Sarmiento y la secularización

por Eduardo A. Marturet

El autor es historiador y  un estudioso de la época medieval .Admirador de la música folclórica como autor de cuentos infantiles y de GENIO DE VIRTUD(sobre la vida de Enrique Pestalozzi,en colaboración con Eliseo V.Gonzalez).Conferencista sobre temas históricos ("Los antecedentes legislativos de la Constitución de 1853";"Los Jesuitas y la colonización";" Los presidentes argentinos.De Rivadavia a Alfonsín" -ésta última pronunciada en Nueva York EEUU de NA-;"Reflexiones acerca de los 500 años del encuentro de dos culturas".Participó del ciclo de conferencias denominado "Encuentro de dos mundos" organizado por la Fundación Noble del Centro Cultural General San Martín.Es egresado de la Escuela Normal de Profesores Mariano Acosta Y de la Facultad de Derecho y Ciencias Sociales de la Universidad de Buenos Aires.

Es Miembro de Número del Instituto Sarmiento de Sociología e Historia.-

Es imprescindible para ubicar el pensamiento, la acción misma y sus efectos sustantivos finales, de nuestro prócer Sarmiento dentro del campo filosófico social de lo que llamamos "secularización", que puntualice siquiera someramente, en primer lugar, qué significa lo secular, tema éste substancial en nuestra América Latina durante el siglo XIX.

    En un nivel abstracto, secularización se contrapondría a lo "sacro" conforme a lo entendía Durkheim; en otro nivel, empírico, sería la pérdida del poder de la Iglesia separándola del Estado, es decir, el que echa mano a los bienes de la Iglesia, situación ésta, que ocurrió en épocas de nuestra historia con la secularización de cementerios hasta la reforma del clero regular. Es en este segundo plano, entonces, por el cual transitaré en esta conferencia.

   En primer término, señalo que Francia aparece como el tipo referencial en la secularización en América Latina. Voy a señalar entonces diversos aspectos, sociales y políticos de este país, para cotejarlos luego con Sarmiento, y ver cómo y cuál pudo ser su real adecuación, pues, respecto a la secularización en el devenir de la humanidad. También me referiré a la Revolución Mexicana, uno de los acontecimientos mayores del siglo XX, que está precedida por hechos de clara secularización.

   En Francia, en el decenio 1879 a 1889, el ministro Gambetta identificó a la Iglesia como el enemigo, remarcando la oposición entre la República y el mundo católico. En ministro Julius Ferry, por su parte, expulsa jesuitas, disuelve conventos, dicta la ley de trabajo en día domingo; en educación, el cuerpo directivo sólo se integra por laicos; cementerios y hospitales pasan al Estado con exclusión de monjas; no más clero en colegios de varones, y un plazo perentorio para que las monjas abandonen los colegios de niñas. En relación a esto último, una segunda etapa, desde 1901 y por otro decenio, con el ministro Combes, se produce una expulsión total de la participación de las órdenes religiosas en la educación (entiendo pública o privada); así, pues, el Estado francés queda secularizado.

