SARMIENTO Y EL SENTIDO HISTORICO DEL "FACUNDO"

Por ALBERTO PALCOS

 

En el quincuagésimo aniversario del fallecimiento del luchador sanjuanino, al ser recibido como académico correspondiente, diserté aquí, sobre el Facundo y el apostolado de Sarmiento. Y me toca hoy hablar del libro ya secular y de su autor, enfocados en aspectos distintos de los que desarrollé en aquella oportunidad.

Debo recordar, una vez más, cuán inútil fuera hacer entrar esa obra dentro de rigurosos casilleros literarios. Manifiesto error sería clasificarla como novela, según se ha intentado. Y esto a despecho de los relatos de novelesco interés que contiene y de los augurios de un estupendo porvenir en el género, formulado a su autor desde la hora inicial. Y a despecho, también, de la reacción de Sarmiento, adrede jactanciosa, contra los aristados empeñados en enmendarle la plana. Asegura entonces que, después de sus coloridas evocaciones, la pampa argentina es en la tierra tan poética como las montañas de Escocia diseñadas por Walter Scott para solaz de las inteligencias. Halla, y no lo oculta, en el excelente novelista norteamericano Fenimore Cooper la sugestión que le conduce a pintar los tipos engendrados por nuestra llanura infinita. Estos antecedentes no autorizan a incluirla entre las novelas, como tampoco es drama, no obstante su fuerza dramática, a través de la cual se columbran inexplotadas dotes de hombre de teatro.

¿ Será poema descriptivo de nuestro suelo y de los curiosos caracteres humanos brotados a su calor, tan naturalmente como la vegetación silvestre? ¿Cabe ubicarla al lado de La Cautiva de Echeverría? No se altera la verdad afirmando que es un poema en prosa, pero no se dice toda la verdad.

El impulso originario, motor del libro, enderezóse a desacreditar para siempre, ante el mundo entero, el sistema rosista. Según Goethe, todas las grandes obras son hijas de las circunstancias; la génesis del Pactindo confirma ese apotegma. Don Domingo lo traza, como quien dice, de una sentada, apremiado por el tiempo. Se propone reducir a la impotencia a la embajada ejercida por el doctor Baldomero Garcia, que el tirano manda a la nación transandina. Y a la vez desea dar a sus adversarios en las cotidianas lides periodísticas de Chile, una muestra del vuelo de su pensamiento y de su potencia literaria.

No contento con expulsar del país a los disidentes de su política, Rosas pretende inmovilizarlos y enmudecerlos en las naciones limítrofes. Con todo, se espera que la misión García realice también gestiones comerciales, provechosas para ambas partes. Grande es el asombro de los gobernantes chilenos cuando se enteran de su carencia de instrucciones concretas en ésa y otras materias… se limita a reclamar la supresión de las campañas periodísticas de Sarmiento.

Contra lo avanzado por un maestro de los severos perfiles de Groussac, tan pasmosa actitud demuestra terminantemente hasta que insospechados extremos preocupan a Rosas dichas campañas. Tenaz en sus resoluciones, volverá a la carga cuatro años después. Sacará en Mendoza el nutrido y muy bien presentado periódico Ilustración Argentina, para oponerlo a La Crónica, redactada allende los Andes por don Domingo, cuya extradición solicitará simultáneamente. A su manera, esta conducta importa un tributo de reconocimiento del avisado tirano al poder de la pluma del recio polemista. Caído Rosas, don Domingo suele quejarse de los gobernantes del país, porque no le hacen tanto caso a sus escritos.

Cuán ufano se habría sentido si le hubiera sido dado leer las comunicaciones de García a Rosas y al ministro Arana. Acaso no se registra en la historia de nuestra diplomacia ejemplo ¡grial de abatimiento y completa derrota, confesadas sus mandantes. "Mi residencia en este país es cada vez más horrible", les dice en una nota. "Mi posición - insiste más tarde- ha venido a ser la más violenta y desairada. Ni a la calle salgo. Ansío vivamente por salir de este lugar en que nada valgo".

Implora se le ordene regresar enseguida a Buenos Aires. Y no se le puede negar a García ilustración e inteligencia. Pero así ocurre siempre. La libertad de pensamiento y el debate abierto de las ideas matan las tiranías y desarman a sus defensores.

