La organización política del país fue un problema más difícil que el de la libertad. Ningún muchacho, sobre todo si era de temperamento belicoso y expansivo, podía escapar a las turbulencias de la época. La ola de la guerra civil llegó a San Juan, y abrió para él un nuevo ciclo de acción.
-A engancharse tocan, y el mejor oficio es el de pelear - era la voz que vibraba en el ambiente.
Y Domingo Faustino, que sobre las páginas de los libros se había identificado con Leonidas, con César, con Wáshington, fue arrancado de su tienda por la leva, que era el manoton del gauchaje hirsuto y bravío.
En la guardia del cuartel, al ofrecérsela el título de alférez de milicias en el bando de los federales, contestó con cuatro frescas. Fué conducido a presencia del gobernador, quien le haría bajar el gallo al mocito. ¡El gobernador! ... ¿Qué jovenzuelo, por zafado que fuese, no se azoraría en presencia del gobernador?
-La firma que hay en este papel de protesta, ¿es suya, señor? --Sí, señor.
Pero, contemplemos la escena. Como el gobernador - que en ese momento tomaba el "solcito" - no respondiese al respetuoso saludo del joven, éste levantó en un gesto decisivo el sombrero, encasquetóselo, y así dió la respuesta. Pasando de la estupefacción a la ira, el mandatario clavó los ojos, como dos flechas, sobre los ojos del mozuelo, después de medirlo de arriba abajo. En vez de desconcertarse, el hijo de doña Paula sostuvo aquella mirada, briosamente, airosamente, sin pestañear. Al fin el mandatario bajó la suya.
-Edecán, conduzca preso a ese caballerito, y que le apliquen en las asentaderas un buen sudorífico de cáscara de novillo.
Si le dieron la azotaina y si fué con lonja de suela o con verga, nunca lo dijo él; pero de allí salió unitario.
Tafín, Niquivil, Pilar, campos de sangre de aquella guerra civil, o acaso mejor dicho, guerra social, en la que chocaron tantas acrimonias y la que fué pira de tantos sacrificios, probaron el temple varonil y sufrido de Domingo Faustino. El hambre, la sed, la pólvora, los bayonetazos, los sobresaltos, las ciudades desguarnecidas, el desierto, el analfabetismo, la demagogia - tales eran los pormenores del cuadro; - y el muchacho que a fuera de valentón había abrazado la causa política de la minoría, empezó a ver que aquel caos era el barro informe de que se hacen los pueblos, y que si Rivadavia había tenido que ceder el lado a Fa- cundo, era que las acciones y reacciones propias de la lucha entre el cerebro y el brazo, pasaban por la primera prueba y la ganga dominaba todavía el mineral útil, y terminó por comprender la necesidad de que se formase a sí misma la generación capaz de abatir un día la barbarie para establecer el imperio de la civilización. Rivadavia, unitario, era la ciudad; Facundo, federal, era la campaña. Y la ciudad era un punto, una lucecita, en la inmensidad del territorio, vale decir, que el presidente debía ser vencido por el caudillo. ¡Los apóstrofes y las actitudes con que el mocetón de diez y ocho a veinte años, respondía a la zarpa de los tiempos!
Pero hay un episodio que tiene significación en este relato. Un día, 8 de diciembre, se celebraba en el Pueblo Viejo la fiesta patronal de la Concepción, la que constituía un acontecimiento en la vida religiosa y social de la comarca. Hacia donde el gentío era más denso - colocóse Domingo Faustino para disparar un cohete a las patas de unos caballos. De entre los jinetes apareció el coronel Manuel Gregorio Quiroga, el mismísimo de la otra vez, aunque desprovisto ahora del alto cargo de gobernador de la provincia, y quiso echarle encima el animal al muchacho; pero ahora no había de sacarla tan de arriba el militarote, porque más de cuatro se aprestaron allí para hacer la pata ancha en su contra, y alguien hasta ofreció a Domingo Faustino un arma de fuego. Quiroga el menor - digamos así para distinguirlo del otro - amainó, no porque viese el naranjero engatillado, sino porque conocía el garbo del mocoso, y salió de allí bajo una rechifla fenomenal.
-¡Bribonazo: ya verás!.. . ¡ya verás!
El que había ejercido poder sobre tantos soldados de limo y después capitaneado grupos de muchachos traviesos, llegaba ahora a vérselas en lucha de veras con jefes de horca y cuchillo, para quienes llenar un pozo de cráneos era como para un vecino llenar en su huerto una cesta con duraznos o nueces...