   México, por su parte, después de la guerra con EE.UU. (1846-1848), quedó sumamente postrado. El clero, en gran parte politizado, secundó al dictador Santa Ana, vuelto de su destierro en Jamaica. Luego de un año reaccionan los liberales, apareciendo el joven abogado Benito Juárez, indígena, enemigo de Santa Ana. La lucha irremediablemente desatada concluiría con la huida de Santa Ana por Veracruz, abandonando el campo a sus adversarios, al vencedor General Alvarez, ungido presidente, quien llamó como Ministro a Juárez, dejando luego la presidencia al Dr. Comonfort. Juárez se aleja del ministerio, pero dejando la formidable ley de secularización de los bienes eclesiásticos (unos trescientos millones de pesos). Sin perjuicio de recordar que un franciscano había guiado los pasos iniciales de Juárez, siendo éste enemigo de latifundistas, clérigos y militares. En EE.UU. Juárez aprendió a valorar la democracia siempre dentro del amor a su tierra, al indio, su hermano. Una inevitable guerra sangrienta cubrió a México. Juárez lanzó su consigna "La Reforma" y EE.UU. reconoció su legalidad. Y casi simultáneamente con la asunción presidencial de Lincoln en EE.UU. y el Gral. Mitre en nuestra patria, Juárez se instala en la ciudad de México, cuando ya llevaba más de dos años en una presidencia nominal. Viene inmediatamente la intervención extranjera consecuencia del pacto de Londres de 1861 (España, Francia e Inglaterra). No es el caso pormenorizar aquí la cruenta guerra ni la desdichada suerte de Maximiliano, pretendido emperador de la Casa de Ausburgo, hermano del emperador de Austria y propuesto por Napoleón III. El presidente Juárez no tenía reposo. Pero ejecutado Maximiliano, los liberales mexicanos quedan dueños del país mientras los conservadores y los ricos se batían en retirada. Juárez pidió perdón a Maximiliano ante su cadáver, pero consideró inevitable su ejecución. Surgirá entonces un extraordinario y cuestionado jefe: Porfirio Díaz. Juárez fue reelegido presidente por dos veces más, pero su segundo período no concluyó: la muerte lo llevó en 1872. Luego del interregno de Lerdo de Tejada, Porfirio Díaz se convertiría en dictador por un lapso, en conjunto, de unos 31 años hasta el estallido de la gran Revolución que mencioné al comienzo de esta parte de mi exposición. Revolución que mejor planeada, pudo ser tan importante como la Francesa y la Rusa. Francisco Madero, asesinado traidoramente por el General Huerta, Emiliano Zapata, Doroteo Arango "El Pancho Villa", son nombres heroicos de la Revolución; y triunfante la misma, se suceden presidencias con altísimas notas secularizadores.

   Veamos entonces en qué han consistido las mencionadas notas. El Gral. Carranza (1914) expulsó sacerdotes y monjas, obligando al episcopado refugiarse en EE.UU. mientras sus tropas cometía aberrantes sacrilegios. Álvaro Obregón (1920-1924) fue como una excepción: hizo de México un emporio pedagógico en América con la intervención del Lic. José Vanconcellos. Pero luego vendría Plutarco Elías Calles (1924-1928) que agravó los conflictos religiosos. Aquí surgirían los llamados "cristeros", debiendo intervenir el propio papa Pío XI para calmar ánimos; con Calles se llega al clímax en este tema: profanaciones de Iglesias por sus tropas y sus arengas de ¡viva el dominio!, todo lo cual concitó las respuestas de los mencionados "cristeros"; y el Gobernador de Tobasco resolvió, por ejemplo, que los sacerdotes debían casarse para ejercer su ministerio. Los gobiernos posteriores (luego de otros breves) de Cárdenas y Camacho, fueron de paz.

   Permítame tan distinguido auditorio, continuar con estas puntualizaciones de lo secular, desde el punto de vista histórico, que considero imprescindibles, para comprender, a mi juicio, qué fue realmente, lo secular en Don Domingo Faustino Sarmiento.

   La Revolución Francesa, es de considerar siguiendo a Robert Nisbet, que debido a su carácter ideológico, se trasformó en obsesión de los intelectuales durante décadas. Así, para Burke, la Revolución fue una lamentable ruptura con el pasado, provocada por las ambiciones e intrigas de una minoría, sólo se habrían necesitado -observó- algunos arreglos para enderezar el sistema; Michelet, en cambio, la consideró un alzamiento espontáneo contra el despotismo, la pobreza y la injusticia; Tocqueville, por un lado, compartió con Michelet el gusto a la libertad, pero rechazó su pasión por la igualdad y la revolución del pueblo, por el otro, contrario a Burke, la Revolución fue una continuidad con el pasado. Para la generalidad de los analistas, la Revolución se hizo "desde arriba", esto es, la misma habría hecho a los revolucionarios más que éstos a la Revolución. Hacían falta dogmas y herejías, y la Revolución los tuvo en abundancia. Cuando estalló, no existía el manifiesto deseo de abolir el cristianismo, pero sí de regularlo por completo, y el golpe más claro fue la confiscación de las propiedades de la iglesia. El racionalismo -para seguidores de Platón- tuvo el atractivo de los que creían en sus bases: la conformación del Estado Justo; pero la revolución era también obra del poder, convertido en el ejercicio de la voluntad popular como había sido el sueño de Rousseau.