Tampoco agotamos el contenido del Facundo definiéndolo como un terrible libelo contra Rosas. Se propone anonadarle ante la conciencia Pública de todos los países, tras de descender al examen, jamás acometido antes, del fenómeno histórico y social del caudillismo. Compone entonces la apasionada y apasionante biografía de Juan Facundo Quiroga. El género biográfico merece su predilección. Antes de Emerson y sólo dos años más tarde que Carlyle, pero sin haberlo leído aún, proclama que "la biografía de un hombre que ha desempeñado un gran papel en una época y país dados, es el resumen de la historia contemporánea" y "el compendio de los hechos históricos Más al alcance del pueblo y de una instrucción más directa y más clara", pues nada hay que "excite mayor interés y mueva simpatías más ardientes, que la historia particular de un hombre" -. Juicios de 1842, encabezando la reproducción de cantidad de biografía en las columnas del Mercurio. Añadirá más tarde: "Es la tela más adecuada para estampar las buenas ideas que ejerce el que la escribe una especie de judicatura, castigando el vicio triunfante, alentando la virtud oscurecida". Ante el auge extraordinario logrado hoy en día, justo es rememorar a este precursor del género en las naciones de habla española.

Se le objeto a menudo haber contado la vida de Quiroga sin disponer de una abundante y depurada documentación escrita. El reproche, exacto en principio y reconocido por el propio autor, se mitiga bastante cuando verificamos, a un siglo de distancia, cómo esa laguna no ha sido colmada por la investigación ulterior, Si bien aparecieron muy estimables contribuciones al estudio de la personalidad del Tigre de los Llanos, no disponemos todavía de una biografía de conjunto que la reemplace fehacientemente y la relegue a la categoría, excelsa de suyo, de monumento literario. Veinte años después Sarmiento la habría escrito de otra manera. A lo largo de la existencia la rectifica parcialmente. En 1885 termina por formular aquella excepcional declaración: "Quiroga ha pasado a la historia y reviste las formas esculturales de los héroes primitivos de … y Aquiles". Ya no es el feroz bandido que llenó de horrores su trágica trayectoria, el mismo que estuvo, a punto de matar al padre de don Domingo y obligó a éste a huir a la emigración, notificando a la madre que le cortaría la cabeza donde lo hallare. El amor de Sarmiento por su obra cimera, el vasto renombre literario que ésta cimentara, atemperó, a la vuelta de los años, la cólera contra el temible personaje ajusticiado en aquellas reverberantes páginas.

No le bastan, claro está, los propios recuerdo de Facundo, ni los de su padre y demás parientes. Oye a cuantos le pueden suministrar referencias de primera mano, amigos y adversarios del caudillo. Les interroga oralmente y por escrito. De tal suerte, reúne multitud de testimonios; muchos le llegan hallándose en plena creación. Los discrimina con su habitual sagacidad. Y lo que en otro escritor hubiera sido una interesante colección de anécdotas, se convierte en obra de granítico consistencia, gracias a su sentido constructivo y pujantes instintos estéticos. Desde luego, los colores opulentos, la gracia y el vigor de la narración se deben a su estilo peculiar, pero alimentado por la realidad viviente de esos testimonios. Consideramos lamentable equivocación de biógrafos e historiadores desdeñarlos en bloque. Es como despojar al relato de la sangre y de los nervios que lo animan. Por algo el mejor informado de nuestros historiadores clásicos advierte que los cinco mil documentos manuscritos que copió o extractó de su puño y letra, sólo forman el esqueleto de su magnífica historia de Belgrano: para vestirlo de carnes y hacerlo vivir interrogó durante 35 años a los actores y testigos del gran drama revolucionario.

A decir verdad, Quiroga no es el único caudillo cuya turbulenta existencia merezca suscitar la atención de los biógrafos. Hay cinco o seis más. Todavía no han encontrado quien consiga incorporarlos a la historia, dándoles análogos relieves. No es posible, acaso se arguya, pedir sino excepcionalmente el manejo de un pincel literario como el suyo, que recuerda la maestría y el sentido implacablemente realista de algunos insignes pintores hispanos. Si aun no han aparecido artistas de esa envergadura, tal vez aparezcan en adelante. En cambio, corren inminente riesgo de caer sepultados en el olvido los materiales plásticos, de entraña popular, recogidos muy oportunamente por Sarmiento en los casos del Tigre de los Llanos, Aldao y el Chacho. Conservan el sabor y el aroma primitivos en epistolarios íntimos, memorias familiares inéditas y en la tradición oral… países celosos de su pretérito guardan indefinidamente elementos semejantes. Entre nosotros conviene rescatarlos antes de que desaparezcan, en perjuicio del más cabal conocimiento y de la resurrección artística de uno de los períodos bárbaros, es cierto, pero más originales y llenos de color de nuestra historia.

