LIDIA DE CADAQUÉS. LOCURA Y ENAJENACIÓN
(ARRIBA, MADRID, martes 9 de agosto de 1949)
POR EUGENIO D ORS
No de Freud, en Viena, ni de Adler, en Zürich, ni de ningún surrealista, en las islas Hyéres, parece provenir la más válida clasificación de la vesania; sino, de Sarmiento y del parlamento argentino. En el cual, y como, cierto día, un diputado se corriera a tratar de «loco» al grande hombre, éste, con majestuosa calma, hubo de repicarle así: - «Tiene razón su señoría: yo estoy loco. Pero, le advertiré que hay tres clases de locos: los «locos», los «locos lindos» y los «locos de»... Aquí, nuestra póstuma campanilla le corta la palabra al orador. El cual, tras de la inconveniente expresión estercolaría, prosiguió, tan tranquilo... «A esta última clase de locos, pertenece su señoría».Lo mismo da el que hablemos de esquizofrenia que de psicastenia. Lo malo está en confundir la enajenación con la locura. Ésta propende siempre a hundirse en la tercera clase de la clasificación. La manía tiene una fatal curva, que lleva a la imbecilidad. Varias mujeres hubo, entre 1912 y 1922, que aseguraron ser Teresa la Bien Plantada. Una de ellas, a Xenius, en ocasión de visitar un manicomio, en compañía del doctor Alzina y Melis, de Bolonia, se le colgó al cuello, prodigándole las expresiones de ternura más obscena. A otra infeliz, una señorita, sus buenos padres la llevaron a la Ciudad de los Dogos, donde acabó alquilando a un gondolero para ella sola, al cual llamaba postizamente «Nando».
Este nombre de «Nando», aplicado en el libro a un pescador, en horas en que el autor del relato no pensaba, ni remotamente, en el de Cadaqués -O tal vez, sí; ¿Quién sabe?, la memoria tiene razones de que la razón no se percata-, dio pretexto a uno de los detalles que despistaron, al orientarla, a Lidia; haciéndole encontrar referencias precisas a sus playas, donde había notas extraídas de Port de la Selva, de Argentona, de Vilasar de Mar, de Soller de Mallorca y del Porta-Coeli de Valencia; acaso, de otros lugares. De ahí, a tomar ella sobre sí - que, en realidad, ni un mínimo dato había proporcionado a la ficción- cuanto el autor aprendiera en María Gay, en úrsula Matas, en Teresa Baladia, en la hermana de Maynés, en Mercedes Craspar, en la Mercedes Nicolau adolescente y, como decía Rafael de Urbino, sobre los rasgos fisonómicos, en la Fornarina y en Simonetta, no había más que un paso. La exaltación de Lidia lo dio, con su cómplice soledad; pero este paso le debía conducir, no a la región de la tercera clase de Sarmiento, como a las Bien Plantadas manicomiales, sino más allá de las clasificaciones. A la enajenación, si se quiere, mas no a la locura; no a la idiotez, sino a la personalidad; no a la muerte civil, sino al cultural nacimiento de un mito.
Enajenarse es convertirse en algo ajeno a lo que se es. Se enajena quien, por dispersión mental, llega a sentirse otro, o un objeto o el actor de alguna anécdota; pero también quien, por amor, ascensión mística o cristalización entusiástico, asume la conciencia de una encarnación del espíritu, de una idea o de una categoría. Él «loco- lindo», de Sarmiento, empieza ya por encamar una manía, un capricho. El Elegido, el Numen, encarna un «eón», un estilo, una verdad. Como el de un glorioso Numen, no el de una pobre esquizofrénica, debemos guardar el recuerdo de Lidia. Mejor aún que el recuerdo, la lección; puesto que no se trata aquí de Historia, sino de Cultura.
Para poner las cosas en este punto, en su punto, se escribe el presente evangelio de Lidia, la de Cadaqués. Y también, un poco, en guisa de pago de una deuda. Como un «Leit-moti»> en el curso de aquél, se ha repetido la sentencia que designa como lo más triste, en quienes sufren delirio de persecución, el tener razón. Esta razón, venenosa para la razón, hubiera podido robar, por lo menos, la serenidad a un hombre, en quien la injusticia se cebaba. A orillas del abismo, le colocaron inicuas hostilidades, más de una vez. Si salió indemne, quizá se debió a una misteriosa asistencia lejana, que logró tomar sobre sí el veneno; tal chupa el saludador la herida hecha por la mordedura de un can. Una Comadre oscura pudo ser el vaso expiatorio que preservase a un hombre, a un pensamiento y a una obra, de precipitarse en las tinieblas, desde la luz."
(fragmento de una narración publicada posteriormente en forma de libro bajo el título: "La verdadera historia de Lidia de Cadaqués", 1' ed., José Janés, Barcelona, 1954; 2' ed., Planeta, Barcelona, 1982 y que recogerá el cuarto volumen del "último Glosario")
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