   Dada la trascendencia que tiene el ejercicio secular del poder, deseo brevemente señalar, desde el punto de vista de la teoría política, dos concepciones acerca del origen del poder. Por un lado, la doctrina del jesuita Suárez, adelantado en dos siglos a Rousseau, realza el poder del pueblo, pero venido de otra forma que en la concepción éste último, es decir, no de un contrato social por el cual los individuos libres pactan entre sí, sino por un depósito divino previo que posibilita el ejercicio de ese poder soberano de los individuos, que constituyen el pueblo. Así pues, en cuanto a la delegación del poder del pueblo a quien lo ejerza, Suárez y Rousseau sólo diferirían en poco. Por otra parte, el padre Francisco Vitoria da otra concepción, aceptada dogmáticamente, al sostener que el origen del poder viene de Dios directamente a quien lo ejerce, y para sostener esta opinión se basa en las palabras que Jesús le dijo a Pilatos, el poder romano, "no tendrías contra mí ningún poder si no se te hubiera dado de arriba..." (Juan, Cap. XVIII, v 11).

   Volviendo a las consecuencias de la Revolución francesa, señalo que estamos hablando del poder como consecuencia de una estructura secular. Así, en la Declaración de los Derechos del Hombre y del Ciudadano, se expresa: "La ley es la expresión de la voluntad popular... debe ser igual para todos tanto en lo que protege como en lo castiga...". La ley Le Chapelier, al abolir los gremios, dice: "ya no existe corporación alguna dentro del Estado; no hay más que el interés particular de cada individuo y el interés general". También la Familia experimentó cambios profundos: una ley de 1792 designaba al matrimonio como un contrato civil y establecía diversos motivos que justificaban el divorcio. También la propiedad se afectó al hacerse difícil perpetuar la propiedad familiar en el agregado social. En la Educación, a partir de 1793, el gobierno asume el lugar de la familia en su control. La Religión, por cierto, fue profundamente afectada, y el lazo entre el Iluminismo y la Revolución es quizás el más claro de todos, con el golpe rotundo de la confiscación de las propiedades de la Iglesia. Claro que el humanismo que recorría a la nueva legislación se vio afectado: y fue el terror. Robespierre lo configuró y convalidó al expresar que: "...la base del Gobierno popular en tiempos de revolución es la virtud y el terror...". Desde ya que sus desvíos crueles y casi endiosamiento personal lo terminó como el había terminado con sus opositores: con el patíbulo.

   Pasemos ahora al positivismo. No voy a extenderme en su explicitación. Diré que en la versión de Comte, el "catecismo positivista", imaginó la Religión de la Humanidad. Ese positivismo sacral vino a llenar el hueco que tuvo como causa el vaciamiento producido por la secularización. El positivismo religioso se introduce en nuestra América concretamente en Brasil por Lemos y Teixeira, y por los tres hermanos Lagarrigue en Chile. Luego de fundada la República en Brasil (1889) son excomulgados de la "Igreja positivista", Benjamín Constant y Quintino Bocayuva, afectados por no haber favorecido hasta sus últimas consecuencias los postulados de Comte, esto es, no se concretó en la flamante República una dictadura republicana sino el esquema bicameral de los EE.UU. En nuestro país, la ciudad de Paraná es sede de un movimiento pedagógico, sustentado en el positivismo, también en Buenos Aires en el Colegio Nacional con Amadeo Jaques. En ese tipo de gobierno dictatorial preconizado por Comte, el mismo sostenía la abstención total del Estado en el plano de las creencias. Carlos Octavio Bunge, Ramos Mejía, José Ingenieros, entran en la combinación del biologismo y el sociologismo. Pero, en definitiva, en nuestro país el positivismo fue un real incitante de investigación científica, fundamentalmente.

   Entraré de ahora y hasta finalizar a las posturas de Sarmiento en el tema de la secularización, desde el punto de vista abordado.

