Aspiro a ser un educador. Desde este ángulo, exclusivamente y sin considerar otros múltiples aspectos, entiendo que es ofensivo el desplazamiento del nombre de la avenida Sarmiento para sustituirlo por el de Rosas.
En todo su interminable ejercicio de un poder omnímodo, Rosas no hizo nada en favor de la educación. No fundó un solo colegio. Por el contrario: presionó al gobernador Balcarce para que clausurara, en 1830, el de Ciencias Morales. Un lustro después lo entregó a los jesuitas, para expulsarlos muy pronto.
En la paupérrima educación que subsistió, todo el Mundo tenía que ser "fiel y decidido a la causa federal".
El decreto del 27 de abril de 1838 estableció que "no pudiendo el gobierno abonar los sueldos" los gastos deben "exijirse" (sic) a los padres de los estudiantes a prorrata. Luego ejemplifica con números ¡Por si el rector no ha entendido! Y ordena "que el (alumno) que no entregase la suma que le fuese asignada sea despedido... Si no se reúne la cantidad necesaria, cese la Universidad". (En realidad, se anticipaba a la pretensión actual de ciertas gentes.)
Es sólo después de Caseros que florecen las instituciones educativas, en Corrientes, Tucumán, Salta, San Juan. Y en Buenos Aires, el Colegio Nacional, recreado por Mitre hace 140 años.
La obra pedagógica de Sarmiento, ciclópea y de proyección continental, no necesita aquí ser recapitulada. Por su causa fuimos respetados y exitosos.
Hoy en plena catástrofe educativa, cuando vemos cómo el Estado, lenta e implacablemente, ha destruido aquella obra, no puede sorprendernos que se despoje a Sarmiento de un reconocimiento municipal a beneficio de un deseducador
Despojo y beneficio coherentes con nuestra actual situación cívica. Así estamos.