HOMENAJES SIN AGRAVIOS
Por Juan Jose Cresto

El cambio de nombre de una calle o avenida de una ciudad es siempre una novedad y un trauma. En Florencia, la calle Tuornabuoni, que es sinuosa, no puede tener cambio de nombre porque - dicen los florentinos- tiene seis siglos de antigüedad. En las viejas ciudades europeas encontramos nombres como La del Hilo y de la Aguja, donde residían los sastres, la Del Hombre que Pesca, de los marineros, y otras tantas que describen oficios.

En Buenos Aires hay una manía irrespetuosa contra la tradición que se refleja en el cambio de los nombres, generalmente sustituyendo a un prócer por otro. Se procura, ahora, cambiar la avenida Sarmiento por Juan Manuel de Rosas, en Palermo, donde éste tenla su casona y en cuyo trayecto no residen vecinos que podrían tal vez quejarse.

Sarmiento también tiene que ver con la zona. Después de su presidencia, pidió al doctor Avellaneda, su sucesor, hacerse cargo del parque Tres de Febrero, que cubrió de árboles y donde construyó senderos y caminos, que representa hoy uno de los pocos espacios verdes de la ciudad. Sarmiento es el civilizador por excelencia y el que dio mayor impulso a la educación pública, y Rosas es también una figura de la historia, que desde su cargo de gobernador de Buenos Aires, o aun desde el llano, gobernó al país todo durante 25 años. El historiador analiza los documentos y exhibe méritos y contradicciones de los protagonistas, trabaja con el pasado, con un mundo muerto. En el Museo Histórico Nacional se rinde homenaje a todos, porque la patria se hizo con ellos y no se puede discriminar a unos por sobre otros, pero tampoco retirar un homenaje y un recuerdo como un agravio gratuito.

Los nombres forman parte de la fijación sensible del lugar. Rosas ha sido reiteradamente criticado y también Sarmiento, pero uno y otro merecen tener calles, plazas y parques, o lugares públicos que los recuerden, pero no a expensas de lo ya existente, cualquiera sea el nombre que tenga. La política de Rosas responde a una época primitiva del país y la de Sarmiento, a un presente permanente. No se debe hacer política con la historia ni usar el pasado como argumento para los hechos actuales que afecten nuestra tradición.