La prisa con que Sarmiento compone el libro le impide interrogar por escrito a cuantas personas quisiera; ignora dónde muchas se hallan. Por ejemplo, habría sido para él una dicha disponer del testimonio de su venerado maestro, don Ignacio Fermín Rodríguez. Trató de cerca a Quiroga y fue preceptor de su hijo Ramón, según se infiere de una carta excepcional del caudillo. Lo exhibe en uno de esos raros momentos en que se levanta por encima de sí mismo y de su habitual fiereza. Corresponde a una actitud honrada con un gesto generoso, más propio de un gran señor, como si en aquella naturaleza montaraz cruzaran, fugaces como los relámpagos, ciertas apetencias de auto superación. La misiva está fechada en Buenos Aires el 15 de noviembre de 1834, ya le decir, el mismo año en que Quiroga inquieta a Rosas porque proyecta ir a saludar personalmente a Rivadavia, detenido en la rada a bordo del buque que lo trajo a Buenos Aires. La carta reza así: "Está en mi poder su favorecida de Octubre 20 anterior en la que Vd. me dice serme deudor de 476 pesos; he recorrido todos los documentos y papeles de algunas sumas que me deben y no he encontrado constancia ninguna de que Vd. me deba ni tampoco hago memoria de ello; más siendo positivo de que Vd. me es deudor de aquella cantidad como me lo indica, y en virtud de tener Vd. pronto a mi disposición 200 pesos los libro con esta plata a cargo de Vd. y a favor de doña Mercedes Corvalán a quien se servirá Vd. entregarlos. El resto de 276 pesos acéptelo Vd. a nombre de mi hijo Ramón. Quiera Vd. aceptar las atentas expresiones con que tiene el gusto de apreciar a Vd. su más afectísimo servidor y amigo q. b. s. m. Juan Facundo Quiroga" Numerosos pasajes de la obra encierran más verdad de la suponible, dada la propensión hiperbólica que don Domingo emplea por razones artísticas, a los efectos de aumentar la vivacidad y la concisión de los relatos. Cuando describe el valor legendario que despliega Lamadrid, en el encuentro de Tala, y dice: "Facundo vuelve a fin de recuperar su bandera negra que ha perdido y se encuentra con una batalla ganada y Madrid muerto, bien muerto. Su ropa está ahí; su espada, su caballo, nada falta, excepto el cadáver, que no puede reconocerse entre los muchos mutilados y desnudos que yacen en el campo", podría creerse que Sarmiento, arrastrado un poco por la fantasía de Lamadrid, quien evidentemente le narra la acción, incurre en exageraciones. Pues bien: el parte de Quiroga concuerda esencialmente con la misma. Entre los muertos, manifiesta "se cuenta el señor La Madrid que aunque no se ha encontrado su cadáver está entre la tropa su ropa, montura y armas".

Además de poema descriptivo de nuestro suelo, alegato contra el régimen rosista y biografía de Quiroga, Facundo presenta una fase histórica. Cabe preguntar previamente, ¿ Cuáles conceptos históricos troncales sustenta a la sazón Sarmiento? Lleva leídos a porción de maestros en la materia. De los antiguos le sirve especialmente Salustio; a él se compara y lo recuerda por la energía de la frase y la pintura de ciertos caracteres. Y las obras de los contemporáneos Thierry, Michelet y Guizot, amén de deleitarlo, influyen en algunos aspectos de su labor, como asimismo las ideas de Herder.

La estrecha camaradería con Vicente Fidel López acentúa sus inclinaciones históricas; las poco comunes dotes de este amigo empiezan a dar excelentes frutos. Sarmiento y López son propietarios de un establecimiento de enseñanza, el Liceo; al verse ambos obligados a cerrarlo, por defender al noble escritor chileno Francisco Bilbao, no renovarán la sociedad, debido a incompatibilidad de caracteres. En carta inédita a José Posse, de fines de enero de 1845, don Domingo pinta en dos líneas a López. Le reconoce las mejores cualidades, pero posee algunas dice "que lo tiene a uno en desosiego, alerta, contrariándose por temor a excitar una borrasca. Lo quiero siempre mucho; pero no he sentido igualmente verme desligado de el y deseo, para conservar su amistad que no nos toquemos de cerca". Los dos ilustres compañeros pondrían de manifiesto, pues, temperamentos muy recios. Tiene gracia el imaginar a López no sólo borrascoso, sino obligando a Sarmiento a dominarse y recoger velas.