   Miguel Ángel Forte, en un trabajo inspirado en su tesis de grado titulado "Los rasgos positivistas en el Facundo de Domingo Faustino Sarmiento", considera al Facundo como un texto moderno y novedoso en donde abundan, entre otros, elementos de factura positivista, pero, como ya estuvo expresado en aquella tesis, no figura según los biógrafos consultados Augusto Comte entre las lecturas de Sarmiento, por lo menos al momento de la escritura de Facundo (1845). Facundo, expresa Forte, puede ser tomado como ensayo sociológico, y para comenzar a señalar sus rasgos positivistas parte del título de la obra, Primera Edición: "Civilización y Barbarie" y como subtítulo "Vida de Facundo Quiroga". Al igual que Comte, Sarmiento descubre el carácter antagónico de la sociedad. Diré que Forte efectúa una detallada revista a los conceptos sarmientinos que hacen a la "Sombra positiva de Facundo", como titula el trabajo que estoy citando. Y concluye diciendo: "Sarmiento, entonces, escribe Facundo dieciocho años antes de que se formule la metodología positivista para indagar la historia de una sociedad lo cual constituye una anticipación de las ideas que tendrían por objeto la faculté maitresse -el carácter dominante- de la vida social, revelada a través de los mismos elementos que tomaría en consideración ulteriormente Taine, a saber: ámbito físico, caracteres humanos, manifestaciones gregarias fundamentales y su gravitación en la organización política y comunitaria".

   Después de haber analizado en todo lo precedente, lo que la secularización -como adjunción de postulados sostenidos por el Iluminismo, la Ilustración, el Positivismo- y extraídos sus aspectos que yo llamaría negativos o no contributivos al bien del hombre, habida cuenta obviamente que lo secular no es malo por definición, en modo alguno, sino que aludo a la secularización en lo objetable, precisamente por aquello que no resulta contributivo al mencionado bien, tal los muchos ejemplos de Francia y México que he creído citar.

   Pregunto entonces: ¿Sarmiento puede catalogarse dentro de ese esquema de secularización negativo, considerando todo lo que él sabía en su tiempo sobre el particular, en razón de su genialidad, y aún tomando elementos de la ciencia política y social posteriores a la vida de Sarmiento y que pudieran retroactivamente imputársele?. Respondo ciertamente que no. Veamos.

   El propio Martínez Estrada, al referirse críticamente al ejército, al clero y a la burocracia, sostiene que nadie ha podido revelarse al poder de dichas instituciones, y que hombres como Moreno, San Martín, Rivadavia, Alberdi y Sarmiento, son víctimas propiciatorias, agregando que éste último no combatió a ninguno de esos tres poderes, limitándose en sus campañas periodísticas al mencionar a algunas aberraciones aisladas. Por ello, Estrada dice: "simple quiebra en la armadura mental de Sarmiento que nos demuestra en él un aspecto de timidez cuando no de incomprensión de las verdaderas causas de nuestros irremediables males". Si bien veremos cómo la afirmación de Estrada es acertada por cuanto la actitud de Sarmiento no fue de pleno rechazo a las instituciones citadas, no creo, sin embargo, en esta actitud timorata que Estrada parecería atribuirle a Sarmiento, es más, creo que de timorato lejos estuvo de serlo: cuando debió decir verdades las dijo con todo, cuando debió ser prudente y callar, que es una gran virtud, lo fue.

   Digo entonces: ¿no sostiene de Quiroga Sarmiento, obispo de Cuyo, que "es uno de los caracteres más modestos que puedan ofrecerse a la consideración de los hombres", ¿acaso no nos dice en Recuerdo de Provincia que el presbítero José de Oro fue su maestro y mentor?. Allí dice: "salí de sus manos con la razón formada a los quince años, valentón como él, insolente contra los mandatarios absolutos, caballeresco y vanidoso, honrado como un ángel"; luego señala: "hasta sus modales y las inflexiones en voz alta y sonora se me habían pegado"; para concluir: "creolo un santo, y me huelgo de ello, que así pudo transmitirme sus sabios consejos sin que embotara su eficacia la duda que trae el ejemplo contrario". Todos los elogios a Don José de Oro no se compadecen, sostengo, con el casi desprecio que parecería debían tener los grandes hombres contra el clero. Y no sólo respecto al presbítero Oro, sino que de la ilustre familia de Don Miguel de Oro elogia Sarmiento grandemente al mayor de los hijos de Don Miguel, al que fuera fray Justo de Santa María que venía a "perpetuar el nombre de fray Justo Albarracín, su tío, que era cuando el nació, la lumbrera del convento de Santo Domingo y el timbre de la familia" como textualmente escribe, agregando luego, entre otras cosas, que, consagrado Obispo, fray Justo siempre mostró "la energía de aquel carácter y la pertinacia de designio que engendra las grandes cosas".

