimiento en Chivilcoy, y como Chivilcoy, será bien pronto todo el estado de Buenos Aires, y como Buenos Aires, no tardará la República Argentina y la América toda, más tiempo que el necesario para que se vean los prodigios que pueden obrar los hombres como vosotros, reunidos espontáneamente y obrando según las leyes invariables del desarrollo humano. Con fierro y pan –decían al soldado francés en 1893, se puede, de conquista en conquista llegar a la China. Con tierra y brazos, podemos nosotros llegar a la altura de los Estados Unidos y ya vamos en camino."(...) Terminan acá las palabras de Sarmiento. La ley de tierras de Chivilcoy, fue la demostración de lo que Sarmiento anhelaba para nosotros, en su tiempo, y que no llegó a ver concretada. Pero lo cierto es que la Argentina llegó a ocupar los primeros puestos dentro de los países más importantes y progresistas del globo.¿Qué nos pasó? ¿Qué nos pasa a los argentinos? ¿Cuándo se hará realidad el imperativo de Ortega y Gasset: "Argentinos a las cosas"? Quizás, releyendo a Sarmiento, encontraremos las respuestas adecuadas...
        Lo que importa, en mi opinión, es la coherencia del ideario de Sarmiento, con relación a estas políticas, dentro de las cuales la educación era uno de los elementos claves para el cambio, por su importancia social y política, ya que gracias a ella, el hombre se capacita para intervenir con idoneidad y con responsabilidad en la vida nacional. En defensa de la instrucción pública, decía el autor de "Educación Popular" (...) "La escuela es la organización definitiva encontrada en las sociedades modernas para los intereses morales, materiales, industriales y políticos. De la escuela parten y a ella vuelven todos los resortes. Si hablamos de elecciones, es necesario que el elector se haya preparado para ellas, si de industriales, el productor ha debido salir de la escuela armado de una inteligencia cultivada. Conozco la injusticia de las sociedades y los errores de la opinión, pero sé que dentro de veinte años, han de agradecerle a los hombres que han tenido el coraje de arrostrarlo todo, aun la posición de los gobiernos, para hacer bienes duraderos" (...) Hasta aquí, las palabras de Sarmiento. Los veinte años que debían transcurrir según sus propias palabras, han sido superados con holgura y el pensamiento de este coloso de América que fue y es Sarmiento, en la cumbre de su existencia total de civilizador, brilla por la unidad absoluta de su amor a la Patria, por la pureza no contaminada de su inspiración moral y por la necesidad que tenemos hoy los argentinos, en pleno año 2001, de retomar la senda que él nos trazara, ante un país –que adelantó muchísimo por supuesto- pero que ha desembocado finalmente en una peligrosa encrucijada: seguir por el camino que no nos permite salir de este estancamiento, o bien hacer de la Argentina un país grande y moderno.Los próceres que nos dieron la organización ¿qué meta siguieron en ese período asombroso de progreso, que se inicia en 1853 con el Gral. Justo José de Urquiza a la cabeza, y edificó la gran Argentina? ¿Quisieron modernizar la República, o fijarla en el anquilosamiento de ideales perimidos? Obvio es que la brillante generación de los "proscriptos", entre los que se encontraba Sarmiento, que después de Caseros asumió la responsabilidad de transformar al país exhibió una clara conciencia de que lo antiguo era el absolutismo quienquiera que lo ejerciera, ya fuera un monarca absoluto como Luis XIV o un déspota como el que gobernó la Argentina entre 1830 y la gesta de la cual surgió el orden constitucional. Sarmiento no tuvo necesidad de inventar un modelo de organización social inédito en su época. Supo que había que cambiar el antiguo modelo colonial autoritario, por un modelo cuya más refinada expresión era el sistema imperante en los Estados Unidos, concentrado en los límites insalvables que la flamante constitución de 1787 imponía a los desbordamientos del poder público. Permanentemente, gran parte de los dirigentes de nuestra época, señalan la necesidad de hacer de la Argentina un país moderno. En buena hora. Aunque antes, deberían tomar conciencia –leyendo en el libro de nuestra propia historia- que para consumar esta hazaña no se necesita avanzar cada vez más por los carriles de sistemas que ya fueron abandonados en las naciones más progresistas de la Tierra, sino retroceder... retroceder sin prejuicios e inhibiciones, hasta retornar a la tradición abandonada, en un acto de insensatez, que puso un sello regresivo en las instituciones que nos legaron los próceres.En efecto, mientras las grandes naciones del mundo occidental y judeo cristiano, con Estados unidos a la cabeza, que desde fines del siglo XVIII se encargaron de señalar el rumbo a las demás, han construido un mundo nuevo, exhibiendo un espíritu revolucionario, de una potencia transformadora nunca igualada en la historia de la humanidad, vemos en las antípodas, a muchas naciones como la Argentina, aferrarse a sistemas y modelos