A la vuelta de varias centurias poco propicias al incremento de los estudios históricos, en virtud del incontrastable imperio adquirido por las ciencias fundadas en el modelo matemático, el siglo XIX los rejuvenece, ensancha su base de sustentación y asigna inmenso ascendiente; es, por excelencia, la centuria de la historia. Signo de la gravitación lograda lo constituye su cultivo por pensadores llegados de otros

Algunos, como Herder y Hegel, aspiran a comunicarle profundidades dialécticas y perspectivas filosóficas. Dos siglos atrás habría sido imposible concebir a Descartes entregado a esta clase de faena intelectual ni tampoco a Kant en la segunda mitad del siglo XVIII. Se produce una excepción egregia reaccionando contra el mecanicisino y la geometrización cartesianas, el solitario Vico trabaja proféticamente por investir a la historia de dignidad científica. El filósofo italiano será comprendido, cien años después.

La posibilidad de una lógica del acontecer histórico, tan auténtica en su esfera como en la suya la de las ciencias conformadas sobre el inflexible patrón matemático, empieza a abrirse camino a partir de

La posibilidad de una lógica del acontecer histórico, tan auténtica en su esfera como en la suya la de las ciencias conformadas sobre el inflexible patrón matemático, empieza a abrirse camino a partir de 1800. Desde Chile Sarmiento saluda alborozado ese espléndido despertar histórico. Propugna un criterio amplio y moderno. Acepta la ciencia nueva de Vico, Mientras desecha la llamada filosofía de la historia; dice, sonriente, que está plagada de seductoras mentiras. También repudia la filosofía ecléctica, cual una "corrupción de la inteligencia". No obstante esta condena, recibe sugestiones históricas, de Cousin.

A juicio de don Domingo los historiadores deben auxiliarse por una teoría general de la historia. Esta actitud es más necesaria en el Nuevo Mundo. En América, opina, se requiere no tanto la compilación de hechos, como la explicación filosófica de causas y efectos. Los hechos "desnudos de toda investigación filosófica, prosigue, nos chocan hasta cierto punto, por lo frescos que aun están, por las pasiones de partido, por las antipatías que simultáneamente despiertan". La historia es la biografía de una sociedad o de un pueblo. Como el Cosmos, obedece a leyes inmutables y necesarias. " Historia es a las ciencias sociales lo que la geología a las de la naturaleza; ambas buscan en el pasado la explicación del presente y la primera asimismo un incentivo para la acción. El proceso de progresiva historización de todas las actividades humanas no escapa a su mirada zahorí; lo capta admirablemente. "El estudio de la historia, comenta, forma, por decirlo así, el fondo de la ciencia europea de nuestra época. Filosofía, religión, polí- tica, derecho, todo lo que dice relación con las instituciones, costumbres creencias sociales se ha convertido en historia". El punto de vista histórico ilumina infinidad de problemas y, por consiguiente, urge extender e intensificar su enseñanza.

La mayor parte de estas reflexiones no han perdido actualidad. Sarmiento las tendrá presente en la elaboración del Facundo. Expondrá hechos de nuestra historia, no disimulará su posición militante, fulminar a Quiroga Y a Rosas y el libro, empero, será algo muy distinto de una encendida diatriba de partido. De lo contrario, derrumbada la tiranía, habría sido olvidado. El caudillo, lo sienta desde el principio, es como "un espejo que refleja en dimensiones colosales las creencias, necesidades, preocupaciones y hábitos de una nación en una época dada de su historia". Don Domingo ha pasado por las doctrinas del socialismo romántico y le quedó firme la idea de acuerdo a la cual, en me- dio del choque de las grandes fuerzas sociales, estructuran y moldean la vida de los pueblos. Se entrelazan íntimamente con los factores geográficos, intelectuales y éticos, a los que adjudica gran valor.