   En este contexto, agrego, es imprescindible citar al deán Gregorio Funes. Dice nuestro prócer Sarmiento respecto al deán: "El sacerdocio fue cual convenía a la situación de las colonia españolas, el teatro en que iba a desenvolverse su carrera. Educado por los jesuitas, conservóles siempre aficción, no obstante las diversas transformaciones que más tarde tomaron sus ideas...". Gran orador fue el deán, lo que se acreditó notablemente en el discurso fúnebre que pronunció a la muerte de Carlos III. También un profundo sabio (Liniers envió a sus tres hijos a recibir sus lecciones), como lo atestiguan los nombres de otros tanto discípulos suyos: Don Juan Cruz Varela, el Dr. Alsina, Salvador María del Carril, Lafinur. Es más, indiquemos que todos los movimientos preparatorios para la revolución de la independencia hacían del célebre deán, su centro natural. "Un día -dice Sarmiento luego de la muerte del deán- iré a buscar con recogimiento religioso, entre otras tumbas de patriotas, el lugar que ocupa la que el siguiente decreto mandó a erigir en su memoria".

   Dije más arriba que Sarmiento supo valorar al clero en sus nobles representantes, como también a aquellos militares héroes sin mancha -esos que ponen el pecho antes que sus soldados-, y a toda buena gente sin averiguar interesadamente sus defectos interiores. Siempre estará y está el Gran Juzgador para ello. Lo que no hizo Sarmiento y permítaseme una expresión popular, pero de suyo explicativa, "no metió a todos indiscrimidamente en la misma bolsa".

   ¿Cuáles fueron, entonces, sus esquemas secularizadores, yo diría casi subjetiva o personalísimos "esquemas secularizadores"?. Porque si recordamos la secularización en los tonos como la presenté en la primera parte de esta exposición, vamos decantando qué lejos estuvo Sarmiento de aquellas actitudes secularizadoras negativas, aún cuando tuvo el poder en sus manos al llegar a la presidencia de la Nación. Es cierto que muchas veces no concilió con la Iglesia, o en aspectos de la religión que criticó, ¿pero en qué forma y con qué alcances?. En tal sentido, dice Lugones, no obstante resaltar aspectos de aquellas críticas, que el espíritu de Sarmiento era religioso como el de todos los trascendentes.

   Recordemos, pues, la recomendación final de Sarmiento a su amada hija: "Yo les he respetado sus creencias sin violentarlas jamás. Devuélvanme ahora ese repeto. Que no haya sacerdotes junto a mi lecho de muerte. No quiero que una debilidad pueda comprometer la integridad de mi vida". Sin embargo, el respetuoso prócer comienza su testamento fechado el 16 de noviembre de 1886, cuando habría de morir casi dos años después, de esta forma: "En nombre de Dios Todopoderoso, yo, Domingo Faustino Sarmiento...".

   De los textos fundamentales de Sarmiento, selección de Franco y Amaya tomados de libros del extraordinario escritor sanjuanino, cito algunas expresiones del prócer: "yo soy católico de origen y de forma en aquellos países, donde tenemos que luchar para vencerlo y hacerlo útil al progreso" (Discurso en la Masonería, 1868). Ante una afirmación papal que no reconocía como doctrina la "soberanía popular", Sarmiento expresó: "Tranquilizaos. Podemos ser cristianos y muy católicos, teniendo por base de nuestro gobierno la soberanía popular". No es el caso extenderme sobre sus objeciones a muchos aspectos clericales o religiosos, pero es de aclarar que tales objeciones nunca llevaron el ataque a lo dogmático, a la fe de los pueblos. Ya he expuesto sobre aquellos clérigos que admiró y amó. En "El Nacional", 22 de febrero de 1883, expresó: "La América española ha gozado de un derecho propio eclesiástico, que siendo orgánico, debe conservarse incólumne". Actualmente, agrego, quizá no supuso nunca Sarmiento que sus respetuosas críticas hacia actitudes de la Iglesia a través de la historia, han sido materia de la formidable actitud del Papa Juan Pablo II al pedir, con profunda compunción, nobleza y humildad, perdón por todos los excesos y errores cometidos por la Iglesia Católica. Ojalá, que la actitud del Pontífice mueva igualmente a pedir perdón a Dios y a la Humanidad, a todos aquellos Credos, o Instituciones religiosas o no, y a todas las personalidades notables de la historia, por sus acciones u omisiones negativas hacia el hombre en el devenir de los tiempos.