La guerra de guerrillas ardiendo por todas partes encendía en el muchacho una sugestión de poesía, como los hechos colocábanlo en el terreno de realizar las idealizaciones forjadas a lo largo de sus lecturas épicas; y así fué que entregada a una tía la tienda que había tenido a su cargo, se alistó en las tropas sublevadas contra Facundo en las Quijadas. El campamento quedaba instalado para las tropas allí donde se hacía la noche. Muchas veces los soldados después de largas jornadas por las travesías, no bien sonaba la hora del descanso, estaban dormidos como piedras. Domingo Faustino dormía también, pero con sueño liviano, de modo que si a medianoche llegaba de lejos el eco de algún tiroteo, se ponía en pie, se escabullía, guiándose por los fogonazos, hasta el teatro de la escaramuza, "para gritar, meter bulla y azuzar el tiroteo". Un día Domingo Faustino que era sólo ayudante del general Moyano, consiguió de un oficial amigo que le prestase una partida de veinte hombres para sacar una barato, por puro "sport". Empefíó una acción tal de peligro y carnicería, con una partida enemiga mucho mayor, que si de allí salió con vida fue por la oportuna llegada de su padre, que lo seguía "como el ángel tutelar", o fue, acaso, porque la Providencia es grande.
La revuelta era el estado normal, y lo raro hubiese sido llegar a saber que había empezado el evo de la paz. Así, pues, estando en el gobierno los unitarios, un gobierno fugaz a raíz de los triunfos del general Paz en Córdoba, una revolucioncita estallo en una obscura noche de noviembre, teniendo como teatro el cuartel San Clemente, encabezada por "el negro Panta", la que empezó por asaltos, robos y otros actos de pillaje. Por obra de una hábil estratagema del sargento mayor de coraceros, don Anselmo Rojo, quien se encontraba ocasionalmente en San Juan, fué la población librada de aquel azote. Domingo Faustino, con Santiago Albarracín, Pastoríza y otros muchachos que vestían o dragoneaban de oficiales, se metieron en el entrevero y lancearon de lo lindo a los amotinados. Pero cuando el muchacho se presentó a Rojo y le propuso comunicar el suceso al vencedor de Tablada y Oncativo, en quien llegó a verse al árbitro de los destinos de la República, obtuvo por respuesta un "váyase a paseo". No pasarían muchos años y el intruso escribiría en su Facundo la más excelsa glorificación del general José María Paz.
Admitido, poco después a los consejos militares del general Alvarado, más de una vez discutió a éste los planes y le golpeo la mesa ; y por eso, sin duda, es que un día dijo el propio general:
-Ese muchacho, más bien que para militar, debe servir para jurisconsulto.
¿Para qué serviría Domingo Faustino? De todas partes lo arrojaban. En todas partes chocaba. ¿Sería posible que se cumpliese la palabra del buen padre: "Para que el tal, mi hijo, pueda ser útil a la América?" Y, para colmo de desventura, con la caída de Paz en Córdoba y el triunfo subsiguiente de Quiroga en el Chacón, sobrevino el caos definitivo, absoluto, y el joven sanjuanino, como tantos otros, tuvo que emigrar.
Ya en marcha, sobre el duro camino de Chile, tuvo el coraje de llamar "bandido" al general Quiroga. Este lo supo, insulto a la madre del muchacho, y prometió, para cuando lo encontrase, cortarle la lengua y colgarlo del garrón a un árbol.
"¡Pillete!.. .", había rugido el Tigre de los Llanos. Y en torno a la palabra se había hecho un silencio sepulcral.
Tal amenaza no llegó a cumplirse, porque el destino dispone a veces las cosas de otro jaez que los hombres.
Años después el general Quiroga caía envuelto en su propia sangre, en una encrucijada, adonde fué a encontrarlo una horda de asesinos, que obedecían, más que al odio - que suele errar el golpe, - a la emulación, que es más certera, porque combina las cosas en frío. Sarmiento, sin embargo, resolvió pedir cuenta un día de aquellas amenazas al hombre o a su sombra. (Estas referencias que conciernen a la edad juvenil de Sarmiento, están sacadas de entrelíneas de Recuerdos de provincia).
Duro, muy duro era, en verdad, el camino que alejaba del suelo natal. El pesimismo, sin embargo, no lograba dominar aquel férreo temperamento de muchacho. Iba a zancadas, lazarillo de un Pericles en ciernes, a quien un hado hubiérale dicho que daría nombre a su siglo. ¿Quién ha turbado los sueños de un hombre que a los veinte años franqueaba a pie la cordillera más imponente del globo?
Después, ¿qué fue del Pillete? ¿Fijaría su vivienda en algún nido de condores, que es decir, en una hendidura de la montaña? ¿Rodaría, quizá, cuesta abajo, hasta la sima de tal o cual precipicio? No, por cierto; el Pillete - pilluelo, diría, si hubiese de posponer la verdad histórica a la prescripción de la Academia de la Lengua - salió de allí hecho cóndor. Hecho cóndor, porque tenía vista de cóndor, garra de cóndor y alma de cóndor.
Juan Romulo Fernandez