Facundo consta de una narración viva, nerviosa y atrayente de los principales períodos de nuestro pasado pintados a grandes trazos y de una teoría histórica y sociológica que los ilumina, como un fanal de luz, y apura sus enseñanzas. Sarmiento, formidable pedagogo social, infiere de esa sintética revista de nuestra historia claras lecciones morales.

El contenido histórico del libro debe ser apreciado en relación a la historiografía anterior a 1845, pobre y deficiente. Y el Facundo, aunque escrito sin documentos a la vista, llena en su hora un lucido papel. El autor descuenta que ocurrirá en errores de detalle y ruega públicamente se los señalen para corregirlos en las nuevas ediciones de la obra. En 1850 puntualiza una serie de ellos Valentín Alsina. Sarmiento agradece ese trabajo y elimina en lo sucesivo manifiestas equivocaciones.

De los sucesos de nuestra historia extrae don Domingo la doctrina - que subrayan, cuyos intensos relieves se debe a que los apoya en cuatro fuertes contrastes. En el fondo, integran uno solo, enfocado desde distintos puntos de mira: entre la Civilización y la Barbarie, entre las ciudades y la campaña, entre el espíritu moderno de Buenos Aires y el misoneísmo de Córdoba y entre la obra de Rivadavia y la de Rosas. Sarmiento toma del romanticismo esta inclinación por los contrastes. En el libro faltan las notas de transición, los matices intermedios. Todo, es neto, rotundo, categórico.

. La lucha entre la Civilización y la Barbarie, que contienden entre i3í como dos héroes de epopeya primitiva, está brillantemente expuesta. No volveremos sobre la crítica apuntada por nosotros en pasadas ocasiones. Simplifica demasiado la realidad y prescinde de agentes históricos, destacados ulteriormente por él, como la pésima distribución del suelo.

En esa rudimentaria civilización del cuero el gancho nace, vive y muere, por así decirlo, a caballo. Quitarle el caballo es como degradarlo y casi despojarle de la vida. Y como no se le vincula a un pedazo de tierra ni se le educa, ni se le asegura un mínimo de existencia decorosa, corre por la inmensidad de la pampa despoblada o pelea bravamente en la cruzada emancipadora Y las guerras civiles. El régimen de las estancias facilita la concentración del paisanaje y el surgimiento de los caudillos. Es lógico que el más poderoso provenga de la provincia donde se extienden estancias enormes y florecientes. Y se explica que administre el país como administra sus estancias. En 1852 don Domingo dirá incisivamente - "Las vacas dirigen la política argentina. ¿Qué son Rosas, Quiroga, Urquiza, apacentadores de vacas, nada más? No tomemos al pie de la letra la frase lanzada en el ardor del combate político, injusta especialmente con Urquiza señala la omnímoda influencia de los estancieros. Pero dentro de la era pastoril cabe anotar diferentes etapas. Facundo representa una fase más primitiva que la encarnada por Rosas. Ruralmente la simboliza el caballo y éste explica la vida nómade de Quiroga, sus incursiones a través de toda la República, acicateado por sus instintos gauchos. El Tigre de los Llanos presenta contradicciones y altibajos notorios, porque es impulsivo e imprevisor. Rosas, no obstante tratarse del mejor jinete del país, representa un período en el cual el símbolo vacuno prevalece sobre el equino. La explotación ganadera origina una industria de innegable importancia en la vida económica nacional. Se crean fuertes intereses. Rosas los cuida. El mismo confiesa que no fue gaucho, se hizo gaucho para dominar a los hombres de acción e impedir que atentasen contra la clase pudiente. Rosas no cede a sentimentalismos, es siempre igual, un apasionado, si se nos permite, tan feroz como frío, servido por un entendimiento despejado.