   El mismo Sarmiento tuvo errores. ¿Cómo no habría de tenerlos si fue un ser humano?. Sí, tuvo expresiones como las dichas a su dilecta amiga Miss Mann, luego de la guerra con el Paraguay, frente a la tremenda mortalidad de hijos guaraníes de esa tierra: "...era preciso purgar la tierra de toda esa excrecencia humana". Recuerdo que también Alberdi expresó que la libertad sólo se consigue siendo ricos y que la fe está en la bolsa y no en la Iglesia. Pero como sostiene Lugones, "ambos campeones se encargaron de probar lo contrario con sus vidas ejemplares", porque "la verdadera riqueza consiste en los dones del espíritu, simbolizados por el lirio evangélico que no hila ni teje y está más bien vestido que los reyes". Y mientras Sarmiento iría a morir a una casa de madera en la noble tierra de aquellos guaraníes paraguayos, Alberdi lo haría en la suma pobreza en la lejanía de París. En tal sentido, en sustento de esos humanos errores, como dije antes tantas veces cometidos aún de buena fe, podría aplicarse al propio Sarmiento, lo que se lee en el Martín Fierro, frente a los exilios del sanjuanino:

Es triste dejar sus pagos

Y largarse a tierra ajena

Llevándose la alma llena

De tormentos y dolores,

Mas nos llevan los rigores

Como el pampero a la arena

   ¿No fue error también el del arrebatado O´Higgins al avanzar contra los realistas de Maroto, fuera de las instrucciones del Jefe San Martín, y que casi transforma Chacabuco en derrota, obligando a nuestro General a escribir el parte de la batalla diez después de la misma, cuando acostumbraba hacerlo el mismo día de la lucha (por ejemplo, en San Lorenzo y en Maipú)?. Y si así lo hizo sería para pensar y encubrir en todo lo posible, la arriesgada maniobra del valeroso e impetuoso patriota chileno. ¿No fue un error el de Belgrano -uno de los hombres más limpios y bellos de nuestra historia- impulsado por las circunstancias mandar a fusilar al Coronel Juan Francisco Borges, sentencia cumplida por Lamadrid, y tan lamentada por el General Paz, ya que tal ejecución fue con ausencia de un juicio formal?. Hecho este tan similar al de Bonaparte al mandar a fusilar al duque de Enghien.

   Sin embargo, los errores aunque a veces desbordantes de estos grandes hombres muchas veces estuvieron impulsados, paradójicamente, como lo dijera anteriormente, en la buena fe. Aún los propios caudillos, tal el caso de Felipe Ibarra cuando como federal traicionado por el unitario Santiago Herrera, con motivo del asesinato del hermano del Gobernador santiagueño, al ordenar la ejecución del unitario, hubo de decirle al mismo: "Santiaguito, algún día, puede ser, los dos tendremos razón".

   ¡Ah, la secularidad de Sarmiento!. Cuenta Lugones que Don Félix Frías, gran católico, solía decir a Sarmiento "con toda el alma", no hallando reparo que ponerle: "sólo le falta ser católico. Hágase católico". Y a otro amigo, el obispo Achával, recordándole todas las escuelas edificadas en América, Sarmiento le diría: "Diga si cultivar la inteligencia, no es acercar la criatura al Creador". "Su intento -continúa Lugones- de hacer obispo a fray Esquiú, demuestra que sabía discernir el estado de santidad en los humildes...".

   Aun cuando Sarmiento habla de "romería a Luján" ("El Nacional", 16 de mayo de 1883), y de las mil quinientas personas que fueron a visitar el santuario, expresa: "Escribimos estas ideas sin espíritu ninguno de crítica, por más que reputamos fruta madura en invernáculo..." Y agrega luego: "eso va buscando el buen cristiano a Lourdes, a Luján, algún signo que muestre a los indiferentes, a los incrédulos, a los impíos, que hay en efecto el poder de hacer milagros en ciertas imágenes y localidades, ya que a los hombres se les ha negado, en estos tiempos de química, de física, de teléfono". Ningún presidente y de ideas liberales, fue tan tolerante en materia religiosa como Sarmiento. Existe un oficio del Arzobispo Aneiros, concluida la presidencia de Sarmiento, donde le agradece el respeto que había observado con la Iglesia. En cuando a la actividad en la masonería, no pasó ciertamente Sarmiento a la historia, por masón. Afiliado a la Logia "Obediencia a la Ley", al asumir la presidencia se desligó de la Orden, para que nada trabase su libertad de actuar. Si ser masón -habría dicho Sarmiento en una oportunidad- es atacar a la religión católica, dejaré de serlo...

