EMILIO J. HARDOY
Un procer del siglo XX
El siglo 20 nos ha dejado un prócer. Como un patricio antiguo, sin más armadura que la razón y su fuerza moral, hizo de su existencia una profesión de fe y de coraje cívico. Aristócrata de la conducta vivió sin miedos hasta dar con sus huesos en la cárcel, sólo por defender las libertades públicas, en épocas de la segunda tiranía. El notable poder integrador de su inteligencia convocaba al patriotismo. Por eso prefería el calor del pueblo a los alagos oficiales. Un legislador alerta para defender la República, siempre estuvo del lado de las instituciones democráticas, republicanas, federativas. Reclamaba progreso material y moral en paz y en libertad. Vivió rodeado de discípulos y seguidores. En lo esencial de Hardoy se aprecia su patriotismo. Para él la política y la vida estaban amasadas de sabiduría, de ciencia, de arte, de literatura, ingenio, de humor, de amor y de amistad. De duros enfrentamientos pero también de nobles reconciliaciones. Toda la plataforma de su pensamiento y acción tuvieron que ver con su ética de la responsabilidad. Decía que un hombre que solo viviese para el poder sería un monstruo porque, antes que la lucha por el poder era más valiosa la actitud tolerante, respetuosa y digna ante la vida. Fué cabalmente un aristócrata de la conducta. Se tuteaba con Goethe y Napoleón recordándonos la importancia de la política en el destino de una Nación. Fué un político que superó el viejo debate entre la moral y la política. Un gran señor en el que se confundían el moralista y el político. Tuvo notablemente desarrollado el sentido de la anticipación política, tan propio de los grandes estadistas. Ejerció su liderazgo cotidiano, incluso como periodista, reclamando que, en las prioridades del servicio, además de derechos existen deberes de los hombres hacia Dios, hacia el prójimo, hacia la sociedad entera. Nos decía que cuando más derechos y privilegios se tienen son más graves los deberes y más extensas las responsabilidades. Fue un político de pensamiento y de acción. Sostenía que para hacer buena política no bastaba con ser justo o ser sincero, sino que hacía falta conocimiento del oficio, de la técnica aplicable, de la sicología de las multitudes, del ambiente en que se desarrollaban las acciones, de las posibilidades propias y ajenas, de la valoración acertada de sí mismo, de la valoración de los adversarios y especialmente del pueblo al que se sirve. Es un prócer del siglo 20 a quien le cabe la reflexión que Domingo Faustino Sarmiento hacía de si mismo: "soldado con la pluma o con la espada combato para poder escribir, escribo como medio y arma de combate que combatir es realizar el pensamiento". Es de la talla de Carlos Pellegrini. Defendió la dignidad de la persona humana, las libertades públicas, la solidez de las instituciones republicanas y la supremacía de la ley. Reclamó hasta el cansancio que no se tocara la Constitución Nacional de 1853 con su reforma de 1860. Fue enemigo de la anarquía y de la disolución nacional. Despreciaba el vacío de poder, la corrupción y el mal gobierno. Apegado a los principios morales del cristianismo se nos aparece como un luchador por los valores de la civilización. Su pasión civilizadora, a la manera sarmientina, lo mostraba siempre preocupado por el progreso material y moral del pueblo. Me duele la Argentina nos decía en momentos de inquietudes. Una exigencia de su espíritu fue el debate. Por eso fue defensor del derecho a disentir, a participar, a opinar. Fue un gran periodista. En realidad fue un educador.- En contra de las concepciones totalitarias y colectivistas proponía desmantelar las estructuras del atraso, de la ignorancia, del empobrecimiento y de la corrupción. Reclamaba el orden constitucional para enfrentar la desunión. Advertía la necesidad de mantener el rumbo por el espíritu y la letra de la Constitución Nacional de 1853/60. Y fue un hombre de mucha fe. De la misma fe de Belgrano, de Sarmiento, de Mitre, de Urquiza, de Alberdi, de Roca y de Carlos Pellegrini. Paoul Grussac habría admitido cierto paralelismo entre Carlos Pellegrini y Hardoy porque fueron valientes, cordiales, con relámpagos de intransigencia autoritaria sobre un fondo de lealtad, porque ambos nacieron líderes. También habría encontrado en Hardoy mucho de la prudencia previsora y de la sagacidad de Nicolas Avellaneda. Groussac decía de Pellegrini que era un gran orador espontáneo, y que la improvisación era su facultad suprema pero también su defecto mayor porque, como el orador vive de la improvisación, el orador mataba al escritor. En Hardoy, por el contrario, las cualidades de orador y de escritor concurrían armoniosamente. Hardoy conciliaba ambas virtudes porque siempre estaba preparado para improvisar. Siempre me pareció que de un meditado discurso hacía nacer un magnífico editorial; como también que de un editorial nacían discursos que Hardoy multiplicaba en rigurosas meditaciones. Como orador vivió de la meditada improvisación pero sin dar muerte al escritor que siempre fué, culto, acertado, vigoroso y espontáneo. Natalio Botana nos diría que Hardoy empeñó toda su vida en construir una comunidad política para los argentinos y que, como Alberdi y Sarmiento, por el apego al principio de legitimidad de la república, forma parte de la tradición republicana.- Hardoy, además, coincidía con Victor Massuh en punto a lo que Massuh señala en su "La Argentina como sentimiento" donde el filósofo destaca como el mal argentino la tendencia a convertir la política en una religión vernácula; al líder popular en un dios folclórico; a la facilidad con que pasamos de la admiración a la idolatría; del dirigente común al carismático; del fervor saludable a la entrega incondicional; y, fundamentalmente, coincide Hardoy con Massuh en que la Argentina se acostumbró a prescindir de la inteligencia; donde nos acostumbramos a considerar que el número y no La calidad constituía la verdadera fuerza del argentino. Como se advierte, Hardoy resumió el empeño de la generación de 1837,La capacidad creadora de la generación de 1880 y el coraje de la generación de la Revolución Libertadora de septiembre de 1955. Un gran argentino, un gran señor, un gran patriota del siglo veinte, que en los momentos más difíciles decía: "Por encima de las dificultades del presente; más allá de las cuestiones que nos dividen; y a pesar de las amenazas que nos rodean, tengo una fe inconmovible en el destino de grandeza de la Nación Argentina". También tuvo sus puños llenos de verdades. Hoy lo imagino en el Congreso de la Nación, junto a Domingo Faustino Sarmiento, reclamando enérgicamente la vuelta a la Constitución Nacional de 1853/60 como prenda de progreso en paz y en libertad. -Rafael Sarmiento. Buenos Aires, julio 15 de 2002 (discurso pronunciado el 18 de julio de 2002 en el Jockey Club)