De cualquier modo tenemos por inconcuso que Rosas, como la generalidad de los caudillos, cimienta su omnipotencia sobre la base del apoyo incondicional del paisanaje, apaga uno a uno los focos de la cultura, persigue sañudamente a sus paladines, destruye las clásicas exteriorizaciones de la vida ciudadana e impone por veinte años la chatura campesina, la grisácea uniformidad rural. Esto no entraña negarle aptitudes. Sarmiento se enaltece a sí mismo cuando se levanta sobre su ardor partidario y no incide en tal error. En la introducción se lee: Rosas "organiza lentamente el despotismo con toda la inteligencia de un Maquiavelo": Un Maquiavelo de la pampa, aclaramos por nuestra cuenta, donde la inteligencia, solicitada por el ambiente primitivo, asume los tintes de la astucia. Y en el capítulo final desliza aquella frase desconcertante, que tenía la virtud de desarrugar el ceño de los federales, quienes la releían agradados y 1anublaba la frente pensativa de los unitarios: "Pero no se vaya a creer que Rosas no ha conseguido hacer progresar la República que despedaza, no; es un grande y poderoso instrumento de la Providencia, que realiza todo lo que al porvenir de la patria interesa". En otros términos, don Juan Manuel anula a los caudillos del interior como fuerza independiente, los encadena a su férrea voluntad y, de tal guisa, prepara el advenimiento de la unión para el día en que él desaparezca del escenario político. Rosas, expresa Sarmiento, " organiza en provecho suyo el sistema unitario que Rivadavia quería en provecho de todos".

Don Domingo, fiel a la consigna de la Joven Argentina, no se declara ni unitario ni federal; la forma de gobierno, exclama, saldrá de los hechos consumados. La independencia de sus juicios, y ciertas críticas ásperas a Rivadavia, borradas por iniciativa de Alsina, en las siguientes ediciones, hirieron a los unitarios. Don Domingo, psicólogo perspicaz, penetra a fondo en el alma de Facundo y del Restaurador. Por otra parte, la gente se entretiene en poner nombres propios al pie de su retrato moral, psicológico y hasta físico del unitario, muy ingenioso y no exento de malicia. ¡Y lo que son las cosas! Rivadavia en 1816 condena, en carta a Pueyrredón, a ese tipo de dirigente político que hace abstracción de la realidad circundante, para obedecer a principios inmutables y rigurosos, como los de la geometría. O para decirlo en palabras suyas, a quienes se desesperan "de dar a los hombres un nuevo ser, ajustando el mundo físico y moral a la precisión y belleza de las formas matemáticas". Rivadavia rechaza espontáneamente modalidad tan opuesta a su experiencia política y naturaleza temperamental.

En cambio, los gobernantes federales y sus corifeos pasan por ser eminentemente prácticos. Y bien: si a una persona penetra de la verdad de aquel retrato, se le leyera el debate de 1826 en torno a la creación de la Presidencia de la República, notaría cómo un sector pide reiteradamente la postergación del proyecto. Se le expresa que esa creación dará impulso a la guerra contra el Imperio del Brasil y salvará a nuestras armas del desastre, cosa práctica, si la hay. Y alguien dirá: "Yo hace mucho tiempo, no es de ahora, he estado temblando sobre la suerte de Patagones, y si he de hablar con mi corazón, le veo perdido". Ese diputado ve borrado del mapa argentino no sólo a la Banda Oriental, sino a otra porción floreciente de nuestro territorio. Tiembla, pero enseguida lo consuela un pensamiento de Filangieri. "Nada importa, exclama tranquilamente, la pérdida de una provincia ni las desgracias o pérdida de una batalla. Esos son reveses que pueden recuperarse por un momento de prosperidad, por un día de gloria; pero una ley mala, tomada con precipitación es de la mayor trascendencia". Tanto monta como exclamar no votemos por ahora esta ley, aunque la República perezca en la contienda; de todos modos resucitará en los tiempos. Tal vez a ningún unitario se le habría ocurrido expedirse en ese tono de escalofriante ceguera de la realidad, a pesar de la firmísima adhesión a los principios. En cambio, no vacila en hacerlo el ilustrado campeón del federalismo Manuel Moreno.

Es que la semblanza psicológica acotada abarca a todo partidismo fanático y, por ende, también, el de los caudillos federales y sus consejeros doctrinarios. A ratos pareciera que a éstos no les importa desamparar al ejército y la marina en la guerra exterior, como si acordasen a la integridad del territorio y a la amenaza de muerte que se cierno sobre la misma existencia de la flamante nacionalidad, menos significación que a una transitoria derrota interna acerca de la forma de gobierno a adoptarse. Pero se los tiene por muy prácticos y genuinos patriotas, mientras Rivadavia, artífice esencial de la victoria argentina y creador de las instituciones madres de nuestra cultura y de nuestra riqueza, incluso la ganadera, resultaría un, lírico presuntuoso 'y un geómetra de la política, planeando en la esfera celeste.