   Un aspecto que fomentó críticas a Sarmiento, fue sin duda, y no el menor por cierto, su concepción de la "enseñanza religiosa". Para ello citaré algunos párrafos del excelente trabajo de mi erudito condiscípulo de la escuela Normal, el Profesor Cristóbal Garro, titulado "Sarmiento y la educación", y que por claridad y conceptualidad, no merecen explicaciones adjuntivas. Dice el Profesor Garro: "La ley 1.420 (que estableció la enseñanza primaria obligatoria, gratuita y gradual, a la que se ha agregado la cualidad de laica, por ser neutral en materia religiosa, aunque acepta la enseñanza de todas las religiones por medio de sus respectivos ministros, fuera de las horas obligatorias de clase), es obra del pensamiento sarmientino, de los hombres que fueron sus discípulos intelectuales y del Congreso Pedagógico de 1882, del cual fuera padre espiritual". Explica entonces el Profesor Garro la necesidad de la época de atraer inmigración, sin obligaciones ni imposiciones dogmáticas. Y que la propia Iglesia católica, al transcurrir los años y las experiencias, y que se tuvo por agraviada por la citada ley, es la que aboga por la libertad de enseñanza no sólo en nuestro país sino en el mundo entero. Sarmiento, agrega el profesor Garro, no podía lastimar el sentimiento católico quien nació en hogar católico, y escribió en Chile "La conciencia de un niño" y "La vida de Jesucristo" como obras destinadas a la preparación espiritual.

   Balanceando todo lo que hasta aquí he expuesto, ¿el secularismo de Sarmiento tiene parangones con el secularismo experimentado en Francia o en México?. ¿Ocurrió en nuestro país, y durante Sarmiento, lo que en 1870 se estableció en Venezuela por su Constitución, que prohibió las órdenes religiosas, para el presente y el futuro?; ¿como Guatemala con los Jesuitas, o el Salvador, o Costa Rica, o con Guatemala otra vez, al determinar que el clero no podía usar sotana?; ¿o volviendo a la Revolución Francesa que convirtió a Notre Dame en un Templo de la Razón, organizándose un festival para inaugurar el nuevo culto, y despojada de sus adornos religiosos erigiéndose el Templo de la Filosofía, entronizándose a Mademoiselle Maillard, una conocida actriz, como la diosa de la Razón?.

   Esta secularización fue sinónimo de herejía, despotismo, avasallamiento. Lo secular en Sarmiento jamás tuvo esos aspectos.

   Finalmente, desde el punto de vista de la teoría sociológica, indico que Gino Germani brinda una distinción tipológica entre la sociedad premoderna y la moderna, al señalar que en la primera predomina su carácter sagrado, atemporal, intocable por el cambio (en palabras de Durkheim se impone la "conciencia colectiva"); en la sociedad moderna, llamada secular, por el contrario, se basa no sobre valores inalterables de la tradición, sino también sobre actitudes racionales y sobre la disposición al cambio. Sarmiento, como hijo ilustrado, se hace eco de esta distinción en Facundo. Pero esta distinción de Germani, en sus aspectos sustanciales nos remite a las consecuencias del proceso de secularización, y sostengo en ese sentido que Sarmiento, en dicho proceso, no participa de los efectos negativos a los que aludí más arriba, por el contrario, todo su legado histórico tiene como horizonte el bien común.

   Por ello, concluyo, parafreseando una expresión, no es razonable ni justo sacar fuera sin reparos -cuando se habla de Sarmiento en este controvertido aspecto de la secularización- errores o apresurados prejuicios, ya que correremos así el grave riesgo de dejar dentro los altos valores de sus grandes y perdurables virtudes.

                                                         Eduardo Angel Marturet.


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