de organización y económicos que han demostrado no servir, y que fijan a los pueblos en la pobreza y en el estancamiento.Repitiendo al famoso historiador italiano Guichiardini diré, (...) "Que los hechos del pasado deben dar luz a los futuros". Pero la historia es la vida transpuesta a escala universal. Como la vida pues, es movimiento y ritmo, se alimenta del tiempo y conoce tres estamentos que les sirven de estructura: lo consumado, es decir lo definitivo y rígido; lo presente, o sea la acción en todas sus formas, y el porvenir, que viene hacia nosotros y hacia el cual también somos empujados. Todo esto es irreversible, inexorable, eterno. Y al no poder volver atrás, así como el estar obligados a seguir adelante, dan a la historia un sentido dramático. Cualquiera de nosotros que acepte este secreto del acontecer perpetuo y se esfuerce en trascenderlo, puede llegar a ser lo que desee ser.¿Será esto que digo, un propio mea culpa?Un pueblo que adquiera esta conciencia y se rija por ella, tendrá asegurada su buena estrella.De ahí que un hombre sea capaz de formar o e transformar una nación –como Sarmiento- y que pequeños grupos puedan hacer prevalecer su cultura o su política a otros más numerosos, como lo hicieron los contemporáneos de Sarmiento.En cambio, cuando los miembros de una comunidad carecen del verdadero sentido de la historia por haberlo perdido como nos pasa a los argentinos, o por no haberlo poseído jamás; cuando lo particular se antepone a lo general; cuando la parte se antepone al todo –siguiendo el pensamiento del Dr. Alberto Spota- la meta próxima y fácil, al objetivo más grande pero lejano y duro de conquistar; lo puramente útil a lo espiritual y trascendente; el provecho individual al bien común; reitero, la necesidad electoral a la solución permanente; ese pueblo que tolera semejante inversión e valores, se halla condenado a la mediocridad o cuando menos, corre el riesgo de no hacer jamás nada realmente grande, y de verse obligado a respetar la ley de los más fuertes.Cometeré entonces la irreverencia de completar el pensamiento del historiador Guichiardini, y diré que efectivamente, los hechos del pasado deben echar luz a los hechos futuros, pero una conciencia histórica nacional sanamente desarrollada y orientada, pone el pasado al servicio del presente, para poder proyectarse hacia el futuro.
Los jóvenes venidos al mundo alrededor de los años ´80, que han alcanzado hoy su mayoría de edad; ven con los ojos de sus conciencias responsables, que se han abierto a un panorama desolador, en el cual los rasgos predominantes son desorden disfrazado de legalidad; la contradicción y la paradoja erigidas en sistema, la anormalidad instaurada como hábito y las luchas políticas sin cuartel, secretas o declaradas, se mezclan escandalosamente con la corrupción y la falta de ética De ahí que para esa juventud, no se trata de asumir un papel simplemente pasivo. Los tiempos que corren obligan a asumir una gran responsabilidad. La misma que asumió aquel muchachito sin recursos que se forjó a sí mismo en su San Juan natal y al que hoy le quiero rendir homenaje. Estos jóvenes son los que mañana habrán de gobernarnos, administrando el país y sus energías y sus valores... Son quienes deberán velar por la excelencia del espíritu, de la inteligencia y de la cultura, y necesitan por cierto del aprendizaje de la universidad, pero también necesitan del aporte del buen ejemplo que gobernantes y gobernados podamos darles.Este pensamiento, quizás, me ha dado derecho –y por qué no- para abrir el cofre de la historia, examinar su contenido, analizar, estudiar, comparar y compartir los resultados con los argentinos y mis amigos de Internet; alentado por el convencimiento de que el respaldo de la tradición, no es el culto de la rutina.Es hora de que las palabras se transformen en acción, si es que hemos de ser fieles al mandato que recibimos de los constituyentes. El mandato de hacer grande a la República, dentro del marco de la Constitución liberal de 1853 si es que deseamos salir de esta regresión que nos tiene sumidos en una noche negra y larga.Es hora repito, que las palabras se transformen en acción y los hechos demuestren las buenas intenciones.En este sentido –como una expresión de buenos deseos- quisiera que relancemos con fuerza estos conceptos –independientemente de la posición política que ocupemos- comprometiéndonos con el futuro, sin importar tampoco pertenecer a la generación perdida o a la que se inicia teniendo por delante, solo un atisbo de esperanza.Será sin duda el mejor homenaje que podamos rendir a Sarmiento en el 113º Aniversario de su fallecimiento..Porque Domingo Faustino Sarmiento, es y será por siempre, un valor representativo de la cultura y paradigma de la acción; héroe que sobrevive en las conciencias, renovando ideas fundamentales de trabajo fecundo y patriotismo.Fue esta la justificación de su vida. Es sin duda, el resplandor refulgente que emana de su gloria.

LUIS JOSÉ VINCENT de URQUIZA