Homenaje a Sarmiento. Recoleta, 11 de septiembre de 2002.

Por Olga Fernández Latour de Botas 

 

La Institución Sarmientina que preside la señora Susana Izquierdo de Doria me ha hecho el honor de invitarme a pronunciar algunas palabras alusivas en este acto conmemorativo del fallecimiento del prócer que es su patrono: don Domingo Faustino Sarmiento.

Otras veces he dicho o escrito que acaso lo más sorprendente de la herencia que Sarmiento ha dejado para la memoria de sus compatriotas es su vigencia, su persistente vitalidad. De algunas personalidades más próximas que él en el tiempo puede sostenerse que alcanzaron la condición de "próceres"; de pocas puede afirmarse que, como Domingo Faustino Sarmiento, siguen mereciendo el tratamiento – apasionado en vítores y abucheos- que se da a los "contemporáneos".

Y esto es así, lamentablemente, no por las virtudes de nuestra sociedad sino por sus defectos: por la constante permanencia en ella de los elementos negativos que Sarmiento señaló como escollos para el desenvolvimiento de una Nación a la cual, por otra parte, el ilustre estadista reconocía condiciones excepcionales para su desarrollo; de un país, al que amaba entrañablemente.

La lucha de Sarmiento contra la "barbarie" - anterior en sus planteos a la formulación de las teorías del evolucionismo antropológico que establecieron como etapas del desenvolvimiento de las culturas las de "salvajismo", "barbarie" y "civilización"- tiene una característica que a veces, y hasta nuestros días, suele ser soslayada por los críticos. En el "Facundo", por ejemplo, su obra paradigmática en este sentido, no se trata de revelar un antagonismo – por demás evidente- entre Civilización y Barbarie, tampoco de plantear la opción Civilización o Barbarie, como a veces lo han interpretado lecturas ligeras, sino de establecer que, al menos en la sociedad argentina de su tiempo, civilización y barbarie son dos principios que conviven, que crecen uno junto al otro como el trigo y la cizaña de las Sagradas Escrituras, por lo que, si se pretende arrancar la cizaña del campo sembrado se corre el riesgo de arrancar junto a ella muchas plantitas tiernas del preciado cereal.

Pero ¿qué es la barbarie? En su origen se aplicó este vocablo a lo que es rústico, no pulido, especialmente a las hibridaciones del latín con las lenguas de los " indigens" europeos cuyas calidades fónicas imita la misma palabra "bárbaro", recurriendo a la onomatopeya. En resumen, lo bárbaro es lo "otro", lo diferente, aquello con lo que no se ha establecido aún un buen puente comunicativo por lo que puede suponerse que no participa de los principios y valores del grupo dominante y por ello debe ser enfrentado como enemigo. La incomprensión es aquí el verdadero riesgo, pero caer en la barbarie, de todos modos, significa un atraso, un retroceso, para quienes han alcanzado la visión aristológica de la ciudad, o sea la civilización.

Faustino Valentín de Quiroga Sarmiento, hijo de Mayo –como que nació el 15 de febrero de 1811-, combatió en su propia persona - y empeñó su vida entera en enseñar a los demás a hacer lo mismo- la herencia colectiva de barbarie instalada , como cizaña en campo de trigo, en la armoniosa vida de su medio provinciano. En lo personal procuró, sobre todo, adquirir dominio del propio idioma y de las principales lenguas extranjeras, como elemento fundamental para la comunicación entre los hombres y entre los pueblos. Luchó por desterrar toda forma de superstición y execró al fanatismo, fuente de odios y generador de guerras. Defensor de la libertad religiosa, fue hombre de Fe, cristiano sensible hasta las lágrimas frente a las puras manifestaciones de la devoción popular. Buscó la verdad y la justicia hasta en lo emblemático, y así procuró restaurar la condición prístina de los símbolos patrios, como lo hizo en las bellas páginas sobre los colores de la bandera nacional contenidas en la obra "Campaña en el Ejército Grande Aliado de Sud América"(Boletines números 18 y 20) . Se empeñó - entre otros empeños- en enseñar los lineamientos esenciales para una racional instalación humana en territorios de la Argentina reconocidos entre los más fértiles y potencialmente ricos del planeta, como los de la pampa porteña, y escribió con ese fin una obra que tendría que servir en estos días para encauzar las vidas de tantas familias que vagan sin rumbo ni destino por las contaminadas calles de nuestras ciudades más populosas: su "Plan combinado de educación común, silvicultura e industria pastoril aplicable al Estado de Buenos Aires", publicado en 1855.
La obra de Sarmiento es casi inabarcable por su continente material - los cincuenta y dos tomos de sus Obras Completas- y por su contenido filosófico, sociológico, literario, periodístico y, sobre todo, educativo.

Fue Presidente de la Nación Argentina entre 1868 y 1874 y dejó en su huella luminosa signos tan diferentes como la fundación de las Bibliotecas Populares, del Museo de Ciencias Naturales, del Observatorio Astronómico de Córdoba, del Colegio Militar y la Escuela Naval de la Nación, de numerosas escuelas primarias y secundarias. Su apasionada vida lo muestra tanto cajoneando en la guitarra el baile de una zamacueca en Chile, como alentando el ahorro popular mediante el elogio del tirador ornado con monedas de nuestro paisano, o defendiendo con increíble sentido práctico... las palmeras del Parque Tres de Febrero.

Como muchos de nuestros grandes hombres, este "héroe civilizador" falleció fuera del país. Su gran corazón dejó de latir en Asunción del Paraguay el 11 de septiembre de 1888.

Por esto es que el 11 de septiembre de cada año ha sido instituido en la Argentina como "Día del Maestro" y lo mismo ocurre en el estado de Massachussets, Estados Unidos de Norteamérica, donde fue establecido por un decreto de 1976.

Pero esta fecha no está para nosotros asociada sólo al descanso eterno de un gran hombre argentino. Hace hoy un año, la dramática actualidad protagonizada por aquel mismo país del norte que acogiera al maestro sanjuanino en su panteón de beneméritos, nos mostró, en imágenes imborrables de destrucción y de muerte, que la antigua cizaña de la barbarie, del fundamentalismo homicida, de la suicida irracionalidad y sobre todo de la incomprensión, sigue viva en el mundo y es capaz de ahogar las más cuidadas siembras y trocar en destrucción lo que debió ser cosecha de cultura y de vida.

Sarmiento nos advierte sobre esos mecanismos perversos, por ello es que su palabra no puede quedar sola en los anaqueles de las bibliotecas: hoy más que nunca necesita ser publicada, difundida, aplicada a la realidad en que vivimos. Por ello, aunque Sarmiento esté en el bronce y en el mármol, sentimos que esos materiales no lo contienen; sabemos que lo que debe trascender y perdurar es el Sarmiento vivo, en la indudable actualidad de su palabra profética.