Sirvan estas consideraciones de homenaje al insigne estadista que en 1845 cierra para siempre los ojos en el abandono de su retiro gaditano. El viejo gustador de buenos libros habría experimentado deleite estético y alivio espiritual si le hubiera sido dado recorrer el Facundo, a Punto de arribar a la Península cuando le sobreviene la muerte. Habría respirado entonces a pulmones llenos el aroma inefable del terruño lejano y medido los alientos del nuevo titán, usando una pluma digna de la estirpe cervantina. Quizás alternara su lectura con la del Quijote, su obra de cabecera, y hallara a ambas henchidas por la savia generosa y esa actividad fraternidad por el género humano que impregnan los trabajos de este profeta del Nuevo Mundo.

La historia es una faceta importante, pero sólo una faceta, en la poliédrica construcción del Facundo. Distinguidos críticos, sin embargo, la juzgan cual obra exclusivamente histórica, empezando por Valentín Alsina. Si semejante exégesis fuera la exacta, disminuiría el valor del libro, pues cabría exigirle el aparato documental y las pautas metodológicas vigentes en producciones de ese linaje. En la carta prólogo a la segunda edición dirigida al propio Alsina, Sarmiento se apresura a desvanecer supuesto tan antojadizo. Muy cauteloso y dotado de esclarecida conciencia histórica se coloca, a nuestro entender un poco a pro- pósito, en el extremo opuesto. No afirma, siquiera, que la obra pertenezca en parte a dicho género. Ella, dice en un acceso de modestia, bien pronto se confundirá "en el fárrago inmenso de materiales de cuyo caos discordante saldrá un día, depurado de todo resabio, la historia de nuestra patria". Y como la reputa "el drama más fecundo en lecciones, más rico en peripecias y más vivaz que la dura y penosa transformación americana ha presentado", lo fascina la idea de escribirla, Anuncia lacónicamente el propósito en la edición príncipe. En la segunda exclama. "Feliz yo, si como lo deseo, puedo un día consagrarme con éxito a tarea tan grande! Echaría al fuego, entonces, de buena gana, cuantas páginas precipitadas he dejado escapar en el combate".

Le tienta particularmente la historia de la tiranía de Rosas, que califica como "la más solemne, la más sublime y la más triste página de la especie humana". Esa perspectiva lo exalta. Tiene por probados y documentados los hechos. Falta unirlos y "convertirlos en cuadro vivo, con primeros planos palpables y lontonanzas necesarias; fáltale el colorido que dan el paisaje, los rayos del sol de la patria; fáltale la evidencia que trae la estadística". Quiere oír a todos los testigos, a todas las víctimas, a los ancianos, a las madres, al pueblo entero, de ser posible. Lo detiene todavía un escrúpulo de auténtico historiador. "Falta, añade, la madurez del hecho cumplido, y el paso de una época a otra, el cambio de los destinos de la nación, para volver con fruto los ojos hacia atrás, haciendo de la historia ejemplo y no venganza". La acrisolada probidad del prócer está entera en esa reflexión, hecha cuando Rosas ocupa aun el poder. La historia no persigue fines menguados; ejerce Un sereno magisterio. Adoctrina a la posteridad. Aspira a evitar la repetición de trágicos errores, la vuelta de espantosas regresiones. La historia es una fuerza formidable, insuficientemente aprovechada.. Urge, como un imperativo vital plasmar en los pueblos tan fina y alerta con ciencia histórica que posibilite al pasado ser herramienta de soberana, eficacia en la previsora edificación del porvenir.

Absorbido por la incesante brega, Sarmiento verá truncado ese sueño de escribir la historia patria. Deseaba forjarla sobre el modelo de La democracia en América, de Tocqueville. Este libro, según es muy sabido, se transforma en aquella época en el breviario de la gente pensadora de estas comarcas, deslumbradas por la revelación del secreto de la majestuosa grandeza de los Estados Unidos. Rivadavia mitiga sus penas de proscrito vertiéndolo al castellano. Y así como Sarmiento ansía reelaborar el Facundo bajo sus inspiraciones, Echevarría, antes de morir, acaricia el proyecto de refundir el Dogma Socialista en un trabajo más plenamente orgánico. La democracia en el Plata, título que patentiza la intención de emular noblemente con la obra francesa. Ni Sarmiento ni Echevarría cumplen ese hermoso programa, como para corroborar la sentencia melancólica y con algún dejo de ironía del filósofo para un autor sus mejores libros son los que jamás escribió.

