SARMIENTO Y ROSAS
Por ALFREDO ORGAZ
 

Disertación pronunciada el 11 de agosto de 1960 en el Instituto Sarmiento de Sociologia e Historia de Buenos Aires

   Sarmiento, mirado desde fuera, como habitualmente se lo mira, era en su acción y hasta en su apostura física un ser imponente y macizo. Es curioso comprobar cómo el símil que más inmediatamente brota para caracterizarlo, es el de la montaña. Todos o casi todos los que han escrito sobre él tienen de común esa alusión a la montaña para representar gráficamente su personalidad: se siente que Sarmiento es como una montaña, no sólo ni principalmente por su grandeza, sino también por su solidez compacta, por su sobriedad ruda, Por su poderosa voluntad, por la ancha base con que se asienta sobre el suelo de nuestra América.

    Su naturaleza física era también vigorosa y cerril, según se sabe: ni alto ni bajo, membrudo de cuerpo, la cabeza irregular y grande los brazos largos y un poco simiescos, que él disimulaba al caminar llevándolos hacia atrás, con las fuertes manos aferradas al bastón; la espalda ancha y con agobio, lo que daba a su figura una "agachada solidez de toro lento", como dijo Lugones; el rostro, pequeño en relación a la cabeza, era indudablemente feo, pero con esa fealdad hermosa que es propia del hombre y del oso, conforme al dicho popular; la frente alta y en forma de bóveda, la nariz recta y carnosa; los ojos, bajo las cejas abundantes, con una habitual mirada enérgica y avizora, pero a veces cansada y húmeda en los frecuentes trances de desaliento o de tristeza; las orejas grandes, la boca fuerte e imperiosa, la mandíbula excesiva como una quijada.

    ¡Pero qué tiernos suelen ser por dentro los hombres que por fuera aparecen ásperos y duros! Se diría que en ellos la vida, para subsistir, erige espinas y rugosidades que preserven la entraña tierna y frágil, como se ve en el cactus frente al medio ardiente y hostil que lo circunda. Ved, en cambio, su reverso en aquellos otros seres, impasibles por dentro y por fuera, irónicos, implacables: pensad, por ejemplo, en Rosas. Ya se ha observado muchas veces que en casi todos los respectos Sarmiento es el anti-Rosas, ejemplares definidos de dos tipos antagónicos. Los biógrafos de Rosas, aún los que estuvieron más cerca de su intimidad o que lo juzgan de modo más benigno, no recuerdan ninguna anécdota, ningún episodio en que Rosas se mostrase prodigando su ternura, así sea fugazmente, siquiera a la madre, a la esposa o a la hija. Las anécdotas que de él se cuentan sólo destacan su carácter astuto y dominante, como el episodio tan conocido de su treta a fin de obtener de la madre el asentimiento para su boda con Encarnación Ezcurra; ¡boda de dos seres análogos por su insensibilidad para las emociones delicadas: ". . . el estrechísimo vínculo de esas dos almas que se complementaron para la acción y se comprendieron -dice Ibarguren- no palpitó jamás con ternura, ni se recogió con delicadeza, ni sintió la emoción inefable del misterio de la vida interior". Mansilla, sobrino carnal de Rosas y con bastante proximidad como para conocerlo a fondo, lo pinta así en estas pocas pinceladas: "Es un realista desequilibrado; no tiene nociones altruistas; vive demasiado dentro de sí mismo para pensar en los demás. Que piensen ellos en él y lo empujen. El no pensará en ellos sino cuando sean sus instrumentos pasivos".

    ¿Cómo ha de verse en Rosas un grande hombre, uno de esos ejemplares en que se da con mayor plenitud la sustancia de lo humano, si estaba monstruosamente mutilado en su capacidad de amar, si era ciego para la ternura, sordo para las emociones más puras y generosas? Su papel en nuestra historia es, sin duda, de notable significación, pero como podría serio un acontecimiento terrible de la naturaleza, una conmoción sísmica que, sin conciencia y sin finalidad, derriba lo que estaba caduco o inseguro y hace posible después la reconstrucción. Rosas fue grande como instrumento del destino en nuestra historia, pero pequeño como hombre, inferior y mezquino como ejemplar de lo humano. Ensalzar a Rosas tiene tanto sentido como ensalzar a un terremoto o a un huracán...

    Es siempre muy importante para apreciar a los hombres, a los conspicuos como a los humildes, conocer sus emociones, indagar sus sentimientos frente a las cosas y a los hechos cotidianos. No me refiero solamente a los arranques y a las explosiones de la sensibilidad, que en horas excepcionales suelen desatar el llanto aún a los hombres de mejor temple. Sarmiento tenía las lágrimas muy fáciles y más de una vez las derramó con abundancia por motivos diferentes: en la muerte de la madre y de Dominguito; cuando se despidió de éste en San Juan; en el asesinato de su gran amigo Aberastain; cuando escribía su oración fúnebre a Rosarito Vélez, hija del codificador, o cuando recibía algún homenaje popular; y hasta por motivos puramente religiosos, como en el episodio que él recuerda en el capítulo 19 del "Facundo", cuando el dueño de la estancia en que él se hospedaba, en la sierra de San Luis, hizo un fervoroso ruego a Dios, en voz alta, pidiendo lluvias para los campos, fecundidad para los ganados, paz para la república, seguridad para los caminantes: "Yo soy muy propenso a llorar --dice y aquella vez lloré hasta sollozar por- que el sentimiento religioso sé había despertado en mi alma con exaltación. . . "'. No hablo sola- mente de las lágrimas, pues también suelen llorar con facilidad y con deleite los hipócritas y los histriones y aún los simples sensibleros, sin decoro interior y sin hondura. Me refiero sobre todo a esas expresiones generalmente tácitas y apenas visibles desde fuera, que son como las confesiones a media voz de un alma sensible y pudorosa: escenas de la vida cotidiana, actos y palabras de la intimidad y a espaldas del público, páginas escritas con motivos hogareños o para desahogo personal, cartas y papeles privados... En suma, todo ese vasto mundo recatado en que transcurre la verdadera existencia de los hombres, cuando se despojan de los lucidos ornamentos de la vida mundanal y pública.

    Hay muchos de estos testimonios para llegar hasta la intimidad del gigante sanjuanino, tantos que sería vano intentar referirse a todos ellos en esta sola disertación. En sus varios libros y en sus numerosísimos escritos sueltos, se hallan con frecuencia pasajes en que transparece, de pronto, su ternura cristalina, su dolor ante el recuerdo de los muertos queridos, sus desfallecimientos y sus amarguras de desterrado, su noble y casi alegre conformidad con su pobreza. Sarmiento era, sobre todo, un sentimental, un ser de emociones y de pasiones generosas, y esta condición profunda se refleja constantemente en sus actos, en sus libros, en sus cartas, en todas las ricas manifestaciones de su personalidad multiforme y avasalladora.

                                           Alfredo Orgaz