Ajustado a un plan distinto, Sarmiento da a conocer en 1883 su hondo libro Conflicto y armonías de las razas en América; lo llama "Facundo llegado a la vejez", estudio de las causas históricas y sociológicas del atraso de las naciones latinoamericanas y de sus grandes re- medios: la educación del pueblo y la inmigración europea. Hemos procurado valorarlo en una de nuestras publicaciones.

Si Facundo al difundirse representó un descubrimiento, para su autor importó un autodescubrimiento. Dos factores adversos, la misión García y las controversias con los periodistas de la oposición en Chile, y uno muy íntimo y grato, las reconfortaciones derivadas del reciente nacimiento de su único hijo varón, Dominguito, confluyen de desigual manera a exigirle el supremo esfuerzo. Despiertan las alas del genio, que le dicta misteriosamente pensamientos de altura. Será el primer sorprendido de haberlos estampado al correr de la pluma. Hallará en esas raudas páginas mucho más cosas de las que creyó verter en ellas durante el rapto genesíaco, como si la iluminación inspiradora, aunque viniendo de muy adentro, pareciera serle insuflada desde lejos.

La obra servirá de bandera a la nueva generación y de acicate para perseverar porfiadamente en la cruzada. Ve ennoblecida, como no osó imaginarla, la causa a la que ofrendan la vida. Al fin sabemos porque peleemos - confesará Avellaneda -. Pelean por destruir la barbarie, por unificar el país sobre sólidos fundamentos constitucionales, por elevarlo en el concierto mundial y hacer partícipes de los bienes de la democracia a millones de desheredados del globo. América no renunciará a ser la tierra de promisión, porque fuerzas retardatarias se complotan en el afán de desviarla de la límpida trayectoria señalada de consuno por la historia y la geografía. Rosas, ausente de la gesta revolucionaria y de la epopeya emancipadora, simboliza, a los ojos de la generación de los proscritos, no menos egregia que la de 1810, la vuelta al coloniaje, la contrarrevolución, el absolutismo de los peores monarcas españoles, operando ancestralmente. Las dianas de Caseros y la Constitución de 1853 devuelven al país a la ruta luminosa de Mayo, Como el resto de América, la República nace para vivir la vida de la libertad. Y suprimirla equivale a negar la razón de existencia de nuestra nacionalidad.

Más que un reconstructor del pasado, Sarmiento tiene el diáfano, sentido de la historia argentina y de la humanidad. El violento antagonismo entre Civilización y Barbarie constituye un dramático episodio de la pugna milenario entre las tendencias regresivas y las heraldas de la libertad y su hermana inseparable, la justicia. El gigantesco choque empieza apenas el hombre aspira a sacudir la animalidad primigenia. Prosigue sin cesar, a través de las peripecias y los avatares más diversos, determinando tumbos y levantadas, detenciones, retrocesos y avances, y no la línea continua del progreso en la que creyó Sarmiento y todo el siglo XIX.

Cruzan actualmente sus armas en la conflagración más formidable, de la historia. El vendaval bélico desata hasta el paroxismo los instintos primarios del troglodita en las filas de los defensores de la esclavitud, pero usando los recursos destructivos más pavorosos de todos los tiempos. Países que se enorgullecían de su cultura y de los prodigios de su técnica, dejan atónitos al exceder infinitamente en crueldad a los Quirogas y los Rosas, como si estos fuesen en la materia torpes aprendices. La terrible colisión sacude hasta las tumbas. Vivos y muertos se movilizan en la lucha decisiva para los destinos de la humanidad. Todos los tiranos se reconocen camaradas en la contienda, sin distinción de banderas. Por esto sus acólitos se ensañan aquí con la memoria, las estatuas y los retratos de los próceres. Pero no temamos. La libertad y la justicia demuestran a la larga su invencibilidad y han de rubricar el rotundo triunfo del espíritu sobre la fuerza bruta, de la buena voluntad sobre el odio exterminador. Los liberticidas de pasadas centurias, por un momento revivientes, volverán a sus sepulcros. En la Argentina Sarmiento ha seguido batallando contra esas espectrales resurrecciones. Las aplasta con las páginas inmortales del Facundo. Es como aplastarlas, según su soberbia imagen, con la mole imponente de los Andes.


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